Divinidades monstruosas

// Por Lucía Vazquez y Bernardo Argañaraz

¿Dios es un monstruo, una monstrua, une monstrue? Este capítulo sagrado se abre con una pregunta. |

Hay divinidades como las egipcias o las hindúes que se muestran en su apariencia de maneras híbridas, explícitamente monstruosas. La visión de la divinidad es una monstruosidad en sí misma, nos conduce a la locura, o a la santidad, que es una forma de locura también. Así como el monstruo se sale de la norma, así también el dios o la diosa no puede entenderse a través de la razón de forma completa, es un imposible en este sentido. El ser humano solo puede expresar de forma fragmentaria e imperfecta la experiencia del monstruo o la divinidad ya que es inefable e incognoscible.

Si el monstruo tiene los atributos de la divinidad es más terrible, ya que tiene más poder y alcance. Sin embargo, no es omnipotente sin la mirada humana. Lo ominoso, lo total, no son tales sin el culto humano, sin el ritual que los reconoce y venera, sin la mirada que los hace posibles en su creencia.

Con estos monstruos en particular se produce una dificultad mayor a la hora de encontrarnos con su mo(n)strarse. Si hay un autor que trabajó con esta imposibilidad es H. P. Lovecraft. “La llamada de Cthulhu” (1928) es el primer cuento en el que aparece el dios monstruo por excelencia. Allí, Lovecraft afirma, a través de la voz del narrador, que si podemos ser relativamente felices en nuestra humana existencia es gracias a que desconocemos la verdad del Cosmos. Saber es monstruoso en sí mismo. El narrador se entera, a través de documentos y testimonios que su tío abuelo fue recolectando, que no estamos solos en el Universo, ni siquiera en la Tierra misma. En la profundidad de sus océanos yacen los Antiguos, dioses extraterrestres que llegaron a nuestro planeta antes del tiempo mismo. Gracias a la disposición de los astros pudieron poblar la Tierra, pero cuando las estrellas les fueron desfavorables debieron resguardarse: es el gran Cthulhu el que produce un hechizo que permite a los Antiguos seguir existiendo pero en un estado de sueño expectante, inmovilizados en la ciudad de Ry´leh. Esperan soñando que los astros propicien el momento de su regreso y aparecen llamando a los hombres sensibles en sus sueños para que los ayuden a despertar. ¿Qué quieren estos seres? Volver a reinar en la Tierra sembrando el caos y la destrucción, en una orgía de sangre, frenesí y “libertad”, más allá de toda ley. Para el casto Lovecraft el baile y el asesinato parecían igualmente horrorosos. Profundizando un poco más en el programa de los Antiguos, no estamos tan convencidos de que sean la peor opción para gobernar a la humanidad.

En el siguiente paso en este ritual a la deidad monstruosa recorremos los bosques de Gales en la escritura de Arthur Machen, influencia declarada de Lovecraft. Machen muestra todo su amor por lo ominoso adentrándonos en experiencias que manifiestan resabios de la cultura romana y celta. Los dioses vestidos de otros dioses y luego olvidados en ruinas ocultas a la modernidad esperan agazapados en “El gran dios Pan”(1894), dioses que solo llevan la locura, la muerte y la catástrofe. Un experimento, una mujer que logra ver al dios y que pierde la cordura, múltiples relatos que van formando la figura de otra mujer de terrible fuerza devastadora que pierde a quienes tienen contacto con ella. Si la del Chtulhu es una llamada, la de Pan es una visión que se expande y preña de locura a quienes lo contemplan. Machen nos propone un descenso a capas cada vez más antiguas de creencias y supersticiones, debajo de la ruina romano se encuentra el estrato celta y debajo de ella quién sabe. Para Machen vivimos en un mundo de apariencias y cuando ese velo se corre la divina monstruosidad se deja ver y ya nada será seguro, nada será moral, nada será racional nunca más.

En la última estación de esta procesión adoraremos al dios de los bosques celtas del continente europeo. En el interior del bosque, la cueva, la gruta primitiva, es el refugio del dios cornudo Cernnunos en “La zona blanca” (2017), una serie franco-belga, joya que adorna el altar del dios Netflix al que le rezamos tan seguido. Esta producción nos sitúa en un pueblo, Villa Franca, que parece aislado del mundo y que es apéndice de un bosque que irradia una influencia extraña, una radiación sobrenatural que se defiende de la ambición humana. Si bien la serie comienza en un claro tono policial, a medida que avanzan los capítulos la razón es cada vez menos eficaz para explicar los casos. Laurene Weiss, la inspectora protagonista -la diosa del lugar-, no solo persigue ladrones y asesinos, también persigue su propio pasado, pasado que está conectado con el centro del bosque y con la gruta del dios Cernnunos que se va haciendo cada vez más presente con el correr de la serie. Las referencias de nombres, situaciones, imágenes, símbolos van dejándonos pistas de que un dios monstruo ronda a los personajes e influye en todo lo que pasa. Lobos, cuervos, abejas, osos prefiguran al ser astado que recorre el bosque y es el avatar de fuerzas de la naturaleza que se defienden y castigan a quienes no las veneran en su sacralidad.

“La zona blanca” nos muestra que ese monstruo dios del que nos advirtieron Machen y Lovecraft sigue rondando por las creaciones humanas. Ese dios marino sigue llamando desde lo profundo del inconsciente a esos sensibles que son permeables a su influjo. Ese dios de las ruinas romanas y celtas sigue preñando de historias las mentes humanas con solo ver una estatua erosionada por el tiempo o una inscripción votiva. Dios-diosa que rapta a algunos hasta lo profundo del bosque donde entrar en la caverna significa poder ver una realidad sagrada y transmitirla en destellos de arte.

La autora de la nota forma parte de Monstcast, un podcast sobre monstruos de la literatura, el cine, el arte y la vida. Acá pueden escuchar su última edición, sobre divinidades mosntruosas:

https://ar.ivoox.com/es/42853570

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