La ciudad no es para los indios

La autoproclamada presidenta de Bolivia, Jeanine Áñez, tuiteó-entre muchas otras barbaridades- que “la ciudad no es para los indios”. Me pregunto si es posible revisar ese enunciado desde algunas ideas en relación al urbanismo y a la fantasmagoría del pasado.  

Creo que también el pensamiento aberrante puede ayudarnos a entender cómo funciona la lógica de esta derecha racista en Latinoamérica. Este comentario de Áñez nos permite pensar la ciudad, en tanto dispositivo, como lo que realmente es: un proyecto político. Detrás de esos flujos que parecen puro caos, hay mecanismos diseñados para excluir, controlar y reprimir a la población.

En Los condenados de la tierra, Franz Fanon decía que “La ciudad del colonizado, o al menos la ciudad indígena, la ciudad negra, la “medina” o barrio árabe, la reserva es un lugar de mala fama, poblado por hombres de mala fama. Allí se nace en cualquier parte, de cualquier manera. Se muere en cualquier parte, de cualquier cosa. Es un mundo sin intervalos, los hombres están unos sobre otros, las casuchas unas sobre otras”.

Achille Mbembe retoma estas ideas para pensar que las guerras coloniales tenían como objetivo crear gobiernos locales, instaurar tropas y nuevos sistemas de control sobre la población civil. Se trata de inscribir en el terreno un nuevo conjunto de relaciones sociales y espaciales. En ese esquema aparecen la clasificación de personas según distintas categorías, la extracción de recursos, la producción de una amplia reserva de imaginarios culturales. Esa es la superficie donde se inscriben los derechos diferenciales en el mismo espacio: para diferentes categorías de personas, diferentes leyes donde el sujeto colonizado es expulsado a una tercera zona: entre el sujeto y el objeto.

Cada estado del imperialismo supone una serie de tecnologías. El dispositivo conocido como “township” -los barrios destinados a los negros- funcionó para controlar el flujo de los trabajadores y de la propiedad territorial en las colonias. Para Fanon la ocupación colonial depende casi en exclusivo de estas fronteras: división del espacio en compartimientos.

Sin embargo, la modernidad tardía trae una nueva forma de ocupación colonial. El ejemplo más nítido es Palestina. Para Mbembe se articula lo disciplinario, la biopolítica y la necropolítica. Se trata de un mismo espacio sagrado para dos comunidades.

La necropolítica tiene tres características fundamentales: fragmentación territorial, acceso prohibido a ciertas zonas y expansión de las colonias. El efecto es convertir todo movimiento en imposible y llevar adelante una segregación similar a la del apartheid. La diferencia central está en la compleja red de fronteras interiores y de células aisladas e incomunicadas por un lado y la triple dimensión espacial de la ocupación: tierra, subsuelo y aire. En vez de crear dos naciones separadas definitivamente mediante una frontera “la peculiar organización del terreno que constituye la franja de Gaza ha creado múltiples separaciones, líneas provisionales que unen unos a otros a través de la vigilancia y el control”.

A este sistema colonial Mbembe lo llama “ocupación fragmentaria” y responde a la lógica urbanística contemporánea con sus enclaves periféricos (villas miseria) y sus comunidades cercadas (barrios cerrados). La infraestructura de esta forma fragmentaria se caracteriza por vías rápidas, puentes y túneles que se entrelazan en una tentativa de sostener lo que Fanon llamó “exclusividad recíproca”.

Aunque el modelo es Palestina, cualquier ciudad funciona en menor escala con ese modelo de duplicidad con fronteras invisibles, zonas prohibidas y segregación. ¿Es posible pensar la relación entre la ciudad de El Alto y la ciudad de La Paz en Bolivia de acuerdo a este esquema? ¿Cuál de las dos ciudades es zona prohibida para los indios? ¿Hay una ciudad prohibida para los blancos?

La ciudad y la ciudad

En 2009, China Miéville publicó la novela La ciudad y la ciudad. En ella dos ciudades -Besźel y Ul Qoma- ocupan casi el mismo espacio geográfico. Sin embargo, son territorios distintos. Esto se logra a partir de una percepción instanciada o producida por la situación social donde los ciudadanos de una y otra aprende a “desver” y a “desoir” lo que sucede en la ciudad extranjera.

El funcionamiento es el de dos ciudades diferentes con sus gobiernos, costumbres, etc. Hay rasgos en los estilos a la hora de vestir, en la arquitectura, en la manera de caminar, y eso permite reconocer aquello que podemos ver y aquello que es necesario desver. Esta habilidad es enseñada desde la infancia para reconocer lo que no se debe percibir. Funciona como un comportamiento automatizado.

El hecho de ver, escuchar o estar en la otra ciudad es considerado un delito llamado “brecha” y es castigado con penas muy duras. Las ciudades gemelas tienen zonas íntegras (propias), zonas de alteridad (ajenas) y entramadas (mixtas). Calles, edificios, plazas; donde conviven ambas ciudades desviéndose. Pasar de una ciudad a otra es dejar de ver una ciudad para ver la otra.

Existe un poder añadido, necesario para mantener la separación, que es una organización supraestatal conocida como la Brecha. Cuando se da una «brecha» este organismo policial se hace cargo de la situación y sus miembros usan su potestad para someter al autor del delito  y llevarlo hacia un castigo desconocido.

La trama inicia con el asesinato de una estudiante del doctorado de arqueología. El crimen es en Ul Qoma pero el cuerpo se encuentra en los límites de Besźel y, como pasa siempre en las buenas novelas negras, aparecen los circuitos del poder político y económico a medida que avanza la investigación.

Me gustaría llamar la atención sobre algo: La ciudad y la ciudad parte de un conflicto con el pasado (por eso la víctima es una estudiante de arqueología) que está representado en la ciudad, es decir, en las generaciones anteriores que habitaron ese territorio. La época pre-escisión, cuando la ciudad todavía era una, que propone Chine Mieville se muestran como una relación conflictiva y un umbral de ruptura.

El inspector Borlú inicia una investigación que pasa por grupos disidentes (unionistas que proponen reunificar la ciudad, comunistas, fascistas), y por los entramados políticos oficiales de ambas ciudades.  Ahí se encuentro con un mito: existiría, entre una ciudad y la otra, una tercera ciudad llamada Orciny, que ocupa espacios intermedios entre Besźel y Ul Qoma. Esta leyenda urbana dice que hay edificios que están marcados para ser desvistos por ambas ciudades y ahí vive una tercera población parasita que centraliza el verdadero poder.

La investigación de Borlú deviene entonces una investigación sobre la ciudad. Sobre su historia, sobre sus mitos, sobre sus facciones políticas clandestinas y sobre los tejidos políticos ilegales. Todo gira en torno a la carrera de Arqueología porque lo que está en disputa es el pasado que, como sabemos, redefine el presente.

Si revisamos las ideas de Benjamin en París, capital del siglo XIX encontramos: “Con el hierro aparece por primera vez en la historia de la arquitectura un material de construcción artificial (…) A la forma de los nuevos medios de producción, en el comienzo aún dominada por los antiguos (Marx) corresponden en la conciencia colectiva imágenes en las que lo nuevo se interpenetra con lo viejo. Estas imágenes son optativas, y en ellas la colectividad busca tanto suprimir como transfigurar las deficiencias del orden social de producción y la imperfección del producto social”. 

De modo que tenemos que pensar que en los materiales de nuestras ciudades vive una memoria histórica y también una batalla entre lo nuevo y lo viejo. Esa superposición, esas capas geológicas de la historia económica y social, son rastros de la lucha de clases.

La ciudad se duplica no sólo en términos de espacio sino también en términos temporales: la ciudad del pasado habita (tal vez podríamos decir “posee” en el sentido en que están poseídas las casas embrujadas) a la ciudad del presente.  

Las ciudades latinoamericanas, podríamos decir, están construidas sobre un cementerio indio. Ese pasado de violencia, segregación y racismo se actualiza en las luchas de Bolivia, Brasil, Ecuador, Haití y Chile. “La ciudad no es para los indios” porque su expulsión fue la condición de posibilidad para que existiera el paisaje urbano.  ¿Logramos ver esos fantasmas?

Urbanización y fantasmas

Para pensar que cada ciudad es un proyecto político, podríamos irnos a 1852, cuando Napoleón III le pidió a Georges-Eugène Haussmann la “modernización” de París. El proyecto incluía todos los aspectos de la ciudad: calles y bulevares, reglamentación de las fachadas, espacios verdes, mobiliario urbano, redes de alcantarillado y abastecimiento de agua, equipamientos y monumentos públicos

Las transformaciones de Haussmann tienen una serie de consecuencias que nos interesan. Por un lado, aumentan los precios del alquiler y esto desplaza al proletariado a los arrabales. Los barrios de París pierden su antigua fisonomía. Surge entonces algo que se llamará más tarde “cinturón rojo” que son los barrios periféricos que muchas veces tiene gobiernos distritales comunistas.

Por otro, Haussmann, que se llamaba a sí mismo el “artista demoledor”, aliena a los parisinos en su propia ciudad. Ya nadie se siente en casa, nace la conciencia del carácter inhumano de la gran ciudad.

Pero, en última instancia, la verdadera finalidad de los trabajos de Haussmann era asegurar la ciudad contra la guerra civil. Imposibilitar cualquier futuro levantamiento en París. Lo hace de dos maneras: ensancha las calles para hacer imposible la edificación de barricadas y construye nuevas calles que hacen más corto el camino entre los cuarteles y los barrios obreros. Algunos contemporáneos llaman a esto el “embellecimiento estratégico”.

Estas transformaciones estratégicas no cesaron ni son monopolio europeo. Santiago de Chile fue rediseñada durante la dictadura para alejar a la clase trabajadora del centro. Y hoy, es esa ciudad uno de los escenarios de la revuelta más importante desde el regreso de la democracia. Si el urbanismo es el proyecto político, la revuelta es la disputa abierta del espacio urbano.

Cuando Benjamin mira París, está observando los residuos de un umbral histórico, de un momento entre dos épocas, y observa esos materiales en su persistencia espectral. La ciudad del pasado es una ciudad fantasma que se conecta con la actual, “lo que ha sido se une como un relámpago al ahora en una constelación”, escribe.

Pero, además, está el futuro: “Cada época no sólo sueña la siguiente, sino que sonadoramente apremia su despertar. Lleva en sí misma su propio final y lo despliega -según Hegel- con argucia. Antes que se desmoronen empezamos a reconocer como ruinas a los monumentos de la burguesía en las conmociones de la economía mercantil”.

Es posible que las ciudades contemporáneas en nuestro continente sean monumentos. Y es posible también que merezcan ser ruinas, el testimonio de una época aberrante que llegó a su fin cuando los expulsados asaltaron las ciudades.