The rental y The owners: terror y propiedad privada

En un clima social donde la palabra ‘desalojo’ parece flotar sobre el inconsciente político, Lucía Vazquez reseña dos películas inglesas estrenadas este año -The owners y The rental- para pensar la propiedad de la vivienda y también. por qué no, la intimidad.

// Por Lucía Vazquez

Hace unas semanas, el ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires afirmó que “El derecho a la propiedad privada es sagrado». La problemática habitacional impulsa medidas represivas como los desalojos, que en este momento son uno de los tantos dramas que atraviesa el país. La policía no se ahorra palazos en quiénes no tienen dónde vivir, porque en Argentina la propiedad privada vale tanto como la vida. Mientras el distanciamiento social nos tiene a varixs encerradxs –con nuestras casas convertidas en espacios de autoexplotación– y quienes alquilan u ocupan vienen dependiendo de decretos de prohibición de desalojos, se estrenaron dos películas de terror anglosajonas que tratan el tema de la propiedad y la intimidad.

Se trata de dos producciones cuyos directores debutan en el largometraje, The rental, escrita y dirigida por Dave Franco, y The owners, dirigida por Julius Berg y basada en una novela gráfica (Une nuit de pleine lune de Hermann and Yves H.). Las tramas llegan desde lugares bien distintos al mismo lugar: persecución puertas adentro. Motivo bien clásico de las slasher, en la que el asesino o grupo de asesinos persigue a los jóvenes dentro de la casa, o en el bosque o algún otro escenario natural. Si bien The owners no tiene demasiado exterior, igual sigue obediente los pasos del formato narrativo del terror no sobrenatural y persecutorio. En The rental el paisaje natural tiene un poco más de protagonismo, pero en ambas el problema es la casa.

El punto de origen es bien distinto en las películas, mientras que en The rental dos parejas norteamericanas de clase media alquilan la casa para pasar un fin de semana antes de una temporada de mucho trabajo con su emprendimiento empresarial, en The owners tenemos a cuatro chicos ingleses de clase baja (uno es el hijo de la señora que limpia en la casa) que irrumpen en la propiedad del médico del pueblo y su mujer. Ambas son casas exageradamente grandes, lujosas cada una a su modo, y tienen una riqueza interior que los personajes no tienen en sus propias viviendas.

¿Acaso no es esa una de las motivaciones de tanta clase turista de alojarse en los Airbnb en vez de en un hotel? Poder ver cómo viven los otros, y si se ve que viven mejor que nosotros, fingir por una temporada que somos ellos. No hace falta vivir en un sótano inundable como la familia Kim de Parasite (2019) para querer gozar de las comodidades reservadas a quienes ocupan los lugares más altos. Por más exitoso que seas en tu emprendimiento no tenés un jacuzzi en el patio de tu casa, ni gozás de la vista natural que tiene el lugar que alquilan Charlie, su pareja Michelle, su socia Mina y, su hermano y pareja de Mina, Josh (Dan Stevens, Alison Brie, Sheila Vand y Jeremy Allen White respectivamente). El contexto socioeconómico de los personajes es sutil y se va borroneando, lo mismo con la ubicación de época o lugar. Algunas cuestiones se mencionan pero después pierden importancia, como que quien les alquila la casa, Taylor (Toby Huss) es racista o misógino, o que a Josh no le va tan bien emprendiendo porque estuvo preso. Lo mismo con la marginalidad de los personajes de The owners: Mary, en pareja y embarazada de Nathan, su amigo Terry y el violento Gaz (Maisie Williams, Ian Kenny, Andrew Ellis y Jake Curran). Sí queda claro que quienes ingresan a la casa ajena pertenecen a un mundo socioeconómico por debajo de los dueños. El Dr. Huggings y su mujer (Sylvester McCoy y Rita Tushingham) son dos ancianos con mucho dinero –según creen los chicos– pero sobre todo, dueños de semejante propiedad.

Mediando la película, en ambos casos, todo es persecución y asesinatos, más o menos violentos. Los jóvenes van muriendo y el grupo va menguando hasta que queda la final girl, quien tampoco logra sobrevivir. La invasión a la propiedad privada es duramente castigada, de forma literal en The owners, en la cual, por supuesto, triunfan los dueños, quienes ya lo habían hecho desde antes de que los jóvenes se metieran a robar en la casa. La escena final, en la que la señora Huggings está terminando de enterrar a los amigos de Terry y le responde a su mamá que su hijo seguro estará bien, ilustra con cinismo las formas de supervivencia de las clases acomodadas. Ellos son más viejos, son menos en número y fuerza que los chicos, y sin embargo “ganan”, dan vuelta la situación de violencia, de irrupción en la propia casa y dueños de todo lo que ocurre allí defienden su propiedad y su status quo.

Lo de The rental es un poco más complejo, porque no es tan clara la motivación del responsable del “castigo” a los personajes. Una de las hipótesis es que a esa invasión legal de la propiedad privada, a esa irrupción en la intimidad de otros (en cuyos departamentos en alquiler están “sus” cosas) se la castiga en los mismos términos. La acción se acelera cuando Charlie y Mina descubren que en la casa hay cámaras ocultas. Creen que es el dueño quien los espía, pero en el capitalismo de plataformas esa casa ha perdido su alma en términos de intimidad, o incluso de personalidad, las decoraciones, por ejemplo suelen ser pensadas menos desde lo subjetivo que desde lo marketinero. Entonces, el dueño de la casa en alquiler ni siquiera aparece en toda la película, es su hermano, este Taylor, hombre de pocos recursos culturales pero al parecer también económicos, empleado de su hermano, quien se ocupa de darles la llave y solucionarles algunas cuestiones durante la estadía. Como Charlie y Mina tuvieron sexo en la ducha y allí había una cámara, suponen que quien los espía tiene las pruebas en su contra para delatarlos con Michelle y Josh, sus parejas. El ojo que mira la intimidad tiene poder sobre los cuerpos, y los amigos/amantes empiezan a fantasear con extorsiones o denuncias, que ellos no pueden hacer porque han quedado expuestos. Es interesante que al final las motivaciones del asesino no tienen nada que ver con lo adúltero, ni siquiera con lo sexual, la punitividad se realiza por puro gozo, él mismo dueño de la intimidad de los otros al espiarlos, habitar sus propiedades y matarlos ahí, en el lugar que no les pertenece. La tensión sexual entre Mina y Charlie tiene sus años, pero solo concretan bajo techo ajeno, como si ese vivir en otro lugar habilitara vivir como otros también. Espacio de recreación y fantasía, vivir en una casa mejor que la nuestra es un sueño que nos cumple el capitalismo de plataformas, o al menos nos lo cumplía cuando se podía viajar y el dólar no estaba a más de cien pesos.

Parece entonces problemático habitar la propiedad ajena, ya sea legal o ilegalmente. Además de la obvia conexión con lo siniestro, que parece invertirse en este caso, porque es lo extraño que podría resultar familiar, puede leerse en ambas películas que el terror pasa por la violación a la propiedad y la privacidad o intimidad de los dueños. Ninguna de las dos tiene tramas demasiado originales, o al menos una ejecución que se salga de las historias que ya vimos, pero algo del espíritu de Funny games de Haneke, en la que esos dos jóvenes se divertían torturando familias en sus casas de vacaciones y jugaban a vivir por un rato como ellas, aparece en los films y los pone en otro plano de lectura. Cuando el sadismo y la lógica del capital se hacen presentes, volvemos a pensar en los dichos de Berni y en la importancia que tienen hoy las vidas y las propiedades.