La sexualidad en el futuro

// Por Osvaldo Mariconi // Ilustración de Daniel Perrotta

No puedo dejar de pensar en palabras como confinamiento, encierro y aislamiento, y quizás sea porque me encuentro bajo sus efectos. Los 2 metros cuadrados de mi balcón son lo más cerca al exterior que experimento hace unas semanas. Mi gato se despereza y me mira, y yo en un acto autómata ya me encuentro con el celular en la mano listo para chequear mis mensajes. Tengo uno en Grindr: “Nos masturbamos por video llamada te va?”

Esta invitación me enfrenta a la necesidad de experimentar la futuridad queer, una manera de evitar que el presente se convierta entonces en un futuro que nunca llegó, un futuro perdido que nos atormenta. Como dice M. Fisher, el realismo capitalista no es un tipo particular de realismo, es más bien el realismo en sí mismo. Su poder deriva parcialmente de la forma en la que subsume y consume todas las historias previas, creando una realidad en donde la única alternativa posible e imaginable es el Capitalismo.  

Me ayudo de mis lecturas adolescentes de Ciencia Ficción para pensar esto; de mis  libros comprados en Parque Rivadavia, donde conseguí algunos usados de la Editorial Minotauro.  El cruce entre homosexualidad y ciencia ficción me volvieron un sujeto que está y a la vez no, en esta sociedad. Esta posición alien también es una posibilidad. En el segundo tomo de Historia de la Sexualidad, Foucault se corre de la biopolítica y comienza a trabajar su etapa ética pensando el concepto de ascesis: un trabajo o entrenamiento en sentido atlético, un ejercicio sobre sí mismo para elaborarse, transformarse y acceder a cierto modo de ser para pensar un modo de vida diferente. Esta ascesis como ejercicio es el que me interesa pensar para sobrevivir al encierro y la imposibilidad de mantener una sexualidad, como venía manteniendo, cuerpo sobre cuerpo. Si hay imposibilidad del contacto con otro cuerpo, entonces la genitalidad debe dejarse en suspenso. Tal vez debamos pensar nuevas modalidades, el uso de los placeres, hacernos infinitamente más susceptibles a ellos e inventar relaciones que ofrezcan estrategias para refinar el placer y escapar de las formulaciones convencionales. Me viene al recuerdo Superficies de Placer de Virus, banda contemporánea a la Pandemia del SIDA, donde se cuenta el placer de un voyerista espiando por su ventana. El ojo como superficie de placer está a tono con Foucault y su uso de los placeres; supongo que se debe a un tono de época. Roberto Jacobi escribe esa canción sobre una persona tímida que, en soledad, saca fotos a unx vecinx. Un poco como me sentí yo al ver por primera vez al chonguito que protagoniza una masturbación en el video Rubí de Babasónicos.

Las tecnologías de la sexualidad, y en particular de la sexualidad homosexual, no son algo del futuro distante. Quizás hayan formado parte de un futuro anterior, una proyección de la realidad que la ciencia ficción intentó hacer por los 80’s. No dejo de acordarme de Pris la replicante de Blade Runner, un “modelo de placer”, como ese imaginario de futuro donde la sexualidad pasaba por la relación de un hombre con una máquina/androide. Hoy, ¿dónde terminan los cuerpos naturales y dónde comienzan las tecnologías artificiales? ¿Es posible una delimitación entre naturaleza y máquina? P. B. Preciado en Manifiesto Contrasexual aborda como temática al dildo y la prótesis para expresar la imposibilidad de trazar límites nítidos entre lo natural y lo artificial, entre el cuerpo y la máquina.  Pensemos entonces que la prótesis desde la perspectiva clínica siempre fue concebida como un dispositivo taylorista de reemplazo de órganos esenciales para la producción capitalista, y no para  sustituir órganos sexuales. La tecnología se nos presentará a sí misma como naturaleza. Los discursos científicos siguen cargados de retóricas dualistas como naturaleza/tecnología que refuerzan la estigmatización política de grupos tales como las mujeres, lxs no blancxs, lxs queer, lxs discapacitadxs, lxs enfermxs, etc., impidiendoles sistemáticamente el acceso a las tecnologías que los producen y objetivizan. Como dirá Donna Haraway, las tecnologías no son ni buenas ni malas, sino que en sí mismas albergan la potencia de fuga, de nuevos lugares de producción de placeres y de reinvención de la naturaleza.

Sigo observando el mensaje de Grindr, y no puedo evitar preguntarme si mi celular será una prótesis de la sensibilidad, o si mi cuerpo se convierte en prótesis del sistema. Si la prótesis es funcional y no mimética, ¿es entonces el celular un dildo que no busca imitar al órgano sexual, sino un potenciador de nuevas formas de placer? En esta idea del uso reflexivo de los placeres, el debate puede tener que ver con la descentración de los genitales como protagonistas de las prácticas sexo-afectivas, nuevas posibilidades de placer utilizando ciertas partes inusuales de ese cuerpo/máquina, erotizándolo; romper la idea de que todo placer viene del placer sexual. ¿De quién es el orgasmo, nuestro o de la reproducción de nuestros cuerpos en las pantallas ajenas? ¿A quién miro? ¿Maximizo mi imagen o la del otro en la pantalla? 

Miremos las prácticas sadomasoquistas(S/M), como nos muestran que podemos producir placer a partir de objetos muy extraños en situaciones no habituales y utilizando partes inusuales del cuerpo. Generar con el cuerpo un lugar de producción de placeres extraordinariamente polimorfos. El S/M se convierte entonces en el uso estratégico de diferencias de poder para producir efectos de placer físico, más que efectos de dominación.

Muchxs autorxs pensaron por mucho tiempo al fistfucking como la única práctica nueva del siglo XX hasta la llegada, a final de siglo, de internet, del phonesex y del cibersexo. Yo agregaría a estas los saunas, casas de baño, teteras, etc. Todo esto me sirve para pensar cuestiones sobre “una estética de la existencia” (Une esthétique de l´existence) como dice Foucault, una existencia que piense principios del uso de los placeres. El sexo como una forma de creación. 

La ciencia ficción también exploraba otras formas de pensar el placer y la tecnología. En la novela Neuromante de William Gibson, el consumo de drogas a través de dermos combinaba de manera directa la tecnología con el cuerpo, dónde las sustancias fabricadas en laboratorios eran de fácil acceso y de consumo legal. Halperin en San Foucault, piensa el bodybuilding como objeto de deseo, tecnología farmacopornográfica al servicio del cuerpo musculado homosexual como ejemplo de nuevos usos de placeres, la ingesta de fármacos (Ingesta de hormonas) y técnicas  para modificar el cuerpo (aparatos de pesas). Dice Halperin del bodybuilding gay de gimnasio: “Para quienes lo practican con seriedad, es un ritual transformador y cotidiano que modifica las relaciones sociales de esa persona con su comunidad, es un arte de la existencia. Los músculos de los gays no son los mismos que los músculos del straight, son cuerpos diferentes, en el hetero es instrumento de poder que somete (a mujeres y a personas débiles), mientras que el cuerpo gay busca ser deseado y no como poder, son diseñados solo para la atracción erótica. Muchos gays no practican la musculación para adaptarse a los estándares straight, sino desarrollar una parte del cuerpo deseado por sus partenaires sexuales, buscan lo bizarro, la exageración de una parte para producir deseo”. Entonces, esta tecnología sobre los cuerpos sirve para volverlo objeto de deseo y no objeto de sometimiento. Este cuerpo homosexual ejercitado, como Atlas, es el resultado de una serie de tecnologías que van desde la fusión, como diría Haraway hablando de los cyborgs, ilegítima entre hombre y máquina (aparatos de los gimnasios), hasta un aspecto más molecular con los anabólicos o demás compuestos que se ingieren para lograr mejores y más rápidos resultados. Estos son nuestros ciborgs, que constantemente reescriben su cuerpo a través de estos nuevos mecanismo de producción y reproducción de placer, comunicándose a través de Instagram o Grindr, exponiendo su modificada musculatura para la obtención de sexo o admiración. Preciado dice en torno a esto que la prótesis como suplemento mecánico de órganos vivos, transforma la estructura de la sensibilidad humana (lo poshumano), ya que la prótesis es la modificación y desarrollo de un órgano vivo con la ayuda de un suplemento tecnológico, en este caso el celular.

Me imagino un poco como podría ir evolucionando este ciber-Atlas-fistfuckeador, qué tecnologías sexuales se inventarán en el futuro. Se podría pensar en el tele-placer: una serie de dispositivos que sin contacto físico podrían vincular a dos personas íntimamente. Algo así como los cascos que usan Stallone y Bullock en El Demoledor, que le permiten transferir sus “energías sexuales” sin contacto carnal, o quizás sea una píldora al mejor estilo Barbarella que nos provoque placer instantáneo sin la necesidad de una persona. Me gusta pensar también que como hoy existen bots para automatizar respuestas en Facebook, en un futuro no muy lejano, sea una inteligencia artificial a la que le paguemos por servicios sexuales. 

Tal vez el nuevo placer en épocas de encierro se parezca más a la película Bent. Mi memoria emotiva me lleva a esa bella escena donde lxs protagonistas, en el campo de concentración nazi para homosexuales, cargan piedras y están unx al lado del otrx pero no pueden tocarse. 

Será esta la escena más erótica del cine entre dos cuerpos desnutridos que desean sentir, que son vigilados y no pueden tocarse pero quieren seguir deseando otro cuerpo. A simple vista la escena parece carente de materialidad, ellxs no pueden rozarse, pero se relatan cómo se tocarían. Como dicen Deleuze y Guattari, el deseo es una máquina de producir, entonces estos susurros poseen la materialidad de la palabra erotizada, la voz cargada de libido. Llegan al orgasmo, como llegan al orgasmo en Her, esa primera noche de amor entre el protagonista y la máquina. El nazismo y sus campos de exterminio son  máquina de matar, pero la alianza entre dos cuerpos abyectos pueden generar una fuga al erotizar un relato, producir un cuerpo sin órganos que devenga máquina de guerra, como también sucede en El beso de la mujer araña

Y es así que de tanto pensar en ciencia ficción y futuridades posibles, perdí la noción del tiempo.  Salgo a mi balcón de 2 metros cuadrados y recuerdo el principio de la novela cyberpunk: “El cielo […] tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto.”