Diez mil años no es demasiado: Apuntes sobre Cordwainer Smith

Comenzamos la publicación de una serie de artículos sobre China y la ciencia ficción con un acercamiento lateral: algunos apuntes sobre el más chino de los escritores de ciencia ficción occidentales, que fue ahijado de Sun Yat Sen y llevó siempre en su corazón a ese planeta misterioso del Asia.

// Por Pedro Perucca


El mundo gira, el tiempo apremia.
Diez mil años es demasiado,
hay que aprehender el día, aprehender el instante.

A propósito de un poema del camarada Kuo Mo-Jo,
Mao Tse Tung, enero de 1963

.

Mucho se ha escrito acerca de la influencia que tuvo para la literatura de Cordwainer Smith la relación con China. No sólo en cuanto a la aparición de personajes de ese origen o de situaciones vinculadas con el gigante asiático en muchos de sus cuentos sino, sobre todo, en la forma que eligió para contar esa increíblemente coherente historia del futuro de la humanidad que organiza casi la totalidad de su producción literaria de ciencia ficción.

La aclaración acerca del género es válida porque Cordwainer Smith (ya el nombre es un juego de palabras acerca del que existen varias interpretaciones) es apenas uno de los seudónimos literarios del politólogo, militar, profesor universitario y asesor gubernamental estadounidense en temas de política internacional Paul Myron Anthony Linebarger.

El futuro Cordwainer Smith debería haber nacido en China, en primer lugar. En 1913 su padre, que estaba cumpliendo tareas diplomáticas en Shangai, decidió volver temporalmente a los Estados Unidos tan sólo para que su hijo nazca en territorio estadounidense, con el objetivo explícito de que Paul pueda aspirar legítimamente a la presidencia del país. Tranqui el nivel de exigencia familiar.

Los vínculos de la familia Linebarger con China eran tan estrechos que el mismísimo Sun Yat Sen, primer presidente de la República de China y fundador del partido nacionalista Kuomintang, apadrinó al recién nacido. Durante las revueltas de los señores de la guerra, los Linebarger abandonaron el país para establecerse temporalmente en Francia y Alemania. Así es que Paul llegó a hablar seis idiomas con fluidez. Cuando contaba con apenas 17 años, ofició como mediador para conseguir un crédito para las tropas de Chiang Kai-Shek, empeñadas en el episodio de guerra civil conocido como “Guerra de las planicies centrales”.

Con apenas 23 años, el joven  Paul obtiene un master en Ciencias Políticas de la Universidad John Hopkins. Un año después ya estaba dando clases en la Duke University, especializado en el Lejano Oriente. Al poco tiempo comenzó a colaborar directamente con la inteligencia del ejército de los EEUU, momento en el que elabora un famoso manual de guerra psicológica (que incluso fue editado por el Ejército Argentino). En 1943 es nuevamente enviado a China para coordinar operaciones de inteligencia militar, instancia en la que obtiene el grado de mayor.

De ésta época proviene su única novela policial, Atomsk, que firma con el seudónimo de Carmichael Smith. En algún momento también publica algunos poemas como Anthony Bearden, pero decide reservar el nombre de Felix C. Forrest para sus novelas “realistas”, Ria y Carola. Éste último nombre de pluma también tiene que ver con su sinofilia. La  pronunciación de “Linebarger” en chino sonaba parecido a las tres palabras que significan “bosque de la felicidad ardiente”. Además del homenaje explícito en su seudónimo (Felix Candent Forest) también se había hecho bordar esos tres caracteres chinos en sus corbatas. Sus tarjetas de presentación estaban en chino y en inglés y algunos de los pocos escritores que visitaron su casa testimonian que tenía enmarcada sobre su chimenea la ampliación de un saludo navideño de Sun Yat Sen. También solía recordar orgullosamente que durante la Segunda Guerra Mundial tuvo oportunidad de discutir su manual de guerra psicológica con el mismísimo Mao Tse Tung.

Luego de una crisis que lo lleva a un largo tratamiento psicoanalítico (según algunos investigadores, Linebarger habría sido el verdadero Kirk Allen, paciente retratado en el capítulo “El sofá de propulsión a chorro”, del libro La hora de 50 minutos, donde el psicólogo Robert Linder recopiló algunos de sus casos más insólitos), comienza a volcar su historia del futuro de la humanidad en diversos cuentos de ciencia ficción que publica con el seudónimo de Cordwainer Smith.

La identidad detrás del autor de esos cuentos tan extraños como atrapantes y poéticos, alejados de todas las convenciones de la CF, fue durante años uno de los secretos mejor guardados de la literatura moderna. Cuando el maestro Frederick Pohl leyó en el año 1950 el primer cuento publicado con ese nombre, en la desconocida revista Fantasy Book (ni más ni menos que el maravilloso “Los observadores viven en vano”) pensó: “¿Cordwainer Smith? ¡Un cuerno! Enseguida me pregunté quién se escondía detrás de ese nombre. No parecía probable que fuera un novato. Al margen del esquivo seudónimo, había en «Observadores» demasiados matices, innovaciones y conceptos estimulantes como para que yo creyera por un segundo que no se trataba de la creación de un maestro de la ciencia ficción. No sólo era bueno. Era el trabajo de un experto. Ni siquiera los escritores excelentes lo son tanto en los primeros relatos.”

Pero Smith rehuyó siempre el contacto con el mundillo de la ciencia ficción. Apenas aceptó conocer personalmente a Pohl y a un par de escritores más. Mientras tanto su nombre se iba transformando en una contraseña cultural que trascendía los límites del género, demostrando que la CF también podía ser literatura de la mejor. En el escaso tiempo libre que le dejaban la docencia universitaria, la elaboración de sesudos ensayos de política internacional y la participación en diversos conflictos bélicos (asesoró a Gran Bretaña durante la Emergencia Malaya y a EEUU en Corea, llegando a participar en seis guerras), Linebarger continuaba mandando esos bellos y complejos trozos de futuro a las revistas baratas donde convivían con toscos invasores marcianos de ojos saltones y operetas espaciales.

Aunque es muy discutida su constante colaboración con el ejército norteamericano, con estudiosos que no dudan en calificarlo directamente de reaccionario o, en el mejor de los casos, de hipócrita, lo cierto es que políticamente nunca fue parte de la derecha norteamericana más rancia. A pesar de que era un candidato cantado, se negó a ponerse al servicio de los EEUU durante la guerra de Vietnam y llegó a encabezar algunas iniciativas internacionales por la paz.

El argentino Pablo Cappana en su imprescindible ensayo dedicado a Smith, El señor de la tarde, concluye: “Su actitud se ha revelado contradictoria, a veces incomprensible. Resulta difícil decidir si está a favor o en contra del sistema, si es reaccionario o revolucionario. Sin embargo, entre quedarse en el papel de espectador pasivo o cínico de las injusticias e intentar un cambio revolucionario hay toda una gama de actitudes de resistencia dignas de respeto”.

Las historias de Cordwainer Smith mantienen toda la complejidad política y humana de Linebarger. En algunos de sus relatos existen claves que permiten vincularlos con incidentes y personajes de la geopolítica de la época e incluso la larga lucha revolucionaria por la liberación del subpueblo (animales inteligentes modificados para servir al ser humano) puede ser asimilada sin forzaduras a la lucha de los afroamericanos por los derechos civiles en los EEUU. Pero, además de estas lecturas en clave, lo cierto es que en la literatura cordwaineriana operan fuerzas profundas que tienen que ver con el amor y la solidaridad. Siempre inteligente, compleja y poéticamente.

Es indudable que su multiculturalismo le brindaba un relativismo y una sofisticación política absolutamente ajenas a los halcones con los que a veces se lo asocia. Aunque su padre había sabido curar un repentino brote de simpatías comunistas del joven Paul con un oportuno viaje al Moscú de la década del 30, Linebarger siempre respetó y comprendió a los regímenes comunistas y a sus defensores.

A lo sumo, se permitía criticarlos desde el humor. En su cuento “La ciencia occidental es tan maravillosa” relata las peripecias de un marciano en la China de Mao. El milenario visitante puede adoptar cualquier forma y, ante el paso casual de un convoy militar chino acompañado por un asesor soviético decide presentarse ante los incrédulos militares bajo la forma de un Mao Tse Tung de 6 metros de altura. Luego solicita el ingreso al Partido Comunista Chino, pedido que le es denegado porque su mera presencia hubiera puesto en crisis los dogmas del materialismo y ateísmo.

China aparece constantemente en la obra de Smith. Dentro de esa cronología unificada que se extiende 140 siglos en el futuro, el gigante asiático siempre tiene reservado un rol. Su sinofilia se manifiesta no sólo en la recurrencia de personajes con nombres de este origen sino en la decisión de que China sea, por lejos, la última identidad nacional humana en disolverse. Ya en plena expansión espacial y con buena parte de los antiguos países fusionados nuevas unidades, China seguía siendo China. Y aún cuando cambia de nombre y pasa a ser un gobierno conocido como el Goonhogo, su estrategia para la colonización de Venus (en el cuento “Cuando llovió gente”) sigue siendo hondamente china. Aún en el año 16 mil son claramente chinos los Jwindz, una suerte de intelectuales atascados en el camino de la perfección. Incluso la Instrumentalidad, esa especie de elitista supragobierno humano que ha llevado a la especie no sólo a la expansión galáctica sino también a la felicidad obligatoria y a una casi inmortalidad, ha sido analizada no pocas veces como una forma de mandarinato.

Pero tal vez en donde más se perciba la influencia de China en la obra de Smith no sea ni en los personajes ni en los temas, sino en la propia forma de sus historias. Además de un ideal de armonía con la naturaleza y una concepción del tiempo cíclico, propias de la filosofía confuciana, dicen los que saben que las historias de Smith intentan realizar una traslación a la ciencia ficción de algunas formas clásicas de la literatura china. Así, ese porvenir complejo y coherente hacia el que se desenvuelve la humanidad es contado a través de historias, mitos o leyendas recordadas desde un futuro aún más lejano, casi impensable, al que llegaran distorsionadas y en forma fragmentaria.

Paul Linebarger murió en 1966, con apenas 53 años. Su historia del futuro humano se puede agrupar en apenas cuatro volúmenes que comprenden un puñado de cuentos y una única novela. Se sabe que en decenas de libretas y cuadernos Linebarger fue organizando los hechos de esa cronología milenaria (en algún momento contó que perdió tres mil años de esa historia al olvidarse un cuaderno en un bar). Los fanáticos de su literatura jamás dejaremos de lamentarnos de que no le haya sido concedido más tiempo para convertir esos apuntes en otras tantas fábulas y leyendas maravillosas.