Sobre la modernización china y el boom de la ciencia ficción

Compartimos el tercero de una tanda de artículos sobre la ciencia ficción china. Hoy intentamos entender algunas de las causas del impresionante boom del género en China y los motivos por los que esta expansión viene contando con un millonario aval estatal.

// Por Pedro Perucca

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Hace algunos años el fenómeno de Liu Cixin y su detestable Trilogía de los tres cuerpos sacaron a la luz pública un fenómeno hasta el momento ignorado en el mundillo de los fans de la ciencia ficción: un boom del género en China. Aunque en su momento esto pudo sorprender a muchos de los integrantes de la tribu, lo cierto es que desde una mirada sociológica esta expansión no aparece como tan insólita.

Convengamos en que China es un país (casi un continente, casi un planeta) que, por lo menos desde las épocas del gobierno del padrino de nuestro querido Cordwainer Smith -Sun Yat Sen, primer presidente de la República de China-, viene apostando a hacer ingresar los miles de millones de seres humanos que la componen en el flujo de la historia universal moderna. Siempre jugando su propio y paciente partido, está claro, pero también con la convicción de que una de las etapas de su plan de largo plazo (recordemos que se trata de una cultura acostumbrada a pensar en términos de milenios) pasa por un revival del slogan soviético de “alcanzar y superar” al imperialismo yanqui.

Esa parte parecería estar o cumplida o en proceso, depende del área que enfoquemos. El especialista en China Gustavo Ng enumera en un artículo reciente: “Desde fines de los 70 la economía de China creció al ritmo de un tifón, con un aumento anual del 10% del PBI durante 30 años (hoy crece menos del 7%, aunque sobre una base de 14 billones de dólares, o sea millones de millones)”. Este crecimiento llevó a que la mayoría de la población mejore su calidad de vida: “La mortalidad infantil bajó del 200 por mil, cuando se creó la República Popular en 1949 al 6,1 actual, el analfabetismo bajó del 80% al 5%, la expectativa de vida pasó de 35 a 77 años y el ingreso per cápita pasó de 156 dólares en 1978 a 3.468 en 2008 y a 9.771 dólares en 2018”. El propio Banco Mundial reconoció que en 40 años China había sacado de la pobreza a más de 800 millones de personas, algo sin antecedentes en la historia humana.

Hoy las noticias hablan de una guerra comercial chino-estadounidense, algo impensable hace 50 años, y los medios alertan sobre los amenazantes planes chinos de injerencia en América Latina a través de su incontestable poder económico (no como en el caso de los Estados Unidos, cuya intervención se encuentra puramente motivada por el amor y la solidaridad). Pero a pesar de que en el terreno económico pareciera competir de igual a igual con las potencias occidentales, en lo que hace a liderazgo cultural venía corriendo muy de atrás.

Pero ahora China parecen estar con ganas de subsanar ese descuido. Hace algunos años que la literatura china moderna está de moda, desde el premio Nobel 2000 al disidente Gao Xingjian (que escribe en francés) o el éxito internacional de Mo Yan (autor de Sorgo Rojo, con algunos libros prohibidos) hasta los best sellers Ma Jiang, Dai Sijie o Qiu Xialong, pasando por Cao Xuequin, Leslie T. Chang, Chi Li y Harry Wu. O nuestro amigo Ken Liu, chino emigrado a Estados Unidos, el primero en  ganar simultáneamente los premios Nébula, Hugo y Premio Mundial de Fantasía (por su cuento “El zoo de papel”), que además es un importante traductor y antologista de la CF china. Como traductor, es responsable de las versiones inglesas de los libros de Cixin, para los que se tomó inmensas libertades de traducción, llegando a reordenar los capítulos, con el visto bueno del autor que ahora recomienda leer la versión inglesa (convengamos en que casi cualquier cambio no podía sino mejorar esos volúmenes lamentables).

Aquí mezclamos escritores y escritoras que escriben y publican dentro y fuera de China. Pero en el país asiático una de las corrientes literarias que estuvo de moda hace unos años tenía que ver con la narración de la vida laboral de los protagonistas, en general con un final de recurrente ascensión hacia las clases altas. Una versión del realismo hoy en crisis en Occidente, pero no destinado a mostrar las miserias del capitalismo sino, por el contrario, a motivar el espíritu de competencia y progreso de los lectores.

Aunque parezca no tener nada que ver, esto también se relaciona con el particular fenómeno del boom de la ciencia ficción china. Recordemos que el escenario es el de una salida de la pobreza extrema de millones de personas, acompañada por un proceso igualmente masivo de urbanización, con ciudades que crecen día a día y otras que se construyen prácticamente desde cero en pocos años. En ese contexto, es prioritario educar al soberano. Por un lado, con una épica de los negocios y del progreso personal, como ya dijimos. Por otro, inculcando vocaciones técnicas que contribuyan a generar la multitud de especialistas que la nueva etapa del país requiere. Alguien tiene que levantar las ciudades y represas, construir las maquinarias y electrodomésticos, prever los nuevos horizontes de la industria y garantizar el desarrollo tecnológico de punta que permita seguir pasándole el trapo a los imperialismos de occidente. Como ya ha sucedido muchas veces en la historia de la ciencia ficción, se considera que en su versión más “dura” el género puede operar como motivador de futuras vocaciones técnicas, ayudando a cubrir las necesidades del mañana. Un fenómeno que podría encontrar conexiones con el nacimiento del género en el Estados Unidos de los años 20 o su auge en la segunda posguerra, cuando se llegó a hablar de los relatos de CF como «canciones de cuna para ingenieros».

En ese marco, nos enteramos que en noviembre pasado se inauguró el Instituto Chino para la Investigación de la Ciencia Ficción, en Chengdu, capital de la provincia de Sichuan. El flamante instituto se funda con el aval de la Asociación de Sichuan para la Ciencia y la Tecnología y de la carrera de Literatura y Periodismo de la Universidad de Sichuan, considerada como uno de los semilleros de la nueva CF china. Nada de esto hubiera sido posible sin su decano, Li Yi, quien se considera un fan de la ciencia ficción y afirmó que la iniciativa es “un sueño hecho realidad” para todos los investigadores del género. Li anticipó que el Instituto se concentrará en la investigación de ciencia ficción nacional y extranjera,  y confirmó que está formando un equipo de jóvenes investigadores para responsabilizarse del trabajo.

Chengdu es también la cuna de la principal revista china de ciencia ficción, la Science Fiction World, que comenzó a circular en 1979 y hoy tiene tiradas promedio de 300 mil ejemplares. En 2007 uno de sus editores, Yank Xiao, lanzó el Festival Internacional Chengdu de Ciencia Ficción y Fantasía, el evento más grande de su tipo en el gigante oriental, que logró convocar a miles de adeptos. En 2006 la revista fue anfitriona de la primera versión de El problema de los tres cuerpos, que se fue publicando serializado. La gobernación de Chengdu, además de financiar con millones de dólares proyectos fílmicos de ciencia ficción para cine y televisión, se postuló como sede de la Convención Mundial de Ciencia Ficción de 2023. Science Fiction World también colaborará con el Instituto recién fundado para lanzar en este 2020 China Science Fiction Review, la primera revista académica sobre ciencia ficción del país. Dando cuenta del auge del género, la industria de las publicaciones de ciencia ficción en China tuvo durante el año pasado un crecimiento del 83% interanual, facturando cerca de 6.500 millones de dólares.

El investigador Han Song propone que el boom de la ciencia ficción china puede leerse como una respuesta al proceso de acelerada modernización del país, pero la evidente predisposición del Estado chino a financiar producciones e investigaciones sobre el género (en un próximo artículo abordaremos el boom de las películas de ciencia ficción chinas) tal vez hable de una estrategia a largo plazo más que de la mera “respuesta” a un fenómeno.

En el caso chino, esta perspectiva implica importantísimas diferencias de escala respecto de cualquier iniciativa similar que se haya intentado en Occidente, lo que inevitablemente nos remite a Los lenguajes de Pao, la recordada novela de Jack Vance de 1958. Pao es un planeta directamente inspirado en la China prerrevolucionaria y en sus transformaciones posteriores: superpoblado por 15 mil millones de personas, eminentemente agrícola, uniforme y con habitantes cuyo carácter sumiso pero obstinado se encuentra determinado por un lenguaje que no fomenta la iniciativa y el enfrentamiento activo, propugnando la resistencia pasiva casi como única forma de manifestar el descontento. La novela se basa en lo que entonces eran teorías novedosas de la lingüística que proponían que el lenguaje estructura el pensamiento y hasta las percepciones y la personalidad (todavía no había aparecido la teoría de la gramática generativa de Chomsky). Pues bien, resulta que Pao es sojuzgado por una raza extraterrestre que les exige unos tributos cada vez más impagables, sin que la población local se anime a rebelarse. Hasta que uno de los gobernantes piensa en una estrategia de resistencia a largo plazo: crear enclaves donde sólo hable en uno de los tres idiomas artificiales diseñados para alterar el temperamento paonés: el tecnicante (para formar ingenieros), el cogitante (para administradores, políticos o comerciantes) y el bravante (para los soldados).

«Un lenguaje es una herramienta especial, con unas posibilidades particulares. Más que un medio de comunicación, es un método de pensamiento. Imagina el idioma como el contorno de un cauce fluvial. Impide el flujo de agua en ciertas direcciones o lo canaliza en otras. El idioma controla el mecanismo de tu mente. Cuando las personas hablan lenguajes distintos, sus mentes actúan en forma distinta y las personas actúan en forma distinta», se explica en la novela. Partiendo de este concepto, el idioma tecnicante tendrá una gramática muy complicada pero lógica, el cogitante deberá brindar la posibilidad de un análisis gramatical de números, tratamientos honoríficos complejos «para inculcar hipocresía» y un vocabulario rico en palabras homófonas para «facilitar la ambigüedad», mientras que el bravante destacará valorativamente los principios activos y estará lleno de palabras guturales y asociaciones intencionadas como placer/resistencia o extranjero/rival. Así, por ejemplo, la frase «El leñador tala un árbol» (que en paonés original sería algo como «Leñador en estado de esfuerzo; hacha actuante; árbol en estado de sometimiento al ataque»), en bravante se transformaría en «El leñador supera la inercia del hacha, el hacha hace añicos la resistencia del árbol» o «El leñador vence al árbol mediante el arma blanca que es el hacha».

Hoy ya sabemos que la incidencia del lenguaje no es tan sencilla ni directa, pero también que siempre se pueden alentar o desalentar imaginarios, impulsar políticas estatales que fomenten ciertos intereses o vocaciones, generar buena publicidad y promesas de éxito para algunas carreras, etc. Es imposible saber qué novedades continuarán llegándonos desde el gigante asiático, pero de lo que no hay dudas es de que hoy China parece estar apostando a que la ciencia ficción juegue algún rol en su descomunal proyecto de transformación social.

Imitando la paciente perspectiva del ex primer ministro chino Zhou Enlai cuando le preguntaron su opinión sobre la Revolución Francesa, podríamos decir que “es demasiado pronto para valorarla”. Hace un tiempo se reveló que la en apariencia brillante respuesta del dirigente comunista en realidad se debió a un problema de traducción, ya que Zhou entendió mal y no estaba hablando de la imposibilidad de juzgar a un proceso político con apenas 200 años de perspectiva sino que creyó que le estaban preguntando por el Mayo Francés de 1968, ocurrido hacía cuatro años, ante lo que optó por la evasiva respuesta diplomática. Pero no dejemos que la verdad histórica nos arruine esta bella reflexión oriental.

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