Canal Kafehuchi: cartografiar la incertidumbre

Kike Ferrari -escritor argentino de novelas negras y de otras como Todos nosotros que podrían considerarse parte de un New Weird nacional- comparte este breve texto sobre la trilogía harrisoniana del Canal Kefahuchi. Más allá de rescatar elementos que conectan a los textos de ciencia ficción de Harrison con el noir, reconoce que se metió en un lío porque se trata de un territorio «imposible de cartografiar».

// Por Kike Ferrari

Me metí en un lío. Dije que sí, que claro, que cómo no. Y ahora no sé ni por dónde empezar.

Para empezar el tópico es una trilogía –la del Canal Kafehuchi– de la que sólo leí dos novelas, las que están traducidas: Luz y Nova Swing. Empty Spaces es la que aún tiene pendiente su versión en español.

Por si esto fuera poco inconveniente, el primero de los libros es casi imposible de reseñar, de explicar, de reducir. Es un ente orgánico indivisible del mundo violento, caótico, cruel, hipersexuado, a la vez opaco y luminoso que nos propone el texto.

¿Cómo se escribe la guía de un sitio que trabaja constantemente para alterar la tinta con la que escribes, por no mencionar las cosas que ves?, se pregunta uno de los personajes de Harrison. Y también yo.

El escritor británico tomó la novela-río de Farmer y la ultravelocidad tecnológica de Gibson para agregarle una voz musical al contrapunto que propone Faulkner en Las palmeras salvajes y, con esos elementos y una imaginación desbocada, construir un artefacto narrativo único en el que, como muy pocas veces vemos, forma y contenido se contienen mutuamente: igual que el Canal Kafehuchi, Luz es una singularidad desnuda que absorbe toda la energía nuestra galaxia (lectora).

Hay, como dije, tres tramas. Tres vidas atravesadas. Rotas. Unidas en el tiempo. Dos de futuros remotos. La otra del presente de escritura, que ya es nuestro pasado. También eso cuenta Harrison en Luz.

Hasta cierto punto, se resigna el personaje y yo con él, es imposible de cartografiar.

El segundo libro de la saga, Nova Swing –que nació del cuento «Los asesinos del corazón de neón», incluido en el libro Preparativos de viaje–  usa otros materiales. Parece decirnos, Harrison, que puede contar una historia y movernos y conmovernos y conmocionarnos en varios registros.  

Ahora agarrá una guitarra criolla y haceme emocionar, desafiaba Luca Prodan.

Nova Swing es una guitarra criolla. Un clásico. Una Casanova futurista y desesperanzada. Como las novelas de ciencia ficción que más me interesan, es también un policial negro puro y duro. Con implantes, claro. Y cohetes. Con un espacio –el solar donde desde hace siglos caen pedazos del Canal Kafehuchi– en el que el tiempo y el espacio no existen como los conocemos. Con luchadores de penes gigantescos que mueren y renacen cada noche. Pero, aun con todo eso, una novela negra.

Y al leerla no podemos menos que sospechar que, como en Borges, cada nombre, cada palabra, tiene un sentido y que, una vez más, la literatura de Harrison trabaja para no dejarse cartografiar. ¿Cuántos sentidos se nos escapan por cada uno que asimos? Por ejemplo: la ciudad en la que transcurren los eventos se llama Saudade, nostalgia en portugués. ¿A qué remiten los otros nombres?, ¿en qué lenguas? Otra: el personaje principal se llama Vic Serotonina. Sí, serotonina, como el neurotransmisor que es central en nuestro sistema nervioso y modula, entre otros procesos, la ira, la agresión, la sexualidad, la memoria.

Pero además Harrison no se dejó tentar por la originalidad. Nova Swing usa los elementos más tradicionales de la ciencia ficción (el bar de mala muerte interplanetario, las putas cyborgs, la lluvia, las naves espaciales venidas a menos, las tecnologías arquelógicas) para lograr una novela de la incertidumbre. Un lugar sin guía ni mapas posibles.

La incertidumbre, dice Vic, es lo único que tenemos. Nuestra mejor carta. La virtud del día.

Amén.