Las cosas que ganamos en el fuego

// Por Lucía Vazquez (Vdevendetta)

Con Hereditary, Ari Aster supo ubicarse, junto a Jordan Peele (Get out, Us) y Robert Eggers (The witch, The lighthouse), en la corriente de directores de lo nuevo en el cine de horror pertenecientes a estas primeras décadas del siglo. En 2018 Aster nos legaba una de las imágenes más tremendas del cine de terror en su historia, esa que dejaba al púbico enmudecido ante el horror de lo inevitable, la niña sacando la cabeza por la ventanilla para poder respirar mejor. Porque si algo hace bien Aster es subvertir las posibilidades de control, lo que cuenta va bien al centro de la neurosis: el mundo es un caos. En Hereditary se metía con la herencia familiar, en Midsommar va un poco más allá y explora la herencia folclórica, pero también desde una perspectiva de familia, solo que con un modelo alternativo.

Películas sobre sectas hay muchas (algunas muy buenas: Rosemary’s Baby para empezar, una indie más contemporánea digna de mencionar es Sound of my voice) y Midsommar le debe a The Wicker man todo lo que explicita. Lo novedoso, creo, es que en este campo temático –el de la familia/culto– Aster inserta la historia de una relación sexoafectiva cis bien millenial que termina definiendo la trama. El póster es tan engañoso como otras cuestiones en la película, Dani no es el cordero para el sacrificio sino quien dicta la sentencia de su pareja, egoísta y desapegado, fallido como ella. La diferencia es que con el correr de la película Dani deviene divinidad mientras que Christian solo oficia de objeto sexual con fines reproductivos, interesante subversión en este espacio tan alternativo como puede serlo una comunidad en Suecia durante las festividades del solsticio de verano. No hay que esperar a la oscuridad ni al frío para sentir horror. A plena luz del día, con un cielo prístino, envuelta en flores, Dani completa el sacrificio ritual.

Expectativas

Una chica espera una respuesta virtual y tranquilizadora después de contestar un mensaje suicida. Es Dani, una joven algo inestable que para cubrir su ansiedad toma pastillas y llama a su novio, que está tomando cerveza con sus amigos, quienes le dicen que esa chica no le conviene porque es muy problemática. “Podrías estar embarazando a cualquiera de estas chicas” le dice uno de sus amigos en el bar. Dani es un cuerpo gestante inviable porque tiene demasiados problemas. De hecho, su hermana efectivamente se suicidó y mató a sus padres llenando la casa con monóxido de carbono. Todo esto se cuenta en los primeros diez minutos del film, demoledores. Los gritos de dolor de Dani traspasan la pantalla y tenemos que decir que Aster sabe retratar muy contundentemente los duelos si recordamos la desgarradora actuación de Tony Collete en Hereditary. Pelle, un amigo de Christian, lo invita a él y a sus amigos tesistas (todo lo relacionado con la mirada académica de la festividad merece análisis aparte) a celebrar en su pueblo sueco el Midsommar, y Chris –un poco por culpa un poco por piedad– lleva a Dani con ellos. De ahí en adelante todo ocurrirá de día, a la luz de un sol desesperante que no permite a los personajes el cierre y recomienzo de las jornadas tales como los vivimos en hemisferios más amables en ese sentido. No llega a oscurecer nunca del todo, se deben correr cortinas para dormir, y apenas llegan el clima se enrarece. Colabora que toman hongos “mágicos”: su efecto más la luz solar perenne modifica la percepción de los personajes y en la cabeza de Dani –punto de vista privilegiado– vemos concurrir pasado-presente-futuro, expectativa-realidad, deseo-temor.

Aster sabe tanto sembrar indicios falsos como desarmar expectativas. Hay tres puntos altos en la película, altísimos en ese sentido. El comienzo, la mitad, y el final, así de obvio. Cuando Christian recibe la llamada de Dani vemos que sus amigos quieren que él se separe de ella, básicamente la acusan de “tóxica”, cualidad tan de moda. En la conversación del bar y en la que tienen en la casa de uno de ellos hay algunos indicios que nos llevan a pensar que si este grupo de hombres se lleva a Dani al viaje a Suecia será para sacrificarla o hacer algo terrible con ella. Esta idea/temor sobrevuela toda la película –aunque vamos descartando la idea de que el grupo de amigos la ofrezca para el sacrificio ya que ellos son asesinados a su vez– y recién se alivia al final. Esto está apoyado también por un elemento metatextual: el póster del film en el que vemos a Dani coronada de flores, sufriente, sangrante.

Mediando la película tenemos la escena del primer sacrificio que vemos explícito, el de la pareja de viejos. Desde que brindan, más o menos, durante el almuerzo a cielo abierto, sabemos que ambos morirán; se están despidiendo, es un banquete de despedida. Los vemos subir al punto altísimo de roca, sangrar y ofrecer esa sangre a las escrituras de las piedras que suponemos sagradas. Abajo todo es silencio y expectación, nuestro punto de vista es el de los turistas, los visitantes, los que no conocen el ritual y no saben qué esperar. Pero el espectador sabe que esos viejos se van a tirar. Lo sabemos, lo esperamos, lo tememos. Y sin embargo, cuando sucede, nos sorprendemos; la de Aster, en este sentido, es más una película de horror que de terror. Lo que impacta es lo horroroso de los cuerpos destrozados después de la caída, la necesidad de completar el ritual a fuerza de golpes que desfiguran el rostro de quienes se ofrecieron en nombre de la comunidad. Otra vez el dolor de Dani nos interpela y es nuestro. Queremos gritar, taparnos los ojos, huir de la escena, aunque sabíamos lo que iba a suceder y nos quedamos mirando. Ese lugar de incomodidad total, de ajenidad y participación involuntaria es el lugar del horror durante todo el Midsommar. Cuando una de las mujeres, de las más sabias, explica a los personajes lo que acaba de suceder, volvemos a sorprendernos, tiene lógica. Para qué esperar la descomposición del cuerpo, mejor ofrecerlo para dar lugar a lo nuevo. Algunos de los visitantes deciden irse –sin éxito, claro– pero Dani y los espectadores nos quedamos, porque queremos saber más aunque sepamos que termina mal.

Por último, el final. La danza que parece interminable y que opera la transformación ritual de Dani. Ella no será el cordero de este sacrificio. Christian ha hecho lo suyo, ha cumplido con su función en la comunidad, aportar las “semillas” para las nuevas cosechas. El poder de Dani es el del fuego, con su connotación de resurrección y transformación. La sufriente Dani del comienzo, la chica perdida y en pérdida, termina sonriendo ante el espectáculo de su nuevo poder: ha sacrificado pedazos de su otra vida para renacer, para finalmente ser parte de una familia, cuyos códigos están en relación con verdades ancestrales, vinculadas con la naturaleza y sus ciclos, por fuera de la mezquindad de las relaciones entre humanos en el capitalismo. La comunidad toma lo que cree que le pertenece y ofrece de sí misma partes para abonar la tierra. El trabajo es colectivo, sangriento y cruel, sí, pero cada individuo solo podrá ser en función de esa comunidad. Dani debe quemar los restos de su vida anterior para integrarse a ella; su nuevo vestuario, ese traje poco antropomorfo de flores, le quita incluso su forma humana/individual. Ella ahora es otra cosa, es parte de un todo cuyas reglas son bien distintas de las de nuestras sociedades.

Sacrificio

Bataille, en La conjuración sagrada, retoma a Hegel y su idea de que el hombre debe negarse a sí mismo para revelarse como verdad, y plantea que este no vive para la producción sino para el gasto improductivo, la pérdida. Cuanto más grande sea la pérdida, mayor es el sentido trascendental en ella, así, la vida tendría su sentido máximo en la muerte. El sacrificio ritual, en la modernidad, sería reemplazado por el gasto social improductivo que abarca la religión y el deporte, pero que sobre todo se realiza en el arte. Ya no en la búsqueda de sustancia sino en la de lo sagrado, el arte intenta recrear constantemente ese “momento privilegiado” donde la vida del hombre tiene sentido. La subversión de Aster se da en varios aspectos aquí, primero porque no hablamos del hombre sino de la mujer, segundo, porque la muerte sacrificial es de sí misma pero ofreciendo el cuerpo del otro. Dani puede elegir, al final, si sacrificar a su pareja o a una persona que apenas conoce. No vemos el momento de la decisión pero sí la alegría final de Dani sabiendo que en esa pirámide se está quemando vivo el hombre que no solo no pudo acompañarla en sus pérdidas sino que colaboró con la pérdida de sí misma. La que vemos al final es la Dani real es la mujer sagrada que siempre fue pero que estaba opacada por un “amor” mezquino, a medias, infértil de parte de Christian. “Para que finalmente el hombre se revelara ante sí mismo debería morir, pero tendría que hacerlo viviendo-mirándose cuando deja de ser” dice Bataille. La mirada de Dani no es la del “engañoso” póster, sino la de la mujer llena de vida que está viendo cómo deja de ser esa mujer sufriente. El horror es que para que esto ocurra algo debe arder.