Mark Fisher: gótico, monstruoso y materialista

Flatline Constructs: Gothic Materialism and Cybernetic Theory-Fiction. Exmilitary Press, Nueva York, 2018, 213 págs.

por Facundo Nahuel Martín

Mark Fisher es conocido especialmente por Realismo capitalista (Caja Negra, 2016). Publicado originalmente en 2009, el libro discurre sobre la “cancelación del futuro” en el neoliberalismo tardío. Nuestra época habría perdido la capacidad para imaginar futuros diferentes, encerrada en un presente eterno y sin salida. Esto se manifestaría en la pobreza repetitiva y la nostalgia crónica de nuestros consumos culturales: tenemos más ganas de recordar los 80 con Stranger Things que de imaginar nuevas posibilidades estéticas, políticas, etc. La falta de alternativas se agudiza, no se supera, ante crisis económicas como la de 2008. A falta de proyectos sociales alternativos solventes y creíbles, las crisis profundizan (y hasta un punto justifican) las ingentes exigencias de la economía orientada al plusvalor para con la clase trabajadora. Habitualmente, el cuestionamiento al mundo cerrado y sin alternativas del realismo capitalista es contrapuesto con la hauntología de Fantasmas de mi vida, libro posterior donde Fisher analiza aquéllo que habita espectralmente el presente, asediándolo como ruina del pasado o como futuro cancelado. El trabajo con los espectros que descoyuntan la consistencia del presente parece que puede abrir el tiempo y rehabilitar, aunque sea como promesa débil, la posibilidad de las alternativas.

En 2018 se publicó póstumamente Flatline Constructs, la tesis doctoral de Fisher, que ahora reseñamos. El trabajo fue defendido en 1999 en la Universidad de Warwick, donde poco tiempo antes funcionó la Cybernetics Culture Research Unit (CCRU), nodo de investigación del que participaron el “aceleracionista de derechas” Nick Land, la cyberfeminista Sadie Plant y el propio Fisher. La CCRU constituyó un colectivo interdisciplinario dedicado al estudio de las culturas cybernéticas, reuniendo marcos de análisis deleuzianos y feministas con una mezcla de optimismo tecnológico y anticipación rupturista por el futuro, que anticipó varios debates contemporáneos en torno al aceleracionismo, los nuevos realismos y ciertos feminismos materialistas. Flatline Constructs es un emergente de ese clima intelectual, algo distante de las melancólicas reflexiones posteriores sobre la depresión y la cancelación del futuro. Si Fantasmas de mi vida abre un conjunto de alternativas débiles ante el tiempo cerrado de Realismo capitalista, Flatline Constructs dibuja una contraposición diferente. Este joven Fisher parece convencido del triunfo inevitable de lo que llama gothic flatline, un horizonte de disolución de las barreras antropocéntricas heredadas ante un mundo de transformaciones tecnológicas captado por una “teoría ficción”. Más que la hauntología derridiana, la matriz teórica de este trabajo es El Anti-Edipo de Deleuze y Guattari, según el cual el capitalismo desparrama flujos esquizo sobre lo social, haciendo mutar y enloquecer las formas de vida culturales y materiales. Lejos de encapsularse en un horizonte cerrado, el presente de Flatline Constructs se disuelve bajo el dinamismo de los cambios sociales, tecnológicos y sexuales impulsados por el capital. Influenciado también por Donna Haraway, este Mark Fisher explora la mezcla de excitación y ansiedad ante los imaginarios (y las realidades materiales) mutantes y mosntruosos del capitalismo avanzado, donde fronteras heredadas por la concepción moderna del mundo (mente/cuerpo, cultura/naturaleza, sujeto/objeto, humano/no humano, masculino/femenino) parece que se derriten y derraman por un cuerpo social automatizado y cyborg. A la vez, el texto presenta ya una marca fuerte del pensamiento posterior de Fisher: el trabajo con materiales de la cultura de masas, desde la ciencia ficción (con James G. Ballard y William Gibson como casos privilegiados) hasta el cine de terror (especialmente con David Cronenberg y John Carpenter). A continuación intentamos recoger algunas de sus tesis principales.

Gothic Flatline

El título del libro encierra ya su principal concepto teórico: la gothic flatline (línea plana gótica, aunque preferimos mantener el término original en inglés). En esta línea plana “ya no es posible diferenciar lo animado de lo inanimado” (p. 2), lo que reactualiza viejos temas góticos en un presente tecnológicamente complejo. La gothic flatline sería un concepto adecuado para un contexto donde agencia y organismo, al parecer, se independizan. Como en la literatura gótica, plagada de fantasmas, demonios y reaparecidos, el mundo tecnificado se llena de algoritmos, robots y otras máquinas que reclaman agencia sin vida orgánica ni subjetividad humana. “Para tener agencia no es necesario estar vivo” (p. 2). Sin embargo, este nuevo gótico puede prescindir de lo sobrenatural y lo ultramundano. En cambio, emerge en un trasfondo materialista radical, que desafía todo pensamiento oposicional, incluida las oposición entre lo corporal y lo espiritual.

El “materialismo gótico” de Fisher designa una flatline (p. 27), una línea plana donde no se distinguen agencias orgánicas e inorgánicas. El concepto de flatline se refiere a la figura de un electroencefalograma que señala muerte cerebral. Pero también remite a un personaje de Neuromante de William Gibson, la más característica novela del cyberpunk. En la novela, la Dixie Flatline es una memoria de solo lectura que contiene los recuerdos y la personalidad del maestro hacker muerto McCoy Pauley. La Dixie Flatline es una personalidad trans-alivedead (p. 133), donde parece que lo más moderno (la tecnología más avanzada de la información) reactualiza sobre bases materialistas el ideario gótico de la presencia fantasmal. Finalmente, este achatamiento de la perspectiva, donde materia viva y muerta (o no-muerta) participan indistintamente de la acción, desarma las pantallas de la subjetividad para darnos acceso a un plano único de procesos primarios donde la identidad personal es producida y desmantelada en un campo de interacciones materiales. La subjetividad, para Fisher, es emergente de intersecciones amplias que no pertenecen exclusivamente a la vida orgánica o humana. Participa, entonces, del mismo orden de conexiones que los algoritmos, la contaminación, las bacterias y los planetas.

Sujeto objetivado

Con el giro a la línea plana como sitio fundamental de agencias más allá de la vida orgánica y el sujeto, aparece una reconsideración de los cuerpos monstruosos y la técnica. Fisher se interesa por los imaginarios cyberpunk de intervención sobre los cuerpos, pero también por las angustiadas fantasías de la corporalidad masculina en el cine de terror. En este punto su texto empalma con una larga historia de preocupaciones filosóficas en torno a la técnica durante el siglo pasado. Sin embargo, el abordaje de Fisher es más afirmativo, en un giro que anticipa al actual posthumanismo y también a algunos debates feministas más contemporáneos. El siglo XIX fue el siglo del positivismo y la locomotora. Entonces la humanidad (masculina, blanca, europea) se enaltecía en sus idearios prometeicos de dominio de la naturaleza. El sujeto, mediante la razón, la técnica y la ciencia, podía al fin gobernar al mundo y conquistar con ello los males de la enfermedad, el hambre y la muerte temprana. El siglo XX pareció cambiar el signo de las preocupaciones sobre la técnica. Tal vez por el impacto de los hechos históricos, que mostraron el potencial destructivo de la técnica moderna sobre las vidas humanas (y, hoy agregamos, no humanas). Entonces las elaboraciones filosóficas sobre la técnica adquirieron progresivamente un tono sombrío, melancólico y pesimista. Estas nuevas preocupaciones, en verdad, han excedido la cuestión técnica estricta, para abarcar problemas sociales y políticos más amplios. El siglo XX no solo conoció las bombas nucleares y las cámaras de gas, sino también los totalitarismos, la industria cultural, las grandes corporaciones y las nuevas formas de gestión capitalista de la producción y la vida toda. En todos estos casos, el ser humano pasó a ser más objeto que sujeto de la administración tecnificada de la vida. Como pensó la primera Escuela de Frankfurt, la razón instrumental, capaz de dominar el mundo natural, le juega una mala pasada al sujeto que la empuña, convirtiéndolo al fin en objeto de una administración racionalizada que lo nivela con la naturaleza que quiso gobernar. Una sensibilidad dominante del siglo XX, reflejada en su filosofía, parece dada por la rebelión de las personas contra la cosificación de la vida por parte de técnicos y administradores, que convierten la experiencia humana en algo abstracto, medible y gestionable desde miradas objetivantes.

Fisher detecta una dualidad irónica en el cyberpunk, que parece ser una hipérbole de la técnica moderna como tal. Este género nos habla de mentes que se trasladan a discos rígidos, cuerpos que podemos moldear tecnológicamente casi sin límite y prótesis que modifican nuestras capacidades y percepciones. Parece, entonces, que esta imaginación ficcional lleva al extremo el poder del sujeto racional, que se quiere dominador de la naturaleza y el mundo, ahora hasta el límite de fabricarse su propio cuerpo a gusto. El traslado de la mente a una plataforma digital sería la fantasía absoluta de desincorporación del sujeto, su triunfo final sobre la naturaleza. Sin embargo, el mismo movimiento produce simultáneamente el resultado irónicamente contrario: en su juego de intervenciones técnicas sobre sí mismo, el sujeto descubre que no es más que ese cuerpo (o ese soporte maquínico) intervenido y hasta fabricado, ese trozo de naturaleza objetivada que la técnica puede desentrañar y gobernar casi sin resto. Las palabras de Bruce Sterling resuenan en el pensamiento de Fisher: “cualquier cosa que pueda hacerse a una rata puede hacerse a un ser humano. Y podemos hacer casi cualquier cosa a las ratas (…) Esto es el cyberpunk” (1991, s/n).

El “materialismo gótico” de Fisher, a contrapelo de los pesimismos filosóficos del siglo XX, participa afirmativamente de esta inversión irónica de la perspectiva donde el sujeto que domina a la naturaleza, termina él mismo puesto como objeto de intervención técnica. Este compromiso afirmativo con la objetivación del sujeto nos pone de lleno en una posición de enunciación materialista. Se trata de pensar desde los ensambles materiales orgánicos e inorgánicos capaces de una agencia que ya no le pertenece al cuerpo propio. En un mundo plano donde la dicotomía entre humano y naturaleza (con todos sus derivados ontológicos) pierde valor, “la lucha no es, entonces, entre Mente y Cuerpo, sino entre diferentes modos del Cuerpo” (p. 31).

Este materialismo radical rompe con toda fenomenología del cuerpo propio y la imagen corporal (p. 50 y ss.). El cuerpo de la línea plana gótica no es un cuerpo de ni para el sujeto, no es sede de la imagen de sí de un yo que se sepa agente en el mundo. La fenomenología de la imagen corporal es, para Fisher, el último reducto del antropocentrismo, que sitúa en la vivencia (subjetiva, intransmisible) del cuerpo propio la exclusividad íntima del espíritu. El cuerpo del materialismo gótico se parece más a la materia de la intervención técnica, carente de sujeto y de yo, que ahora se levanta autónoma y reclama para sí agencia y personalidad.

Fisher trata de repensar el materialismo en términos maś cercanos a las ficciones de terror que a la teoría social. En el cine de David Cronenberg (por ejemplo en Videodrome) encontramos cuerpos mutados, alucinados e intervenidos fuera de todo control. Cronenberg nos expone a la mezcla de angustia y melancolía de una subjetividad que se quería señora de la naturaleza, y que descubre que su instrumento para dominar al mundo, la técnica, la nivela con la mera naturaleza. Esto marca cierta inactualidad de las temáticas modernistas (la alienación, la despersonalización, la pérdida del yo, la inautenticidad) y la caída de la subjetividad humanista en una melancolía sin salida. El materialismo gótico no solo aplana la separación entre materia orgánica e inorgánica, sino que reduce a las “personas privadas” a “simulacros” (El Anti-Edipo, citado en la p. 35). El sujeto es entonces cada vez un efecto de superficie de una subject-matter, una materia corporal organizándose abstractamente en ensambles indiferentes al yo. Máquinas inorgánicas desarrollan subjetividad, mientras que el sujeto humano o yoico es disuelto en los mecanismos simpersonales de la flatline.

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Crisis del cuerpo masculino y sexualidad abstracta

La crisis del sujeto de la ciencia y la técnica, que se alza como dominador de la naturaleza, tiene también dimensiones sexuales y de género (p. 17). Después de todo, el “ser humano” que se contrapone a la naturaleza y la domina mediante la razón y la técnica ha tendido a dibujarse precisamente como masculino, blanco y europeo. Los colonizados y las mujeres han participado en los bordes externos de la historia de la dominación de la naturaleza por la técnica, más en condición de objetos que de sujetos plenos. La razón técnica, que ahora toma al sujeto por objeto y lo reduce a la línea plana de la “inmanencia” natural, termina por desposeer al yo masculino que la puso en marcha. Para el sujeto como dominador racional del mundo, este ponerse-como-objeto es vivenciado como menoscabo del propio género, representado en las imágenes de penetración del cuerpo masculino por elementos externos protésicos y mutágenos (de vuelta Videodrome).

En este punto Fisher prefigura a Paul B. Preciado en su Manifiesto contrasexual: si la sexualidad se produce protésicamente, entonces no hay cuerpos naturales constituidos, sino una fabricación tecnológica (hormonal, protésica, social) de la identidad sexuada.

La prótesis no reemplaza solamente a un órgano ausente; es también la modificación y el desarrollo de un órgano vivo con la ayuda de un suplemento tecnológico. Como prótesis del oído, el teléfono permite a dos interlocutores distantes intercambiar una comunicación. La televisión es una prótesis del ojo (…) (Preciado, 2008: 132).

Para Preciado, en el capitalismo avanzado todo cuerpo, incluso el cuerpo “sano”, siempre-ya ha sido atravesado por tecnologías de racionalidad protésica, intevenido por hormonas, medicinas y técnicas de constitución subjetiva que operan sobre la carne. De modo análogo, Fisher piensa “el cuerpo mismo como prótesis”, “no como una organicidad originaria que espera suplementos técnicos” (p. 58). La prótesis no vendría a suplir un órgano natural perdido, sino a atravesar el desarrollo orgánico con una lógica inorgánica.

Para Fisher esta configuración protésica de la corporalidad sexuada da lugar a una “erótica abstracta”. Su programa es “abrir el organismo a circuitos deseantes” (p. 52) donde la gratificación erótica puede proceder tanto del cuerpo orgánico como de los transistores y la naturaleza toda. “Un erotismo desterritorializado y desorganizado: una ciberótica” (p. 95) reemplaza la sexualidad reproductiva naturalizada y la idea de cuerpo orgánico bien constituido. Recuperando la idea de “nueva carne” de Cronenberg, pero también el erotismo extrañado de Crash de Ballard, Fisher propone una exploración del cuerpo como potencial despersonalizado y materia abstracta. El junkie y el masoquista aparecen acá como los modelos de una nueva sexualidad y una nueva gratificación corporal. Habitan una sexualidad que no solamente no es reproductiva, sino que anuncia un más allá de lo orgánico. Esta sexualidad tecnificada, abstracta pero a la vez material, tiene dimensiones queer porque habilita otras instancias del disfrute y otras formas de la subjetividad que las organizadas en torno a la heterosexualidad masculina.

En este contexto, también aparecen exploraciones (que prefiguran el xenofeminismo) con formas de reproducción no sexuales. Las referencias de Fisher para esto son Samuel Butler, periodista y escritor del siglo XIX que ironizaba sobre la posible rebelión de las máquinas contra los seres humanos, y Octavia Butler, cuyas ficciones plantean las angustias de una humanidad reducida a objeto de control genético por una especie extraterrestre. La reproducción en la gothic flatline tiene maś que ver con el contagio que con la filiación (p. 100). Si el Dr. Frankenstein reclama todavía una paternidad técnica sobre su criatura monstruosa, Fisher –siguiendo a los dos Butler, Samuel y Octavia– nos plantea que el experimentador, en cuanto “padre artificial”, “se vuelve decodificado, desde ser un creador trascendente hasta volverse parte del proceso maquínico” (p. 119). En la decodificación de la sexualidad reproductiva, la distinción entre generaciones se complica en la simultaneidad del contagio. El padre tecnológico, presupuesto masculino y blanco, es destituido porque se mezcla con o es invadido por las criaturas que engendra. Termina reducido a la posición objetivada, históricamente feminizada, de la naturaleza intervenible. El materialismo gótico habla de un tiempo donde el sujeto masculino, que se creía dominador de la naturaleza, entra en crisis y la posición naturalizada de los “otros de lo humano” parece que se torna la condición universal: todos seríamos objetos de modificación técnica y administración cosificante. En este punto, Fisher prefigura el pensamiento de Rosi Braidotti (2018), con su tesis de una “convergencia posthumana” entre las nuevas tecnologías y las críticas postestructuralistas al humanismo.

Capital irónico y crisis del “antropo-marxismo”

El último, y tal vez menos explorado por Fisher, elemento del materialismo gótico es una revisión de la relación con el marxismo. Fisher es escueto y ambiguo al respecto. “El marxismo” (colectivo singular que hoy sabemos inapropiado porque encierra tradiciones plurales y múltiples) aparece a la vez como anacrónico e indispensable. Anacrónico en cuanto cierto “antropo-marxismo todavía postula un agente humano trascendente y auténtico que podría superar al capital” (p. 15). Las agendas de desalienación, humanización, superación de la cosificación, caras a buena parte de la tradición marxista, son demasiado deudoras de dualismos antropocéntricos desafiados por el materialismo gótico. Todo un lenguaje marxista que identifica la superación del capitalismo con devolverle al sujeto el control sobre el mundo social parece prepóstero ante los despliegues irónicos de la tecnología capitalista, pero también ante las críticas posestructuralistas, feministas y decoloniales a la idea de sujeto como dominador del mundo.

Con todo, la herencia de Marx es a la vez indispensable porque las dinámicas sociales y materiales que desarman los dualismos antropocéntricos son puestas por el capital (y no por la técnica en general). Marx descubrió la naturaleza gótica del capital, patente en el recurso a metáforas como la del vampiro que succiona la sangre de los trabajadores. La “transmutación de la materia” en el ciclo del capital, que permanece idéntico a sí mismo a lo largo de sus transformaciones místicas como dinero, mercancía y otra vez dinero, pone resonancias fantásticas en la realidad social y objetiva misma (p. 29). El problema es que este lenguaje gótico no es metafórico sino realista, mientras que la “protesta organicista” contra el capital queda reducida pronto a una sentimentalidad inconducente. Fisher comprende bien que la dinámica del capital, especialmente las transformaciones capitalistas de la producción y el consumo, con el consecuente enloquecer y trastocar todos los hábitos y formas de la vida materiales, está a la base de la gothic flatline. El capital, ironista abstracto y terrible que en el límite solo se preocupa por la valorización del valor, sería el sujeto del proceso automático (y ajeno a los sujetos humanos) del materialismo gótico.

En relación con la crítica del capital, los análisis fisherianos son entre escuetos e insuficientes. Este joven Fisher parece incapaz de resolver la tensión entre una actitud aceleracionista de derechas y una de izquierdas. Después de todo, ya Nick Land (1994) captó que la indiferencia abstracta del capital ante las formas concretas de vida conduce a dinámicas posthumanas. Celebrar la disolución del antropocentrismo y la destitución del sujeto masculino a manos de los procesos ciegos de transformación técnica impulsados por el capital parece poco interesante para el pensamiento crítico.

La “muerte del sujeto” por la inversión del sentido de la técnica (que deja de ser herramienta dócil y se convierte en dominadora de los humanos) tiene por trasfondo la constitución del capital en sujeto. En efecto, el proceso del capital llega a ser indiferente a los cuerpos humanos, pero en función de sus muy limitadas, rígidas y ciegas lógicas de reproducción automatizada. El capital es valor que pone valor, que en su movimiento incesante se constituye en sujeto de la producción material y la dinámica social. Dar por muerto al sujeto del humanismo para no decir nada del capital como sujeto es críticamente improductivo, en cuanto la sociedad orientada a la ganancia no ofrece vías más enriquecedoras y sostenibles para construir agencias post-humanas.

Los propios Deleuze y Guattari captaron en El Anti-Edipo que el capital no es pura fuerza de disolución esquizofrénica: no desaherroja el cuerpo social para abrirlo a las multiplicidades más que de forma muy limitada. Por el contrario, el capitalismo supone una axiomática (regulaciones abstractas que encorsetan la dinámica social) y una serie de reterritorializaciones (el Edipo, el Estado) que reestructuran, organizan y también cierran los flujos esquizo. El capital no es solamente una fuerza de desterritorialización y disolución abstracta de los cuerpos orgánicos, las barreras antropocéntricas y las formas limitadas de vida. En cambio, oscila entre sus dinámicas desterritorializantes y movimientos de reterritorialización fascistas, patriarcales, autoritarios. Por lo tanto, no resulta viable (tampoco deseable) confiarle la “decodificación de flujos” a su proceso ciego.

Ahora bien, estas lagunas de la tesis de Fisher pueden resolverse, a lo mejor, en el ejercicio de la lectura. Podemos tomar su trabajo como una advertencia y una propuesta. En cuanto advertencia, Fisher nos avisa que el marxismo humanista, con sus reclamos contra la alienación y la cosificación, parece un poco anacrónico frente a las dinámicas desplegadas por el capital. Reclamar que el sujeto vuelva a estar en el centro de la vida social dejó de ser viable como proyecto emancipatorio. Primero, porque ese sujeto que se quería dominador del mundo se ha vuelto, de una manera que no parece reversible, objeto de intervención por la misma técnica que le permite conquistar a la naturaleza. La idea de devolver al hombre al centro está condenada al fracaso, en cuanto sus herramientas portan designios y dinámicas propias que son indiferentes u hostiles al programa humanista de gobierno de la naturaleza por el sujeto. Segundo, porque ya no podemos ser ingenuos con respecto a las implicancias patriarcales y coloniales, además de capitalistas, de ese proyecto filosófico donde el sujeto aparecía como el gran dominador de la naturaleza. El programa emancipatorio de la desalienación o la humanización de la sociedad no sería ya viable ni deseable, cayendo por una combinación de objeciones descriptivas y normativas. El valor negativo de la tesis de Fisher sería advertirnos de esta convergencia, que exige una reinvención de los lenguajes emancipatorios para nuestra época.

En términos positivos, podríamos pensar una apropioación aceleracionista de izquierdas del programa de juventud de Fisher. Esta apropiación pensaría una alianza con las potencias monstruosas, góticas y posthumanas puestas por el capital, que podrían ser movilizadas en un horizonte postcapitalista. Se trataría de abrazar afirmativamente el proceso de objetivación del sujeto por la técnica capitalista, para pasar a reorganizarlo democráticamente. Al fin, una vez que el sujeto tramita el duelo de su desposesión como dominador de la naturaleza, se abren para él (ella, ellx) nuevas posibilidades de experimentación juguetona y liberadora con el cuerpo, la materia, el paisaje y la naturaleza toda. Varios feminismos, desde Donna Haraway hasta Rosi Braidotti o Helen Hester, prefiguran esta apropiación afirmativa del posthumanismo del capital. Estas potencialidades postcapitalistas reorganizarían la política democrática como una política de las cosas, centrada en la administración técnica de los cuerpos orgánicos e inorgánicos, más allá de toda economía orientada a la ganancia. En un tiempo de catástrofes globales y crisis ecológicas, la política anticapitalista parece obligada a pensarse desde el interior de las materialidades que habitamos y nos constituyen, dejando de lado los dualismos del ideario humanista. El mundo de monstruos góticos reconstruidos por la técnica moderna se revela, entonces, ambiguo y abierto. Puede realizar la dinámica automatizada del capital hasta límites mortíferos a escala planetaria o permitirnos revisar las implicancias inviables de nuestros proyectos emancipatorios, abrazando horizontes más amplios que los de un estrecho humanismo heredado. No se trata de oponer la humanidad a la técnica o el sujeto a la alienación, sino de contraponer modos de la carne como base de proyectos civilizatorios en disputa.

Bibliografía

Braidotti, R. (2018) Lo posthumano. Barcelona: Gedisa.

Butler, O. (1989) Xenogénesis I: Amanecer, Madrid: Ultramar.

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Cuboniks, L. (2015) Xenofeminismo. Una política por la alienación. Recuperado en: http://www.laboriacuboniks.net/es/

Deleuze, G.y Guattari, F. (1972) L’Anti-Oedipe. Capitalisme et Schizophrénie. Paris: Editions de Minuit.

Fisher, M. (2016) Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?, Buenos Aires: Caja Negra.

Fisher, M. (2018)a Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos, Buenos Aires: Caja Negra.

Gibson, W. (1996) Neuromante, Minotauro.

Haraway, Donna (2016 [1985]) A Cyborg Manifesto. Science, Technology and Socialist Feminism in the Late Twentieth Century. Minneapolis: University of Minnesotta Press.

Hester, H. (2018) Xenofeminismo. Tecnologías del género y políticas de la reproducción. Buenos Aires: Caja Negra.

Land, N. y Plant, S. (1994) “Ciberpositivx”, recuperado en: http://proyectosynco.com/ciberpositivx/

Sterling, B. (1991) “Cyberpunk in the Nineties”, originalmente publicado en Interzone, recuperado en:http://www.lib.ru/STERLINGB/interzone.txt

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