Un trotskista en busca del tiempo perdido

// Por Juan Mattio

“Todos nosotros” (Alfaguara, 2019) de Kike Ferrari vuelve a un viejo tópico de la literatura, su novela cuenta  un viaje en el tiempo. Pero creo que sería más productivo pensar las diferencias que las regularidades. En primer lugar, Ferrari construye una trama lejana a aquel protagonista que imaginó H.G. Wells para explorar el futuro, una edad de la humanidad donde las clases sociales devienen especies distintas y la guerra entre Eloi (burguesía) y Morlocks (obrerxs) es ya permanente e irresoluble.

Su protagonista, Felipe, se parece más a Juan Salvo, un viajero temporal que podría describirse con las palabras de El Eternauta: “mi condición de navegante del tiempo, de viajero de la eternidad, mi triste y desolada condición de peregrino de los siglos”. La deriva y la confusión de Felipe también tienen como origen una derrota pero él no fluye en la inmensa extensión del tiempo sino, más bien, está atrapado en un loop que quiere romper.

La historia, lo que podríamos llamar la obsesión de Felipe, empieza con el inicio de la hegemonía neoliberal en Argentina: “Nuestro nombre es Felipe Caballero. Y abrazamos nuestra obsesión una tarde cualquiera de 1988. Y desde entonces esa idea ha sido el signo de nuestros días y nuestras noches. Nuestra canción de cuna”.

Felipe quiere viajar en el tiempo para matar a Ramón Mercader y así evitar el asesinato de Trotsky. Quiere viajar a 1940 porque en el presente -fines de la década del 80- su experiencia política (el MAS) está derrotada: “Te decía, todo empezó con Trotsky. Para ser más específico, en el local de la Juventud del MAS en la calle Estados Unidos. (…) El MAS fue nuestro gran partido trosko en la vuelta de la democracia. Éramos parte de la LIT, una de las fracciones de la Cuarta Internacional —la sección mexicana se llamaba Liga Socialista de los Trabajadores, creo—, y construimos el mejor intento para disputarle al peronismo la hegemonía política en la clase trabajadora”.

El limbo que habita Felipe, entonces, no es el de Juan Salvo, el limbo de este militante trotskista es el neoliberalismo. Felipe percibe el preciso momento en el que el tiempo histórico se detiene y la sucesión de días y noches se transforma en una superficie donde sólo es posible el cambio -de presidentes, de funcionarios, de partidos políticos- sin transformación. Esa tragedia lo impulsa volver al pasado para reactivar el presente.

En cierto punto esto podría leerse como un emergente de la impotencia creativa de nuestra época, donde -en palabras de Fredric Jameson- «los productores de la cultura solo pueden dirigirse al pasado: la imitación de estilos muertos, el discurso a través de las máscaras y las voces almacenadas en el museo imaginario de una cultura que es hoy global».

Y todo esto es cierto. Pero hay más. Si la mejor novela que habíamos leído de Ferrari hasta ahora era “Lo que no fue” (Cachorro de luna, 2017), que se construía como síntoma de lo que podríamos llamar “nostalgia de izquierda”, la memoria melancólica y lenta de un miliciano del POUM en la Guerra Civil Española que dispara contra la ortodoxia comunista soviética, negándose a rendir las banderas de la revolución, acá estamos frente a otro tipo de relación con el pasado. Creo que el uso del viaje en el tiempo, que inscribe a “Todos nosotros” en el territorio de la ciencia ficción, usa el material de la nostalgia para construir un artefacto nuevo. Algo que podríamos vincular al New Weird de China Mieville y M. John Harrison. El pastiche de géneros -acá un híbrido entre novela histórica, género negro y ciencia ficción- como intento desesperado de romper con el realismo capitalista.

La pregunta es si la nostalgia nos lleva, de forma inevitable, a la depresión derrotista o si es posible utilizarla como primer movimiento hacia horizontes nuevos. Ferrari, como Walter Benjamin y los surrealistas, parece entender que el único atajo al futuro está en el pasado. Que sin “un materialismo histórico sensible a la dimensión mágica de las culturas del pasado, al momento “negro” de la revuelta, a la iluminación que desgarra, como un relámpago, el cielo de la acción revolucionaria” (Michael Löwy, 1996) no hay ni habrá impulso futurista. Que necesitamos de “La tradición de todas las generaciones muertas [que] oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos” (Marx, 1852) para poner a andar la verdadera máquina del tiempo que es, y en esto creo que Felipe nos acompañaría, la lucha de clases.