Colony: Los condenados de la Tierra

// Por Pedro Perucca

La metáfora de la invasión alienígena de nuestro planeta ha servido a distintos objetivos en la historia de la literatura, el cine o la televisión. A veces como crítica al imperialismo, poniendo a la raza humana en el lugar del oprimido que darwinianamente debe someterse a la civilización superior, y otras como catalizador para una resistencia humana contra la invasión que nos confirme como la especie dominante.

El inventario es extenso, desde la pionera La guerra de los mundos, con la que H. G. Wells funda la ciencia ficción moderna (al menos según lo propone Pablo Capanna, que plantea que con ese texto de 1898 Wells “habría de hacer sentir a los hombres de la belle époque era un viento helado de lo imprevisible que amenazaba las bases mismas de su civilización, la creencia optimista en un progreso lineal, la idea de que la civilización europea era la única posible y sus metas las únicas civilizadas”) hasta El problema de los tres cuerpos, de la polémica nueva estrella de la ciencia ficción china Liu Cixin, pasando por Falling Skies o nuestro queridísimo El Eternauta, por mencionar sólo algunos productos muy diferentes entre sí.

Las estrategias alienígenas para la conquista del mundo han sido diversas, desde la incursión militar abierta, como en Día de la independencia, cuando las naves comienzan por destruir la Casa Blanca, como símbolo de la democracia terrestre, hasta finalmente ser derrotados por la alianza estratégica entre ciencia, política y poderío militar humanos (siguiendo el esquema clásico de las películas de invasión analizadas por Susan Sontag en La imaginación del desastre), u optar por una vía más sutil de infiltración sigilosa e individual, como en Los usurpadores de cuerpos (clásicamente leída como una metáfora de los Estados Unidos bajo el macartismo, buscando detectar la aberración comunista bajo la apariencia de normalidad), o apostar al engaño diplomático, como en V, invasión extraterrestre, donde los malvados reptiles que nos quieren como plato fuerte se presentan de entrada como benefactores de la humanidad.

Colony es una serie distópica emitida por SyFi en tres temporadas entre 2016 y 2018 (cuando fue cancelada abruptamente), con guiones de Carlton Cuse, uno de los escritores de Lost, y protagónicos de Josh Holloway (Sawyer en Lost) y Sarah Wayne Callies (Sara Tancredi en Prision Break), acompañados por un gran Peter Jacobson (Chris Taub en Dr. House). La serie parte de un planteo inicial que se corre de muchos de los lugares comunes del género, pero nunca logra despegar del todo. Poco después de su estreno, Stephen King la elogió planteando: “En un año de notables productos televisivos, Colony es realmente algo especial: inteligente, con suspenso, subversiva… provocadora”. Si bien esta evaluación inicial es exagerada, lo cierto es que se parte de algunas ideas interesantes, que luego aparecen y desaparecen en una evolución con altibajos que pretende combinar muchos géneros, desde el drama familiar hasta la novela diplomática, pasando por la serie de acción, el policial o la ciencia ficción pura y dura.

Una de las primeras constataciones de época es que ya no se otea hacia el espacio con mirada posadista, como un ámbito de encuentro con inteligencias superiores y bondadosas, cuya máxima expresión fue el hippismo inocente de las botellas al mar estelar de las Voyager, con cartas de amor a los alienígenas y la dirección de nuestra casa para que vengan cuando quieran. Hoy la teoría imperante es la del “bosque oscuro”, donde la mejor estrategia de supervivencia es tratar de hacer la menor cantidad de ruido posible para que los animales peligrosos no nos detecten, porque si fijan su atención en nosotros será para devorarnos. En cualquier caso, más allá de que esta versión de las relaciones interplanetarias sea mucho más horrible que la de los aliens comunistas J. Posadas o de la CF soviética, no resulta menos antropomórfica culturalmente. Los ETs pueden ser bondadosos maestros o tropas de asalto, pero siempre serán algo que encaje en nuestras categorías, cuando lo más probable (y lo más desafiante ficcionalmente) es la existencia de ese abismo comunicacional que está en la base de la hipótesis de “incognoscibilidad” jamesoniana, cuyo arquetipo es Solaris.

En Colony, el relato comienza cuando la invasión ya sucedió hace cerca de un año y los ejércitos terrestres fueron arrasados sin la menor dificultad por unos invasores técnicamente muy superiores, en un inusual golpe al narcisismo militarista estadounidense (que sin embargo retornará parcialmente en la última temporada). Pero la derrota no se muestra sino que apenas se ven sus consecuencias, con un mapa ciudadano en ruinas más allá las pequeñas islas urbanas protegidas dentro de unos inmensos muros metálicos que las convierten en gigantescas prisiones.

La historia, entonces, es la de la colonización del planeta. Los aliens, que casi no se muestran (en una virtuosa administración de la información y del suspenso), delegan la gestión de los enclaves coloniales en algunos seres humanos plenamente dispuestos a colaborar con la ocupación en tanto puedan obtener algunos beneficios personales. La mirada del mundo político es despiadada, con funcionarios dispuestos a ponerse al servicio del poder de turno sin que haya una sola disidencia. El realismo político es total. Si no los pudimos vencer militarmente no queda otra que trabajar para ellos. No hay alternativa, querido rey.

Aquí aparece una crítica a uno de los tópicos comunes de la ciencia ficción en el subgénero invasión extraterrestre: que la amenaza alienígena lograría que los gobiernos locales dejen de lado sus diferencias para reaccionar contra ella como una humanidad unificada. Nada de eso. Cada uno por sí mismo y Dios por todos. La Autoridad Provisional de la Colonia no está falta de candidatos para ninguna de sus áreas de intervención, desde la brutal policía militarizada de los Red Hats (curiosamente también identificados como Homeland Security, en un extraño vínculo entre las fuerzas  de Seguridad Nacional gringas y la ocupación fascista) hasta los administradores civiles, pasando por los sectores sociales favorecidos que viven cómodamente en las zonas verde, mientras el resto de la población sufre penurias de todo tipo.

En cuanto a esto, un problema grave de la serie es que no piensa en absoluto el modo de producción de esa sociedad ocupada. Parece que en los enclaves coloniales la economía siguiera funcionando sin problemas en modo capitalista. Si bien se hace mención al desabastecimiento o se muestran estrategias de supervivencia de trueque, nunca se piensa en la producción. Los personajes principales parecen sostener el modo de vida previo. Hay mecánicos, policías y bares,  y parece haber dinero circulante a pesar de que ya no hay un Estado como tal que lo respalde. En esta instancia Colony pierde por goleada con ficciones como Alien, que en la película original nos deja claro con una brevísima escena que nos encontramos en un futuro hipercapitalista donde las corporaciones juegan un rol cental. En Colony nadie se detuvo a pensar en esto.

Las preocupaciones más evidentes de la serie tienen que ver con cuestiones políticas y morales como el derecho a la resistencia ante la ocupación, el lugar de la violencia, las lógicas del autoritarismo, el manejo de la información y el adoctrinamiento en los regímenes totalitarios, los límites del terrorismo como estrategia de resistencia, la tensión entre salvación individual y colaboración, etc. Si bien aquí hay algunas pinceladas interesantes, si queremos reflexiones en serio sobre el asunto nos conviene volver a ver Galáctica.

Frantz Fanon explica en Los condenados de la tierra: “El mundo colonizado es un mundo cortado en dos. La línea divisoria, la frontera está indicada por los cuarteles y las delegaciones de policía. En las colonias, el interlocutor válido e institucional del colonizado, el vocero del colono y del régimen de opresión es el gendarme o el soldado. (…) El intermediario del poder utiliza un lenguaje de pura violencia. (…) El intermediario lleva la violencia a la casa y al cerebro del colonizado”.

Eso está muy bien y podría ser perfectamente aplicable a la serie, pero la imagen histórica sobre la que se trabaja es mucho más claramente la de la Francia ocupada por el nazismo (algunas simbologías son molestas en su obviedad) que la del colonialismo francés en Argelia o el de otras potencias “democráticas” en África o América latina. Por supuesto, es más fácil concentrarse en la dicotomía democracia/dictadura que hacerse cargo de los crímenes coloniales de Estados Unidos o las potencias europeas.

Sarah Wayne Callies (la insoportable Lori Grimes de The walking dead, aquí también bastante insoportable), ratificó en una conferencia de prensa la inspiración en la Europa ocupada por el nazismo y agregó: “Juan José Campanella, que es el director de algunos capítulos, creció en Argentina. Y todos sentimos que esta es una historia muy global. España sobrevivió a la dictadura de Franco. En Italia han tenido a Mussolini. En Corea del Norte se podría decir que hay una dictadura. A la hora de hablar de la resistencia estamos hablando de Irlanda del Norte, de Sudáfrica”. Los gobiernos malos son siempre parte del “eje del mal” pasado o presente, nunca una democracia. Y sí, hablando de eje del mal, Campanella es uno de los productores ejecutivos de la serie y dirige varios episodios.

Establecido que el problema de la explotación colonial capitalista del “tercer mundo” no parece ser la preocupación de fondo del programa, ¿porqué una serie estadounidense podría venir a preocuparse hoy por el impacto de un brutal gobierno de ocupación por sobre la ciudadanía indefensa de los países desarrollados?

Tal vez podamos acercarnos un poco al meollo si pensamos en los poderes que hoy dirigen al mundo casi como si se tratara de fuerzas de ocupación alienígenas, sin preocuparse por las masacres cotidianas de miles de seres humanos o por la misma sustentabilidad del planeta, cuya existencia está amenazada en el corto plazo por el colapso ecológico. Sin caer en teorías conspiranoicas como las del Nuevo Orden Mundial (algunos fans de la serie sostenían que su cancelación se debió precisamente a su peligroso develamiento de estos secretos), podemos pensar en la relación entre las violencias necropolíticas del neocolonialismo y estrategias como la del “gobierno privado indirecto” que describe el filósofo camerunés Achile Mbembé: “El gobierno privado indirecto a nivel mundial es un movimiento histórico de las élites que aspira, en última instancia, a abolir lo político. Destruir todo espacio y todo recurso -simbólico y material- donde sea posible pensar e imaginar qué hacer con el vínculo que nos une a los otros y a las generaciones que vienen después”.

“Para ello, se procede a través de lógicas de aislamiento -separación entre países, clases, individuos entre sí- y de concentraciones de capital allí donde se puede escapar a todo control democrático –expatriación de riquezas y capitales a paraísos fiscales desregulados, etc. Este movimiento no puede prescindir del poder militar para asegurar su éxito: la protección de la propiedad privada y la militarización son correlativos hoy en día, hay que entenderlos como dos ámbitos de un mismo fenómeno”, detalla nuestro amigo Mbembé.

Después de que la crisis económica mundial de 2008 se resolviera con un rescate estatal a los bancos, del escándalo internacional de los Panamá Papers y de ver que el FMI vuelve a dictar las políticas de varios países de América, con las criminales consecuencias que ya conocemos, podemos constatar que las nuevas invasiones coloniales viene de arriba, es cierto, pero no desde el espacio exterior.

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