Joker: you´re no fun anymore

// Por Lucía Vazquez (Vdevendetta)

En una época en la que los mundos ficcionales de superhéroes ocupan gran parte de los consumos culturales masivos, Joker irrumpe en escena como una película necesaria. Al fin, una mirada outsider, una mínima rasgadura al velo de la “realidad” Marvel que devela rápidamente el horror que capas y capas de CGI finalmente ya no pueden tapar. Y no es que no disfrutemos estos consumos, películas como Capitana Marvel, Spiderman far from home, Avengers endgame son una fiesta del entretenimiento. Pero qué fácil es ir olvidándose de que no todo es buenos contra malos en mundos carentes de materialidad real: la lucha de clases no aparece en ellos, apenas empieza a asomar en algunos la de género y lo celebramos. Los “malos” en el cine de superhéroes suelen quedar afuera de la lógica del capitalismo, a veces están incluso fuera del planeta. En Spiderman far from home asoma algo del conflicto social en el armado de Mysterio -el villano- que resulta interesante, pero es un intento un poco tímido en relación con la apuesta de Joker. De la mano de Todd Phillips, toma un elemento canónico -el “malo”-  de estos mundos socialmente inverosímiles -o, al menos, tremendamente superficiales en estos términos- y lo ubica en un mundo realista. Un mundo donde la materialidad del mundo es el que crea héroes y villanos, que tan bien distinguidos no quedan esta vez.

            En un momento Arthur Fleck dice algo así: tomen una persona solitaria que sufre de una enfermedad mental y súmenle el abandono del Estado, ¿qué obtienen? lo que merecen. El Estado abandona cuando ya ha abandonado la familia y es el único que podría de alguna manera “regular” o contener el feroz caos de la enorme desigualdad social. El personaje marginal que es el Joker habla por primera vez hacia arriba, nunca lo hace hacia abajo en la película, porque no hay más bajo posible para él. Cuando se anima -ya sin opciones- a levantar la cabeza y mirar a los ricos y poderosos, a los dueños de los medios de comunicación y productores de entretenimiento, les dice eso, esa verdad que, podríamos pensar, el realismo capitalista mantiene oculta o invisibilizada. Vemos la película y no entendemos cómo no pasa más seguido en la realidad lo que ocurre en la pantalla. Cómo la gente no “enloquece” y sale a las calles a romper y quemar todo. Cómo las masas no salen a decirle a las minorías gobernantes “no pienso votarte”, cansadas de ser denigradas. La ficción nos muestra clara la lógica que la realidad nos niega. Y todo esto en el marco de un mundo ficcional que lleva 80 años construyéndose, el de Batman, Ciudad Gótica y Arkham Asylum. No olvidemos, Joker es el “malo”, el “antagonista”, el “villano” del vengador por excelencia, Batman. Y nos podemos preguntar, ¿venganza? Si hay alguien que la necesita es un personaje como Arthur, que más que bromista resulta una gran broma para la sociedad. La cosa es que a él ya no le causa gracia ese chiste.

            Parece que en Hollywood varios se rasgaron las vestiduras (cuándo no) porque Joker podría ser una película violenta que incita a la violencia y la justifica. Les diríamos -y si a alguien no le queda claro después de ver el film no sé qué estaba mirando- que la violencia ya estaba ahí y qué bien justificada suele estar, en las calles y en la vida de personas como Arthur que, extrañamente, pocas veces devienen en Jokers.

            Mark Fisher dice que las enfermedades mentales no son problemas subjetivos o individuales, sino que son enfermedades del capitalismo. Recupera a los autores que proponen que la locura no es una categoría natural sino política. Paul Samuelson es el autor de la célebre cita: “Cuando todo el mundo está loco, estar cuerdo es una locura”. Fisher dice: “El capitalismo es inherentemente disfuncional y (…) el costo que pagamos para que parezca funcionar bien es en efecto alto”. Lo que obtenemos al sostener el realismo capitalista es la broma final: Arthur presionando el gatillo en vivo.

           Fleck encarna la violencia, así como Gregorio deviene en insecto gigante o Bartleby en “robot”. Se vuelve la gran broma que es la lógica del mundo en el que vivimos: un perfecto caos destructivo que solo puede arder sin sentido. La película gana con el cast y la música y muy pocas veces cae en la trampa de sobreexplicar. Joaquin Phoenix le pone el cuerpo y no se nos ocurre otro actor de su generación que podría haberlo hecho mejor. El trabajo corporal y vocal que hace para componer a Arthur es extremo. Es impactante, literaliza la metáfora de “encarnar” porque hace carne la broma absurda de su existencia. Él no es gracioso y, como dice, lo que nos causa gracia es subjetivo, así que cuando puede empezar a reír de verdad es porque él ya no es la broma, y nos damos cuenta de que en realidad nunca lo fue. No son graciosos el abuso familiar, la enfermedad mental, el abandono del Estado, la burocracia, que cualquiera pueda tener un arma: los marginales no son payasos, como dice Thomas Wayne. Porque, no olvidemos, la mecha no la prende el primer asesinato -como reacción a la violencia física- sino las palabras del rico y poderoso que desde su pedestal dice a la masa “yo voy a solucionar sus problemas, pero mientras tanto quédense tranquilos, callados” y se burla de la marginalidad convirtiéndola en comedia. La mecha la prende la violencia simbólica que condensa la violencia material que sufren los marginales.

            Podría oponerse a la fuerza de la película el hecho de que es eso, una producción hollywoodense que está rompiendo récords de recaudación y taquilla. Fisher dice que “una crítica moral del capitalismo que ponga el énfasis en el sufrimiento que acarrea únicamente reforzaría el dominio del realismo capitalista”. Pero también afirma: “solo puede intentarse un ataque serio al realismo capitalista si se lo exhibe como incoherente o indefendible”. Y sabemos que como producto de consumo masivo no va a corroer las bases del sistema, pero la incomodidad que genera al espectador es indiscutible, ¿qué vemos en pantalla, a un hombre con el que tendríamos que empatizar, alguien por quien sentir lástima, alguien “malo”, una víctima, un otro en el que podríamos devenir en cualquier momento cuando la basura llene finalmente las calles? No lo sabemos. Terminamos de ver el film y estamos conmovidos. Los Wayne no son héroes y los villanos no son necesariamente el enemigo.

            Entre tanta revisión de mundos ficcionales canonizados y tanta historia de origen de nuestros “héroes” contemporáneos, la película del Joker es completamente necesaria. Necesitábamos ver algo así, que nos incomodara de esta manera. Cómo surge un villano, en qué contexto, con qué características, en qué tipo de mundo. La película lo muestra de manera clara, contundente y mucho menos patética de lo que podría haber estado tentada de hacerlo. El Arkham Asylum no es el edificio lleno de locos y criminales que más usualmente vemos representado en los dibujos animados, las películas y los videojuegos, es un edificio estatal deteriorado, sórdido, lleno de gente que no tenía a dónde más ir, resultado de la desidia del Estado. El mismo Joker puede hacer una autorreflexión interesante en este sentido cuando pregunta cómo alguien puede terminar ahí. Su recorrido, su vida “sin sentido”, carente de comedia, es la respuesta y la risa de quienes caricaturizan a las innumerables víctimas del sistema. Sin proponérselo termina encarnando la amenaza, equivalente a la de las “súper ratas” creadas por el exceso de residuos. La performance de Phoenix, en diálogo con la de Heath Ledger, ya no nos permitirá ver de la misma manera al “guasón” que, como me comentó un amigo, quizá sea el Taxi driver de nuestra generación. Joker es una forma, y una buena y contundente forma, de mostrar que ya no es gracioso, y que, no, sin dudas, esto no es una broma.