La máquina de febrero: el instante de un peligro

// Por Juan Mattio

Conocí la literatura de Yamila Bêgné en una lectura del Ciclo Rojo, organizado por Selva Almada y Marcelo Carnero. Ahí la escuché leer «Cajas de humo« que es, para mi, uno de los grandes cuentos de nuestra generación. Un artefacto extraordinario.

Ese relato es un dispositivo singular porque, como otras veces en la literatura fantástica, Bêgné logra trabajar con elementos de la realidad que se asocian, se condensan o se dispersan de acuerdo a una lógica oculta al lector. El sueño no sólo es un tema para Bêgné (no es sólo lo que se representa en «Cajas de humo»), es el relato mismo el que se va estructurando de acuerdo a energías que al lector le resultan extrañas aunque no del todo desconocidas (la familiaridad siniestra de los propios sueños).

La literatura toda es una galería de alucinaciones que se ensamblan con distintas cadenas lógicas. Bêgné lo sabe y usa la fuerza de la representación para mostrar que no importa de qué eventos estamos hablando, lo fundamental es saber cómo se conectan. Creo que de esa poética también se desprende La máquina de febrero

El extrañamiento sobre el lenguaje

Me gustaría recorrer, de forma muy breve, las distintas ideas que rondan a un concepto que tal vez esté en el centro de la discusión de los libros que entran en diálogo en eso que se llama Nueva Ficción Extraña. Y es la idea de extrañamiento, ostranenie según los formalistas rusos. El mecanismo que ellos establecieron es que la literatura produce extrañamiento. Esa es su función específica.

Pero sabemos que entre los propios formalistas hubo discusiones porque la pregunta ¿extrañamiento en relación a qué? La primera formulación fue extrañamiento de la vida cotidiana. En esa hipótesis el lector ingresa al campo de la ficción y, al volver, su percepción del “mundo real” se encuentra distorsionada por aquello que conoció en el universo imaginario del libro.

Una segunda formulación negaba que esa fuera la función específica de la literatura, un extrañamiento en relación a la vida cotidiana y proponía que el extrañamiento era en relación al canon literario. Esto viene a dar cuenta de que siempre se escribe dentro de una red de textos, que a veces llamamos tradición y a veces llamamos sistema literario, pero que en cualquier caso un libro está en diálogo con otros. Las aventuras de la China Iron de Gabriela Cabezón Cámara podría ser un buen ejemplo de esta forma de volver extraño -de perturbar- el canon literario argentino. Una forma de volver inquietante el Martín Fierro.

Pero creo que hay una tercera variante del extrañamiento que podría colaborar, al mismo tiempo que polemiza, con las dos anteriores y es esta: si la ficción produce extrañamiento, lo produce sobre el lenguaje. Y el lenguaje es la herramienta que tenemos para percibir el mundo. De modo que lo primero que me gustaría indicar en “La máquina de Febrero” es su brutal trabajo para generar extrañamiento en el lenguaje.

Un ejemplo: “febrero, febrero, pensó, y su reflejo fraguó en el espejo. En los tejidos fibrosos de su boca sin abrir, los sonidos se facetaron de perfil. Febrero le confiaba los fonemas, el artefacto para fulminar. El chiflido de la efe flotó de nuevo hacia algún otro foco. Efes como fusiles, como flechas. Una furia en fricción sobre el frente de agua. Sí, iba a funcionar, tenía que funcionar, afirmó para sí misma. Necesitaba más tiempo para fundar más canales, seguir afinando las horas, el día siete de febrero por dos”.

Un párrafo así necesita no sólo precisión -que es una de las marcas más profundas de este libro, la sensación de que “esto no se puede decir de otra forma”- sino que necesita hacer evidente el artificio. Mostrar que entre la historia y el lector hay lenguaje. Que el lenguaje no es vidrioso, transparente, sino opaco. Y el lector debe percibirlo como un problema.

Ese es uno de los mecanismos que hacen funcionar a La máquina de febrero. El lenguaje como artificio. La lengua poética es un uso consciente (y evidente) de la lengua práctica o cotidiana.

Estados alterados de conciencia

El segundo mecanismo que me parece que hace funcionar esta máquina son los “estados alterados de conciencia”. Pero no hay que ir muy rápido acá. No se trata de las experiencias con las que trabajó la Generación Beat, por ejemplo. No se trata de drogas o alcohol, ni siquiera de locura en sentido estricto. Es otra cosa.

El imaginario cotidiano de Yamila es totalmente reconocible: una chica se está separando de su novio. Un hombre recibe un diagnóstico médico terrible y tiene que enfrentar esa situación con la que es su compañera de toda la vida. El estado alterado de conciencia es, acá, el duelo. Porque el duelo deforma el tiempo y el espacio, construye fantasmas en la memoria, destroza la percepción habitual para conducirnos a algo más cercano a la alucinación y, si se quiere, a la pesadilla.

Creo que estas dos historias de duelo son, en realidad, una forma de plantear que lo extraño no irrumpe en la realidad, porque está en ella. Nuestras conciencias son máquinas de armar collage, de mezclar temporalidades, de superponer una imagen con otra.

Si construimos sistemas, protocolos, cronogramas, calendarios, obsesiones, todo eso (temas que, dicho sea de paso, parecen obsesionar a Bêgné.) Es para disimular que estamos aterrados ante la extrañeza que significa la experiencia del mundo. Pero lo extraño no se deja domesticar -y esto es lo que viene a decir La máquina de febrero– porque logra romper cualquier intento de control.  Porque logra hacerse presente. Esta convivencia de los sistemas de defensa de una racionalidad frágil y las emergencias de causalidades raras (“hay más cosas, Horacio, de las que sueña tu filosofía”)  está, creo, en el centro de esta poética. Que su libro anterior lleve como título Los límites del control creo que lo hace explícito.

De modo que Julia enfrenta la ausencia de su novio, Fernando, entre pastillas y cerveza y soledad. Y en ese abismo encuentra una realidad rota, desquiciada, que no puede enmendarse. Y Mirna, a su vez, que mira de frente la enfermedad de Tito, su compañero, una enfermedad terminal y feroz, encuentra en esa proximidad de la muerte una visión (en más de un sentido, acá, la palabra “visión”) cargada de tragedia y de dolor. Esos son los estados de conciencia alterados. No hace falta LSD o ayahuasca, es el propio estar en el mundo el que se torna extraño y siniestro y misterioso. 

El tiempo, la reversibilidad y la simultaneidad

Por último, me gustaría hablar de un mecanismo que sea, tal vez, uno de los que está más presente en una serie de libros de aparición reciente. Se trata del tiempo, de su reversibilidad, de su quietud, de la simultaneidad.

Territorios sin cartografiar, de Kike Ferrari; Los accidentes geográficos, de Flor Canosa; Big Rip, de Ricardo Romero, entre otros, están trabajando sobre esta materia opaca que es el tiempo y sus figuras derivadas. Esa pregunta parece ser un corte generacional y tal vez, en algunos años, podamos terminar de entender qué significa.  Si eso que Bifo Berardi llamó “cancelación del futuro” y que Mark Fisher retomó en Realismo capitalista tiene algo que ver con esta obsesión de un núcleo de escritoras y escritores por el tiempo que es, como sabemos, la materia donde se inscribe eso que conocemos como historicidad.

La forma en que La máquina de febrero trabaja sobre las atrofias del tiempo podría asociarse a ese relato extraordinario de Silvina Ocampo que es Autobiografía de Irene. Ahí al protagonista “ve” el futuro y eso enrarece su percepción porque lo mismo puede recordar lo que pasó como aquello que va a pasar.

Algo de eso hay en las “certezas de futuro” de Mirna. Algo que vuelve el tiempo un ente inquietante porque si se puede “ver” aquello que todavía no pasó eso quiere decir que el tiempo está, de algún modo, hecho, completo. Y eso que nosotros vivimos como sucesión, como campo abierto, como territorio del libre albedrío, no es más que una ilusión óptica.

La primera pregunta que trae una experiencia así es qué tipo de entidad es el tiempo, qué tipo de objeto. Y qué clase de monstruos emergen de esa zona. El fantasma es una figura típica del tiempo alterado, el retorno del pasado, la persistencia de lo que no termina de morir. Pero Bêgné plantea fantasmas invertidos, cuyo origen es el futuro. Presencias que se deslizan en esa superficie débil que es el presente y logran alterar el curso de los eventos. O no. Tal vez incluso las alteraciones y las mutaciones están previstas. No puede saberse.

Lo que sí está claro es que esa anomalía de “recordar el futuro” está en “La máquina de febrero” ligada al problema de la simultaneidad, a la idea de que las vidas insulares que pensamos vivir están, en realidad, mucho más anudadas, más conectadas, de lo que nos gustaría reconocer. Que el desconocido que cruzamos en el supermercado, la mujer que hace la fila en el banco justo antes que nosotros, que la persona con la que compartimos por un momento el baño de un bar un sábado por la noche; no son figuras tan borrosas, tan autónomas, tan huidizas como podríamos pensar a primera vista.

Bêgné invierte «El hombre de la multitud» de Poe y donde él veía anonimato y desconexión y fugacidad, ella propone pequeños hilos imperceptibles que trastocan nuestra experiencia, que la vuelven una red de desconciertos, que corrompen la idea de individuo aislado e independiente. Tiempo alterado y simultaneidad son, entonces, el tercer mecanismo que reconozco en La máquina de febrero.

Si hiciéramos una suma: si pensáramos que esta novela trabaja sobre el extrañamiento del lenguaje en primera instancia, que más tarde construye estados de conciencia alterados pero cotidianos, reconocibles, como son los duelos; y que por último propone una temporalidad quebrada y, por qué no decirlo, muchas veces llena de dolor y tristeza, aunque con pequeños alivios. Creo que entonces tendríamos una idea aproximada de la extraordinaria narradora que es Bêgné, de la maravilla que nos ofreció y de la suerte que tenemos de leerla con la distancia sutil de ser sus contemporáneos.


Esta lectura nace de la presentación Esos raros relatos nuevos realizada de forma circular por seis autorxs: Ricardo Romero, Yamila Bêgné, Kike Ferrari, Gonzalo Santos, Flor Canosa y Juan Mattio. En el video se puede ver el registro completo del evento.