Las máquinas psíquicas (fascinaciones capitalistas I)

Emiliano Exposto indaga en lo que él mismo llama “la máquina de terror del capital”. Su pregunta central podría formularse de la siguiente manera: ¿es posible hacerle una huelga al trabajo psíquico del inconsciente capitalizado dentro de estas relaciones de poder? La disputa de la fantasía, de la imaginación, de las potenciales individuales y colectiva, incluso la disputa por la noche y la producción onírica parecen estar en juego. Primera entrega de la serie Fascinaciones capitalistas.

// Por Emiliano Exposto

0.  

Emprender un análisis militante en torno al problema político del inconsciente en la sociedad capitalista contemporánea involucra, entre tantas otras cosas, lidiar con las incertidumbres materiales-espirituales de esas potencias extrañas, asombrosas y ambivalentes que resultan desatadas y al mismo tiempo desechadas por la racionalidad del proceso contradictorio del metabolismo moderno del capital[i]. Implica investigar prácticamente las riquezas despertadas en lo inconsciente tanto a raíz de los procesos de luchas concretas como también por la mediación global de las formas sociales capitalistas, pero cuyas posibilidades materiales exceden o tienden a desbordar el poder de mando universalizado del capital que asimismo las suscita y explota de modo inmanente. La exploración sobre diversas formaciones inconscientes construidas históricamente en dimensiones tales como, por ejemplo, la política de izquierdas, el intercambio virtual de ciberinformación, la mediación estatal de las relaciones sociales, las condiciones desiguales de la reproducción social o el trabajo asalariado, supone investigar la verificación sensible de las dinámicas antagónicas del capitalismo en los territorios imaginarios, semióticos y emotivos de los cuerpos afectados por las luchas sociales y por el hechizo mercantil que recubre la experiencia social en el modo de producción capitalista. Los procesos generales y los conflictos sociales carecerían de significancia afectiva si se prescindiera de esta constatación libidinal en los cuerpos de la acción y la pasión en donde se debaten dramáticamente los antagonismos históricos. Las relaciones sociales capitalistas, acechadas por sugestiones metafísicas y embrujadas por la fetichización de la forma mercancía que tiende a expandir su eficacia espectral a todo el planeta al intensificarse en territorios subjetivos concretos, se elaboran de manera pragmática y abierta en las tensiones de las trayectorias existenciales individuales y colectivas matrizadas por la mediación equivoca de las formas capitalistas de constitución social. Esto supone vérselas, entonces, con las riquezas sintientes, técnicas, semióticas, cognitivas, imaginarias, discursivas o deseantes que se hallan abigarradas en la plural experiencia concreta de las relaciones capitalistas y de los conflictos sociales, plasmadas con temporalidades diversas en los espacios complejos que hacen a la pasión monetizada del dinero, en las imágenes y tecnosonidos sin referencia que se difuminan en las abstracciones del espectáculo algoritmizado, en las posibilidades contradictorias de la tecnología o el derecho institucional, en la heterogeneidad de objetos de anhelos, pánicos, figuras en la incertidumbre y motivos de alucinación, en las luchas en curso o invenciones en las crisis, en las seducciones estatalistas que se conjugan junto a la erótica privatista gobernada por las finanzas. Si desde el punto de vista de la racionalidad fría de la cuantificación del capital interesa movilizar y confiscar los poderes mágicos, aterradores y fabulosos del inconsciente es por el mismo motivo que nos interesa a nosotros, marxistas que creemos en fantasmas, esto es: porque en las ambigüedades abiertas en el deseo, las fantasías o los usos del lenguaje se componen las riquezas que, como una aureola ensoñada, animan el proceso social, y sin las cuales quedaríamos condenados a enfrentarnos en un combate desencantado contra el realismo capitalista en el cual replicaríamos, bajo la forma insuficiente de la inversión, las categorías del enemigo que habitan en nosotros. Así pues, fascinaciones capitalistas parte de una intuición marxiano-guattariana, a saber: no es posible pensar críticamente el capital sin fascinarse un poco con esta máquina desquiciada que despierta potencias tan sublimes como desastrosas en las relaciones sociales. El desafío radica en investigar las cualidades maravillosas y las posibilidades siniestras que se metabolizan en las máquinas psíquicas precarizadas de la clase trabajadora en medio de este mundo en crisis[ii]. Una teoría crítica del inconsciente en esta sociedad se basa, en consecuencia, en el potencial emancipatorio de las posibilidades postcapitalistas abiertas en la inmanencia de la dinámica antagónica del capital, pero cuya realización concreta implicaría abolir y superar el capitalismo como tal.    

1.

Las crisis que atravesamos tienden a desactivar algunos automatismos que regulan, normativizan y “normalizan” las vidas individuales y colectivas, pero también ahora mismo se aceleran otros automatismos (desgarrados por conflictos) que se caracterizan por su eficacia inconsciente. Actualmente, como bien viene argumentando el investigador Diego Sztulwark en diversas intervenciones, proliferan las imágenes-interrupción referidas a la relativa suspensión de ciertas experiencias de movilización visible de los cuerpos en el espacio público, lo cual convive con la detención parcial de algunos circuitos de producción, circulación y consumo de mercancías, en el mismo movimiento en que se agudiza el intercambio de información, la aceleración de signos, el flujo de telecomunicaciones, la sobrecarga en las tareas de la reproducción social y de los cuidados protagonizadas por diversos cuerpos feminizados y racializados, movimientos sociales y organizaciones. Asistimos a una situación contradictoria de crisis donde se combinan políticas de pánico y modos de auto-organización popular, confinamiento social e incremento del desempleo y la pobreza en los sectores más vulnerabilizados, colapso de las subjetividades y refuerzo de la intervención estatal, violencia institucional e iniciativas sociales de solidaridad, detención global de ciertos flujos de mercancías y aislamiento controlado de personas para poder sostener las condiciones del movimiento del capital. No obstante, la máquina capitalista ya se estaría dispuesta a buscar nuevos recursos de apropiación-capitalización explorando novedosos mecanismos de acumulación como también explotando cada vez más la materia inconsciente del psiquismo de la clase proletaria. En lugar de un modelo de crisis convergentes quizá debemos investigar este contexto como una única crisis del capitalismo, como modo de organizar la coproducción con el metabolismo de la naturaleza humana y extra-humana, lo cual tiene diversas expresiones como la crisis alimenticia y climática, económica y energética, psíquica y biofísica, reproductiva y sanitaria. Estas crisis no representan multiplicidades conectadas de modo exterior, sino diversas formas de la misma crisis que emanan de un proyecto “civilizatorio”: la ecología social, natural, técnica y cultural capitalista. Lo que están en juego es la posibilidad de desafiar los límites objetivos-subjetivos que la máquina de terror del capital impone en su regulación de las crisis del orden de las normalidades que sostienen y suturan los antagonismos que horadan lo real capitalista.

Pensar situadamente el inconsciente en y desde la crisis supone problematizar radicalmente los dispositivos de dominación concretos que se instancian a partir de ciertos automatismos capitalistas que constituyen a las máquinas psíquicas proletarias en una ambivalencia de sujeción y subjetivación agenciada entre las situaciones de colapso, las imágenes de catástrofe, los desbordes emocionales, la ciberconexión virtual, la improvisación de elementos de invención colectiva en las crisis, las rebeldías cotidianas y las imaginaciones afectivas futurizantes. Lo que denominamos automatismos no son otra cosa que dispositivos concretos de dominación abstracta e impersonal que buscan separar a las máquinas psíquicas de lo que pueden, operando por expropiación de los recursos deseantes y fantasiosos del inconsciente en tanto proceso material inherente a las relaciones económicas, culturales, técnicas y políticas de esta sociedad. Por eso, lo importante de pensar críticamente tales psicoautomatismos, contra los propios límites, radica en la urgencia de investigar prácticamente las condiciones de su interferencia, subversión y rechazo. No pretendemos reducir los problemas de la analítica de la dominación y las cuestiones de la pragmática de las posibilidades inmanentes al interrogante sobre el inconsciente. Nos enfocamos en esto buscando investigar los posibles y los límites que se configuran en las prácticas de espaldas a la voluntad de quienes atravesamos las crisis de la máquina de terror del capital. En cierto modo, un particular aspecto de la lucha de clases se juega hoy en la disputa contra los automatismos que el mando del capital pretende imponer en los cuerpos y territorios, buscando reasegurar con ello sus mecanismos de captura de los posibles sociales en momentos de crisis irresueltas. La pregunta es: ¿cómo sustraerse a los automatismos del capital, haciendo pasar posibles en la interrupción?, ¿cómo hacerle una “huelga” al trabajo psíquico del inconsciente capitalizado dentro de las relaciones de poder-saber-subjetivación dominantes? Porque lo interesante, a su vez, es que la conciencia puede sabotear, rechazar, sublevar, resignarse o impugnar este vitalismo espectral del capital, pero el cuerpo a veces no sabe cómo desobedecer el automatismo acelerado de las máquinas psíquicas explotadas, antagónicas, acorraladas, resistentes, fundidas a nivel del inconsciente.

2.

La historia de la modernidad puede ser comprendida como la historia de una capitalización del inconsciente. Y la historia moderna del inconsciente es tanto la historia social de su colonización capitalista como también la historia política de los antagonismos sociales, crisis, rebeliones, conflictos y luchas que desgarran la sociedad de la mercancía.

En la modernidad emerge históricamente un movimiento ambiguo de mutación del nexo social que conlleva a una relativa modificación, heterogenización y estandarización mediada tecnosocialmente de las relaciones particulares y colectivas en el capitalismo, lo cual convive contradictoriamente junto a contratendencias que fetichizan las posibilidades inmanentes del lazo social. Estas tendencias definen el movimiento contradictorio del inconsciente capitalista, el cual oscila entre los polos antagónicos de la producción semiótica y deseante. Realizando una re-escritura categorial de la argumentación de Guattari y Deleuze en El antiedipo en conjunción con la comprensión crítica de la contradicción entre riquezas materiales y valor abstracto que desarrolla Moishe Postone en Tiempo, trabajo y dominación social, llamamos disposición proletaria del inconsciente (“polo esquizo”) al proceso capitalista que motoriza el movimiento que tiende hacia la desterritorialización, destotalización, plurificación y descodificación de los flujos materiales que hacen a las riquezas libidinales, semióticas, técnicas, sensibles e imaginarias en tanto potencialidades emancipatorias que se encuentran en pugna. Y designamos como disposición burguesa del inconsciente (“polo paranoico”) al proceso contrario de reterritorialización estatalista, retotalización edipizante (familiarista, autoritaria, privatizante), sobrecodificación dineraria y fijación parcial en la forma pulsional del valor abstracto en tanto “bloqueo” de las riquezas materiales en debate permanente. El deseo abstracto, atravesado por líneas culturales, técnicas, biofísicas, económicas o políticas, resulta ser puesto a trabajar hacia el interior del campo de fuerzas históricas del cuerpo social capitalista, pero lo hace siempre oscilando entre polos contradictorios y antagónicos que se encarnan, elaboran y resisten conflictivamente en territorios existenciales concretos. Tales polos antagónicos de lo inconsciente hacen que todo territorio existencial sea un ambivalente espacio de disputas: un nido de víboras.

No podemos prescindir del descubrimiento más fecundo de Freud, esto es: la lucha de clases maquinando en lo inconsciente como núcleo de verdad histórica, y que por la forma social que nos impuso el individualismo burgués ignoramos en, desde y contra nosotros. Si se trata de politizar el inconsciente, el primer terreno de problematización somos nosotros mismos. Por esta razón, resulta necesario repensar el campo histórico del inconsciente desde un punto de vista clasista y repensar la lucha de clases en sus dimensiones inconscientes. Lejos de una “psicologización” de las relaciones sociales lo que buscamos es una radicalización de los vectores de politización del inconsciente que ya se están llevando a cabo en diversas prácticas, instituciones, activismos y grupos, sobrepasando cualquier profesionalización al expropiarle la propiedad privada-pública sobre la “función analítica” a los especialistas en el psiquismo: los feminismos populares, las militancias de la disidencia sexual, mental o corporal, ciertos sectores del precariado, las luchas antirracistas, entre otros combates, podrían ser comprendidos como la “vanguardia” de un proceso en curso de co-investigación y transformación de las representaciones sociales, las sentimentalidades ideológicas o los regímenes de signos y afectos en la medida en que instituyen nuevas imágenes de vida deseables. He allí el proceso de democratización de la “función analítica” que es menester acelerar, radicalizando prácticas situadas de análisis militante del inconsciente en todos los territorios operativizadas desde el punto de vista de las luchas concretas en acto aquí y ahora.

Es necesario recomponer la transversalidad entre la máquina estética, la máquina crítica y la máquina analítica: una nueva máquina revolucionaria para interferir el realismo capitalista.

La fenomenología general de aquellos polos antagónicos del inconsciente se expresa en la multilateralización de “posiciones de sujeto”, la diversificación de las demandas y fantasías, la pluralización de puntos de conflictividad, la ampliación de las capacidades de intervención técnica sobre los cuerpos, la heterogenización de eróticas de placer, sensibilidades y focos de resistencia. Esto supone la expansión de las habilidades por parte de los actores para poner en contingencia y modificar sus formas de vidas de manera relativa y desigual; así como también se intensifican la fragmentación y las opciones por generar trayectorias de existencia más diferenciadas en una libertad mediada por el mercado que encierra opresiones particulares y privilegios de clase, raza o género. Estas potencialidades emancipatorias que el capital viabiliza y obtura en lo inconsciente tienden a permanecer contradictoriamente no-realizadas por los límites compulsivos de la acumulación dineraria. En efecto, lo unidimensional y lo multidimensional, la equivalencia y la diferencia, la homogeneización universalista y la heterogenización particularista-fragmentada son dos facetas de la unidad contradictoria del metabolismo de las relaciones antagónicas del capital. Una teoría crítica del inconsciente capitalista 4.0 resulta realizable desde el punto de vista de las posibilidades postcapitalistas que se generan desde las luchas y en la axiomática del capital, comprendiendo que su materialización solo es posible superando el fin ciego de la insensata tautología del valor que socava sus propias bases materiales, al reorganizar de otra forma el conjunto de las prácticas de producción, intercambio, reproducción y consumo.

Los poderes psíquicos de la producción inconsciente son desatados y revolucionados constantemente por el aceleracionismo ironista y suicida del capital, pero sus riquezas son también subsumidas, mercantilizadas y expropiadas en función de la acumulación de ganancias. Las luchas y crisis constituyen el principal analizador de las formaciones inconscientes. Los imaginarios, los malestares, las emociones, los afectos, las significaciones, las tonalidades ideológicas, las sensibilidades conforman un territorio de batallas para la lucha de clases. Lo inconsciente, antes que una especificidad profesional, es un campo común de politización.

3.

Hay un potencial cognitivo en las crisis como punto de partida de nuevos posibles. Hay malestares, y allí algo resiste, se subleva y organiza pasando por estados de desobediencia, politizando el dolor, traspasando umbrales de inadecuación, discrepando: ¿cómo subvertir, desacatar, rebelarse contra los automatismos del inconsciente? Es necesario, podríamos decir de un modo que parecería exagerado para ciertas almas cuerdas y cuerpos excedidos de conciencia, construir una huelga inédita respecto de las tareas inconscientes que no son esenciales para la reproducción de la existencia. Pues como muchas otras actividades cotidianas en la sociedad productora de mercancías, articuladas bajo el poder subjetivante del dispositivo objetivo de la ley del valor, también el trabajo del inconsciente de las máquinas psíquicas es trabajo socialmente necesario no remunerado. Hoy en día las máquinas psíquicas de la clase trabajadora en su conjunto no están exhaustas en el sentido biofísico solamente o colapsadas en el sentido emocional-cognitivo, sino que están agotadas en su capacidad de aumentar el nivel de trabajo inconsciente-abstracto socialmente no remunerado que resulta explotado, empleado y apropiado sin compensación por los poderes de mando del capital. Su potencial para llevar a cabo trabajo psíquico no remunerado ha llegado a un límite, que sobrepasa incluso los malestares desiguales del cuerpo o el padecimiento de la mente individual y colectiva. Y este extractivismo del trabajo inconsciente “barato” o sin remuneración requiere ser puesto en el centro de la agenda anticapitalista ante la crisis de la realidad del capital en su conjunto. Pues la apropiación privatizadora de los espacios y la capitalización neoliberal-financiera del tiempo son causas parciales involucradas en esta “colonización” extractivista del trabajo social abstracto del inconsciente. En ese marco, las máquinas psíquica son puestas como materiales “baratos” apropiables por el poder del capital, configurando así una sala biopsicotecnosocial de operaciones que se acoplan a los otros recursos explotables por el capital: “energías, materias primas, fuerzas de trabajo y alimentos” (J.W. Moore). Conforman “unidades de producción” cuyas fronteras difusas, abiertas, solo funcionan carburando en el vacio, haciendo ruidos, fundiéndose hasta el punto de largar humo, combinando opresiones y potencialidades, haciendo pasar riquezas en la precariedad. Y esto tal vez hasta que la conciencia corporal se aburra de vivir en medio de este agotamiento psíquico, y entonces el obstáculo quizás sea que un cuerpo proletario a veces puede muchas cosas, demasiadas cosas, hasta decir basta, y tirarse por la ventana, o dirigirse hacia la revuelta, venciendo el terror, desafiando la amenaza de muerte que en vida nos dan, convirtiendo la impotencia y la omnipotencia en politización común y radicalizada.

Las crisis de ciertos automatismos capitalistas viabilizan el terreno para nuevas investigaciones: la arena de una epistemología proletaria del inconsciente o política comunista del síntoma. Habitando las crisis es posible explorar qué fantasías, lenguajes o afectos se movilizan en esta situación; las crisis son un punto de miras contra el orden del capital.

No es loable experimentar politizaciones efectivas contra el realismo capitalista sin una problematización de nuestros imaginarios, sin una puesta en cuestión de los propios obstáculos y límites, en tanto estos se sostienen en una angustia de muerte que amenaza a toda persona o grupo que osará ir más allá de los posibles normalizados por el terror del capital.

Sin poder parar, no sabiendo cómo hacerlo, o no queriendo realizarlo (¿deseando tal vez contra sus propios intereses preconscientes y necesidades conscientes?), estas máquinas psíquicas chirrían, se revientan, se embalan 24/7 en un eterno retorno de entusiasmos, disponibilidad, rendimiento, mandatos de optimismo, recompensa y felicidad, manifestaciones narcisistas de autopromoción del yo y servidumbre de sí, libertades paradójicas, iniciativas y deudas, intimidades congeladas, compromisos. Aunque también por ello estas máquinas exprimidas, persistentes, en alianza y en lucha, detonadas, deliran las grandes intensidades de la historia, cargan los nombres fantasmáticos del campo social, siendo que el inconsciente ahora mismo tiende a alucinar combates del presente y futuros aún no cancelados, invistiendo crisis desoladoras y promisorias: 2001 asoma bullicioso. Las máquinas psíquicas no se fascinan con el melodrama de papá-mamá-yo: deliran los cuerpos de la historia (la alfonsinización como imagen triste del progre-estatalismo, la lucha de calles dosmilunera retornando en alucinaciones futurizantes, el chavismo como fantasma de las fantasías parciales y los terrores fragmentados de la derecha, la profecías de extinción, el miedo ante la actuación mortal de este agente viral: tecnosemiótico, psicotrónico, necropolítico y biofísico, las fabulaciones conspiranoicas que traman una etapa superior del huxleiano Mundo Feliz, o las imágenes estereotipadas de postapocalipsis, constituyen ciertos estados intensivos de alucinación productiva por los cuales suelen pasar el deseo y la imaginación en este contexto). Pero en la misma porción de la materia social, las máquinas psíquicas, como han señalado Ezequiel Gatto o Verónica Gago en textos recientes sobre la invención y la amplificación de los posibles en pugna aquí y ahora, también construyen posibilidades de inteligencia colectiva hibridando luchas, modos de vida, improvisaciones, redes, afectos de futuro, pánicos de catástrofe, sensaciones de colapso, iniciativas. El gobierno capitalista de lo posible resulta imposible, paradójicamente, sin la apropiación de estas riquezas generadas en la cooperación, en tanto que estrategia política de extractivismo de tiempos y espacios que recae desigualmente sobre las máquinas psíquicas precarizadas.

4.

Sobre el fondo de la precipitación conflictiva de las máquinas psíquicas proletarias, se observa una imaginación estatalizada que conlleva a un embotamiento burocratizante de las expectativas sociales, lo cual actúa envolviendo las fantasías en un sinfín de pasiones tristes copadas por una seducción del estado que expresaría la presencia de un dispositivo contradictorio de control sobre el imaginario político del cuerpo colectivo que combina conflictivamente orden y libertad, ley y violencia. En el estado, como relación conflictiva de clases, se condensan parcialmente las contradicciones que horadan el imaginario social, coagulando a su vez las riquezas inconscientes antagónicas por la acción de una seducción estatal generalizada que modula ánimos y aspiraciones. Todo esto parece dar como resultado una imaginación política que, aunque no exenta de desacuerdos, querellas y rispideces, parecería pronta a implosionar o a morir de aburrimiento en medio de un paisaje sin antagonismos decididos. Una épica triste moldea la imaginación estatalizada. A su vez, las pasiones políticas se hilvanan entre las afecciones de miedo, esperanza, desesperación o nostalgia cincelando la extraña experiencia de un tiempo histórico signado por la normalización de la destrucción capitalista y la superstición postapocalíptica, lo cual va encontrando sus emociones y signos más típicos (y redundantes) en una mezcla de apatía, futurismo de la extinción, terror, melancolía depresiva, manía productivista y cinismo deshistorizado. De manera complementaria y contradictoria, el yo supremacista, colonial-racializante, patriarcal, equipado de un inconsciente propietario y reaccionario manifiesta hoy una composición derechista ultraneoliberal y antidemocrática que se nutre de la combinación entre autoritarismo del mercado, conservadurismos reactivos o religiosos, y fascismos “libertarios” expresado en redes sociales, medios de comunicación transmisores de odio ante todos aquellos anhelos sociales e imaginarios que no se amolda (a cualquier precio, a como dé lugar) al patrón del mercado y la ganancia burguesa, y en las calles defendiendo la privatización del mundo ante los espectros del “comunismo expropiador” al pelear por la servidumbre (in)voluntaria a la relación capitalista en nombre de la “libertad”. Contra estas tendencias se componen luchas concretas (como la auto-organización de los trabajadores del capitalismo de plataformas) que practican un “saber hacer” en las crisis abriendo posibles en pugna, horadando tanto la gestión progresista de la interrupción como también el negacionismo derechista del problema. Esto patentiza que el orden en crisis de la “normalidad capitalista” está sostenido por antagonismos irreconciliables que lo rebalsan, los cuales discuten la eficacia inconsciente de los imaginarios dominantes en los cuerpos.

5.

El capitalismo explota desigual y diferencialmente la fuerza de trabajo de la clase trabajadora en su composición racializada y generizada, manipulando para su beneficio las relaciones de producción, consumo y reproducción al instalarse a su vez en la economía psíquica, imaginante y deseante de los proletarios. Es por eso que, como señala Guattari, la lucha revolucionaria no puede circunscribirse solo al ámbito de las correlaciones de fuerzas perceptibles. Debe, por lo tanto, desarrollarse en todos los niveles de la economía deseante y semiótica de las máquinas psíquicas “parasitadas” a nivel infrafísico y micropolítico por los equipamientos de poder capitalistas. (“En el ámbito del individuo, la pareja, la familia, la escuela, el grupo militante, la locura, las prisiones, etc.”). La máquina capitalista parecería que puede preverlo casi todo, calcularlo, probabilistizarlo, exceptuando las rupturas políticas de la lucha de clases: los quiebres de los antagonismos y revueltas sociales. Empero, la explotación desigual de las fuerzas de trabajo inconsciente expresa un gobierno capitalista de tipo racialista, sexista, capacitista, clasistizado, colonialista que actúa extrayendo riquezas libidinales o imaginativas desde los cuerpos y territorios, intentando regular (violentamente) la posibilidad misma de crear y actualizar nuevas posibilidades.

Todas las formas concretas de enunciación crítica que describen actualmente el panorama ansioso de la mente liquidada, la represión neoliberal y estatal que recae sobre cuerpos racializados, migrantes y disidentes, la agresividad panicosa y securitista de las personas, el endeudamiento (público y domestico) como reverso del despojo de los territorios y la desposesión de lo común, la atrofia infopatológica de los sentidos sometidos a la multiplicación de los intercambios, el insomnio agotador, la crisis económicas, ecológicas y de la reproducción social, el empobrecimiento, segregación, desempleo y marginación creciente de grandes sectores poblacionales, la objetivación biopolítica de lo viviente, el carácter “autoexplotador” del cibertrabajo, la inmunización paranoica y el neohigienismo, la extracción de datos que modifican todas las formas de intimidad, la normalización del apocalipsis, el vigilanteo militarizante, la banalización mediática y el conteo necropolítico de muertes, el vértigo de vivir en la fluidez, la teraupetización biomédica del discurso público del riesgo, la precarización total de la existencia en su conjunto, etc., en última instancia tienen una eficacia en los cuerpos cuyos alcances acaban penetrando en la sobreexplotación desigual y la movilización ininterrumpida de las máquinas psíquicas de la clase que vive de su trabajo. Máquinas psíquicas empleadas por el capital en una carrera extractivista de sobrecarga de actividad libidinal, cognitiva y semiótica que tienen como consecuencia todo tipo de síntomas, trastornos, dolencias, insolvencias, mutaciones que resultan constitutivas de estas relaciones sociales que son tan irreformables como invivibles. Pero cuyos efectos inesperados terminan liberando paradójicamente el metabolismo de la producción inconsciente como resultado contrario de la visible (y desigual) detención de los canales motrices de la conciencia desorientada. Las potencias maravillosas, devastadoras y monstruosas que la máquina capitalista despierta pero no puede realizar bajo los límites de la acumulación, desatan una multiplicidad de poderes productivos y cualidades destructivas en el proceso del inconsciente no renunciables para un proyecto político emancipatorio. Por lo que es necesario reapropiarse de esas riquezas psíquicas enajenadas como poderes del capital. Esos virtuales inventivos recorren hoy las luchas que abren posibles en y desde las crisis. Llamamos potencia a la capacidad colectica para actualizar posibilidades en virtud de amplificar el campo de visibles, decidibles, imaginables, sentibles, audibles y decibles en cierto territorio existencial grupal, individual o institucional, investigando en las riquezas de una situación determinada las condiciones parahackear los automatismos del capital.

6.

Asistimos a un devenir infrapolítico del capital inconsciente, donde la mercancía, el valor, el trabajo y el dinero se instalan entre nosotros, precediendo a toda insumisión propia de la llamada micropolítica y desquiciando cualquier regulación de tipo macropolítica. El valor es el sujeto inconsciente de la producción deseante, imaginaria y semiótica en la modernidad. La dinámica de la valorización del valor se le presenta al sujeto constituyente como vinculante, siempre-ya-dada. Las mercancías son paquetes de espacio-tiempos deseables que suscitan anhelos y fantasías nunca realizables del todo en el consumo. El capital nos primerea: el proceso antagónico de fetichización desde el vamos constituye, de manera conflictiva y disputada, la forma fantasmagórica de la experiencia concreta de los actores particulares al no tratarse de una mera deformación ideológica o engaño de la conciencia, sino de una dinámica global enajenada, encantada, la cual provee objetos de deseos nunca estabilizados, vehiculiza alucinaciones, renovados conflictos sociales y fantasías plurificadas que enriquecen las prácticas concretas, mediatizando por el dinero la totalidad fracturada de la interdependencia entre las personas. La relación capitalista se fractaliza como modo de existencia, y por esto mismo habita, trágicamente, en los territorios donde también se dan antagonismos y rebeldías, elaborándose de forma conflictiva en los cuerpos sintientes de los sujetos, asediando sus padeceres, sus motivaciones, sus proyectos, sus alucinaciones. Dicho esto, entonces, ¿será cierto eso de que el capital puede soñar y nosotros no?, ¿continua siendo la noche de los proletarios aquel lugar mítico y a la vez bien real de resistencia e invención de elementos de inteligencia colectiva?, ¿cómo contestar la pesadilla capitalista cuando el imperativo de valorización capitalista se metaboliza (de forma conflictiva y activa, parcial y fallida) tanto en la vida diurna como en la onírica de los cuerpos, extrayendo energías, capacidades, tiempo, riquezas de las máquinas psíquicas de los trabajadores?, ¿cómo organizarse para rechazar el trabajo inconsciente de las máquinas psíquicas? Y estos interrogantes, en lo escencial, no se reducen al tan mentado encierro, al confinamiento, el teletrabajo o el aislamiento, y tampoco se confunden con los llamados “efectos patológicos” de la pandemia, sino que las crisis profundizan una tendencia inherente a las contradicciones de la máquina de terror del capital que, lejos de su defunción o totalitarismo cerrado, atraviesan clases y plurales sectores sociales de forma desigual y combinada, de manera heterogénea y fragmentada, disputada y estratificante. Así pues: ¿es regulable jurídicamente el desgaste emocional, la fundición cognitiva, el automatismo inconsciente de las máquinas psíquicas clasistizadas, racializadas, precarias, siendo que esto excede con creces, por ejemplo, el problema del teletrabajo debido a la tendencia que apunta hacia la difuminación de las diferencias cualitativas entre los tiempos concretos de descanso, aburrimiento y ocio, y el tiempo abstracto del trabajo creador de plusvalor?

7.

En medio de esta debacle ambiental, crisis del capital y nuevos procesos de luchas imbricados en diversas formas de conflictividad social, una teoría crítica del inconsciente en la sociedad capitalista atenta a sus contradicciones (catastróficas, liberadoras, opresivas) y antagonismos se torna una investigación militante necesaria para refrescar la teoría social y la acción política. Años de represión, desigualdad y hostigamiento, de crisis de alternativas emancipatorias globales y negación de conquistas, de humillación y frustración política, privatización del sufrimiento, desmoralización social y flexibilización violenta de las condiciones materiales, imaginarias y simbólicas de existencia de la clase trabajadora, dejan como saldo la precariedad dañada de las máquinas psíquicas proletarias, enganchadas al trabajo inconsciente financierizado, endeudado, colapsado de créditos a muerte, movido sin necesidad de un rostro de poder personificado al “interiorizar” la voz de mando del capital como relación global. Estas cuestiones comportan formas fenoménicas que reproducen la explotación de las máquinas psíquicas de los proletarios sometidas a los automatismos inconscientes del capital, los cuales tienden a agudizarse allende la desaceleración de ciertos automatismos más generales del capitalismo. Tal es así que, en la actualidad, las grillas sensoriales de los individuos tienden a pasarse de rosca, en una espiral sin fin, queriendo y no queriendo la “normalización”; las arquitecturas mentales de los grupos quedan dando vueltas como un trombo; las violencias institucionales aumentan; algunas organizaciones vamos de a poco agotando los recursos imaginativos acumulados, y las voluntades, que parecen volar por los aires, no sabemos por dónde comenzar a componer guiones simbólicos y riquezas sensibles que traccionen nuevas cogniciones para atravesar las crisis.  

El trabajo inconsciente al cual nos estamos refiriendo, entonces, remite al trabajo del signo, del sueño, del deseo, del discurso, del chiste, etc., de los que hablaba Freud. A los efectos de investigar allí por qué ciertos automatismos infrapsíquicos no saben de interrupciones, ya que producen y destruyen, sin importar costos ni beneficios; cómo actúan reproduciéndose sin miramientos por los malestares desiguales que suscitan en los cuerpos concretos que los dinamizan y resisten. Lo inconsciente capitalista se conecta en todas partes, produce por el producir mismo mientras la valorización del valor emprende una huida desesperada contra su propia desvalorización, la acumulación dineraria choca con una nueva barrera para la tasa de ganancias y el capital se encuentra con un límite material y concreto a su propia reproducción ampliada en medio de unas crisis generalizadas de la sociedad capitalista las cuales hacen que las máquinas psíquicas precarizadas deliren las contradicciones y alucinen los conflictos de este tiempo histórico. La actual paralización de ciertos trabajos visibles, o la sobrecarga de otros trabajos invisibilizados, mal retribuidos o no reconocidos, no indican por ende como su reverso necesario la detención del trabajo inconsciente explotado por el capital. El consumo e intercambio de bienes, servicios, personas y cosas en ciertos espacios tiende a desacelerarse hace algún tiempo, pero el trabajo inconsciente se intensifica, se agudiza, se acelera, no se interrumpe, ya que tal vez no pueda hacerlo, ¿pues acaso tiene otros límites que la fragilidad de los cuerpos, la finitud vulnerable de los territorios existenciales?, ¿es posible agenciar una especie de “paro general” contra los extractivismos y automatismos inconscientes del capital?, ¿cómo sabotear la hiperexplotación del trabajo psíquico?, ¿es posible, o deseable, el aceleracionismo en lo que hace a este tema del trabajo inconsciente?

Al contrario entonces de lo que hoy suele anunciarse, entendemos que no hay una parálisis tendencial en la ecología libidinal, afectiva, imaginante y cognitiva del trabajo inconsciente. En cambio, presenciamos la aceleración de un extractivismo psíquico que recae sobre el cuerpo del inconsciente, el cual, en su complejidad multidimensional, se acopla a todas las formas habidas y por haber de extractivismo, desposesión y despojo del capital, ya que rara vez se suspenden los engranajes imperativos y las exigencias vertiginosas que reclaman siempre más y más trabajo a realizar por parte de estas máquinas psíquicas averiadas sobre el fondo del deterioro general de las vidas humanas y no humanas. En adyacencia a un campo social asediado de retrofantasmas y futuros en disputa, la producción sexista, racista y clasista del psiquismo capitalizado tiende por ende a acelerarse en una dinámica de sobreproductividad, precariedad, hiperexplotación, supraexpresión, pero también esto hace pasar creaciones de riquezas entre la incertidumbre, la improvisación y el miedo. La historicidad de tales psicoautomatismos precisan para su procesamiento (sobre) determinado de mecanismos subjetivos y objetivos bien concretos de intervención técnica, comercial, mediática y territorial sobre el inconsciente, el cual opera en correlaciones de fuerzas en conflicto, prácticas de mercantilización, antagonismos y ritmos alocados por la circulación de infomercancías. El inconsciente funciona entre crisis y luchas; entre imágenes de colapso, invención de posibles, desigualdades, catástrofes y futurizaciones en la interrupción. La producción inconsciente, construida en prácticas concretas agenciadas por los sujetos pero que tienden a operar de espaldas a la voluntad de los mismos, está ahora mismo liberada, sacudida, estallada, abierta, dañada. Politizable. En la reproducción acrítica de la hipótesis spinoziana por excelencia (“nadie sabe cuánto puede un cuerpo”), suele pasarse por alto un problema político fundamental, a saber: un cuerpo proletario a veces puede demasiado.

La cualidad específica de la praxis política suele ubicarse en la conciencia colectiva auto-organizada, no obstante de poco vamos asumiendo que tampoco contamos con una hipótesis estratégica postleninista de transformación del inconsciente proletario, en un largo contexto postderrota donde el capital, en tanto máquina de terror y guerra, constituye modos de vida que exceden la conciencia, los intereses y las interpelaciones ideológicas poniendo a funcionar para su propio beneficio todas las máquinas concretas que se interconectan en el campo histórico (máquinas sociales, afectivas, técnicas, políticas, bélicas, algorítmicas, jurídicas, cognitivas y comunicacionales al servicio de la acumulación y la propiedad privada resguarda por el estado). El campo de batalla del capital contra la vida estropeada de las máquinas psíquicas se dirime, hoy, en la capacidad individual y colectiva que tengamos de suspender la extracción de las capacidades y riquezas del inconsciente. Este campo de batallas, bien concreto, está compuesto de cada lucha en la crisis que abren horizontes de futuros. Aunque, mientras tanto, un dolor insoportable en ambos lados de la frente agobia la fragilidad nerviosa de un cuerpo que, momentáneamente, pone un tope a las explotación desigual de las máquinas psíquicas, las cuales sin embargo se cuelgan en una banda moebiana de trabajo inconsciente que antecede a todo trabajo productivo, reproductivo o improductivo realizado por la clase proletaria. Y nadie sabe cómo parar o combatir con eficacia estos extractivismos psíquicos. Pues este cuerpo precario, afiebrado, no sabe cómo no querer poder más, y experimenta malestares: pasa por estados de intensidad dolientes de “angustia” o “depresión”. Y es aquí que conquista su momento de verdad la compartida premisa “etiológica” del giro malestarista de las nuevas teorías críticas protagonizado por autores como Bifo, López Petit, Rolnik y, en lo fundamental, importantes activismos. La misma radica en la hipótesis según la cual las desiguales formas de malestar social del actual capitalismo terapéutico y emocional que pone a trabajar toda la subjetividad responden a aquellas situaciones problematicas de crisis en las cuales se establece un límite-imposibilidad (no poder, no saber) respecto de la exigencias de autovalorización que movilizan imperativamente los cuerpos en un contexto de acentuada precariedad, de acuerdo a mandatos capacitistas que indican siempre poder-más y autovalorizarse (según mecanismos de productivismo, éxito, reconocimiento o auto-mercadeo, que operan a su vez estigmatizando, culpabilizando, medicando o privatizando las dolencias.). De allí que la politización militante del inconsciente encuentre un terreno ineludible en esos signos vitales inadecuados o que no encajan en los mandatos de la subjetivación mercantil: formas de vida que emergen en la inmanencia de la axiomática del capital pero que tienden a rebasarla. Se trata de refuncionalizar y radicalizar las riquezas deseantes, sensibles, imaginarias y semióticas que se producen (y exceden) en el seno de las relaciones sociales capitalistas.

Todo síntoma es político.

El inconsciente de las máquinas psíquicas, su economía deseante y semiótica, constituye una escena de la lucha de clases irrenunciable para una política comunista revolucionaria.

8.

El problema, en lo que hace al inconsciente y sus psicoextractivismos, no alude solo a la invención de otros modos de vida situados, sino a la impugnación radical de esta forma de vida: la abolición y superación de la existencia capitalista en la que trabamos para vivir y vivimos para trabajar. No resulta conveniente separar la cuestión de la creación de modos de vida e instituciones de nuevo tipo de las correlaciones de fuerzas de las luchas de clases y de las hipótesis estratégicas de tipo comunistas o socialistas. El realismo del inconsciente capitalista, esa dinámica posthumana y xenomaterialista que desborda la conciencia descentrando todas las funciones humanas, se comporta como una máquina maravillosa, bélica y siniestra productora de posibilidades liberadoras y catastróficas. Para habilitar vectores de politización de las dimensiones inconscientes en todas las prácticas del campo social hay tanta más inteligencia colectiva en los aceleracionismos, la cibernética, la ciencia ficción, los nuevos realismos filosóficos, los activismos disidentes, los xenofeminismos o el diseño que en las “disciplinas psi”. En pos de investigar las formas políticas de administración de lo posible y lo imposible en las máquinas psíquicas, el punto de vista no puede ser otro que el de una revolución inmanente y permanente del inconsciente: una praxis situada, militante y postclínica sobre los problemas del deseo, los imaginarios, los malestares o los regímenes sensibles de signos. Pues dicen que asistimos a una catástrofe tendencial de las ecologías mentales, sociales y ambientales, un tiempo de crisis sin precedentes, un espacio pronto a ser destrozado, donde también las fuerzas de trabajo inconsciente anhelan, hablan, escriben, erotizan, imaginan, padecen, improvisan, resisten, futurizan, bien sin parar, bien discontinúas; ¿cómo amplificar las riquezas de los territorios existenciales? Se destruyen posibles comunes, se patologizan cuerpos, se privatizan malestares, hay cadáveres, y mientras tanto el inconsciente está siendo revolucionado, pero no solo por la acción concreta de las luchas sociales, sino también por las potencias ambiguas (liberadoras, opresivas, catastróficas, posibilitadoras) que desata el capital en la cooperación inventiva de las máquinas psíquicas subsumidas a las compulsiones abstractas, movilizadas y explotadas en virtud del devenir infrapsíquico del valor. Sin embargo, un nuevo ciclo de luchas de clases generalizadas, protagonizado por objetos humanos y no humanos, nos acecha, nos sacude y desborda, aquí y ahora, anunciando un nuevo comunismo en todos los territorios divergentes en los cuales se organizan, o se empiezan a perfilar, una multiplicidad de prácticas antagonistas en donde ello trabaja dentro, contra (¿y más allá?) del enemigo.

9.

En medio del imaginario social dominante de la actualidad, el cual tiende a circular entre los mecanismos ideológicos de una seducción estatal generalizada de las expectativas sociales, la crisis de alternativas políticas globales, las posibilidades de elaboración activa que determinadas luchas e iniciativas abren, la derechización fascista de ciertas gramáticas políticas y pragmáticas existenciales, la fantasmatización de un deseo social abstracto de integración a las conductas y afectos del mercado, y la asimilación de una retórica posibilista que ubica a la democracia burguesa de la derrota como la única pasión de “inclusión social”, los desafíos planteados por Fisher en su realismo capitalista están siendo trastocados: hoy es más probable fantasear con la construcción cruel de un capitalismo intergaláctico que expanda el mundo de la mercancía después del fin de este mundo y del planeta, que delirar con la abolición y superación emancipatoria de esta forma social de vida humana y extra-humana sometida a las abstracciones impersonales del trabajo abstracto, el dinero y el valor en tanto relaciones emplazadas en los dispositivos concretos de gobierno y control de la máquina de guerra del capital. Hoy resulta más sencillo, como ha señalado Ariel Petrucceli, fabular con una invasión extraterrestre o incluso con un capitalismo supraplanetario que implicarse en una fantasía intransigente de revolución social, cultural y política. Cuando “salgamos” de la cuarentena por la pandemia, las crisis capitalistas, las muertes, el desastre ecológico, el empobrecimiento y los extractivismos territoriales, las revueltas populares, la explotación sobre el trabajo inconsciente de las máquinas psíquicas de la clase trabajadora, y la violencia sexista, racista y fascista se recrudecerán. La alternativa será clara: alucinaciones comunistas y delirio postcapitalista, o sálvese quien pueda de la metástasis del capital.  


[i] Gran parte de los conceptos y campos problemáticos de este texto fueron desarrollados junto a Gabriel Rodriguez Varela en el libro El goce del capital. Crítica del valor y psicoanálisis (Marat).

[ii] La expresión “máquinas psíquicas” fue formulada por el psicoanalista Juan Pablo Pulleiro en su artículo “Sobre los mandatos de productividad en la cuarentena”, disponible en: notasperiodismopopular.com.ar/2020/04/22/productividad-cuarentena/