Los nuevos apócrifos, de John Sladek (parte 2.1)

Los mitos sobre la Atlántida, el sagrado continente de Mu y el planeta invisible Clarión son el eje de esta nueva entrega del visionario libro de John Sladek, Los Nuevos Apócrifos. Guía de ciencias extrañas y creencias ocultistas, que comenzamos a reeditar hace algunas semanas e iremos completando a lo largo de 24 entregas. Existen análisis posteriores más completos, pero el ensayo de Sladek –por la información, el estilo sarcástico pero ameno y el desarrollo argumentativo– fue crucial para toda una generación interesada en la ciencia y la literatura que se acercó por primera vez a este texto en las páginas de la maravillosa revista argentina de ciencia ficción El Péndulo.

Traducción: Carlos Gardini. Dibujos: Alfredo Grondona White. Transcripción: Pedro Perucca

.

Perdidos y hundidos

5: El paraíso sumergido

ATLANTIDA

El fondo del océano ejerce sobre algunos de nosotros la misma atracción que el lado oscuro de la Luna o el planeta X de la galaxia Y: es inaccesible, y por lo tanto está completamente a merced de nuestra imaginación. Por esta razón la Atlántida ha persistido, mientras que muchas otras regiones deleitables -Cucaña, El Dorado, Shangri-La- se han evaporado.

Platón introdujo la Atlántida en dos de sus diálogos, el Timeo y el Critias, usándola para enfatizar una moraleja: la molicie produce terremotos que te hunden la isla. Sus contemporáneos parecieron dudar de que Platón en verdad tuviera algún conocimiento especial de lo ocurrido siglos antes en un lugar real pero lejano. Aristóteles trató la Atlántida como una fábula.

No así pensadores posteriores. La Atlántida fue diversamente identificada con las Américas, las Canarias, el Caribe, Suecia, Sudáfrica e incluso Ceilán. Su ubicación siguió siendo vaga hasta que en el siglo diecinueve lgnatius Donnelly la hundió con firmeza en el Atlántico.

Donnelly era un político de Minnesota, líder del partido populista reformador. Fundó una comunidad basada en el amor. Escribió un libro sobre catástrofes con cometas, Ragnarok, adelantándose en setenta años a Velikovsky. Escribió libros demostrando que Francis Bacon era el verdadero autor de las obras de Shakespeare, valiéndose de las claves espurias que descubrió en ellas. Y escribió el libro más popular de todos los tiempos sobre el continente perdido, Atlántida, en 1882. Este libro se ha traducido a muchos idiomas, y hasta 1970 se han publicado regularmente nuevas ediciones.

Es obvio que Atlántida impresionó a la mayoría de la gente. El primer ministro William Ewart Gladstone trató de organizar una expedición par a buscar esa comarca desaparecida (Donnelly también se hizo famoso como político, pues llegó a congresal de los EE.UU. y a candidato para vicepresidente por el partido populista).

La última edición de Atlántida (1) la preparó el jefe del Instituto Hörbiger en Gran Bretaña, Egerton Sykes, quien además manifiesta un profundo interés en escalar el monte Ararat para encontrar el Arca de Noé. En su prefacio, Sykes admite que la Teoría del Mundo de Hielo de Hörbiger ha “caído e n desgracia” recientemente, pero lo atribuye a su popularidad entre los nazis, y espera que hacia fin de siglo «se haga justicia» con la teoría.

Atlántida explica que los dioses de los griegos, fenicios, hindúes, escandinavos y prácticamente todos los demás eran en verdad reyes, reinas y héroes del viejo continente. Colonizaron Egipto y Perú, fundaron la mayoría de las civilizaciones antiguas de Europa, África y las Américas, introdujeron las edades del bronce y el hierro, inventaron alfabetos para los fenicios y mayas, e inventaron el calendario. Luego una «espantosa convulsión natural» hundió esta cuna de la civilización. Sólo unos pocos escaparon para contarlo a otros, quienes nos comunicaron la noticia disfrazada de mitos edénicos y diluvianos.

Para probar su teoría, Donnelly comparó culturas remotas y descubrió correspondencias satisfactorias. Ciertas costumbres como el matrimonio y el divorcio, el embalsamamiento, la cirugía craneal, ciertas creencias en el más allá, ciertas similitudes en astronomía, arquitectura, agricultura y ciertas relaciones lingüísticas parecían surgir en lugares tan distantes como Perú y Egipto, o China y México.

Donnelly tenía mucha erudición y paciencia, pero poca comprensión. No sólo “leyó” maya usando el alfabeto espurio de Diego de Landa (ver más adelante), sino que obtuvo otras correspondencias malinterpretando el chino. Ya que esto, más lo que Martín Gardner llama “material geológico, arqueológico y legendario cuestionable”, constituye su “evidencia” más fuerte, no se puede esperar que los estudiosos serios se sientan interesados por la Atlántida de Donnelly.

La atracción que este libro ejerce sobre los bichos raros, por otra parte, ha llevado a la publicación de miles de ensayos sobre la Atlántida, cada vez más alejados de cualquier consideración de los hechos, libros como La Atlántida sumergida restaurada, de B. Leslie, Rochester, N.Y., 1911, compuesto enteramente por evidencias de médiums espiritistas. También el célebre místico Edgar Cayce obtuvo del éter sus informes sobre el continente sumergido.

El único factor en que concuerdan todos los creyentes en la Atlántida es la violencia del hundimiento final. Las explicaciones han incluido volcanes, vapor subterráneo, el colapso de cámaras subterráneas huecas, gases extraños, el cometa de Velikovsky y la luna caída de Hörbiger, la irrupción de nuestra luna actual desde abajo del mar y, recientemente, experimentos nucleares de los atlántidas. Egerton Sykes incluso parece hallar una significación en las aventuras de Simbad el marino, quien desembarcó en una isla y preparó una fogata sólo para descubrir que la isla era una ballena que se sumergió en las profundidades. (2)

La noción de Donnelly de que el continente hundido era la Patria original de los arios, o “familia indoeuropea de naciones”, despertó desde luego el interés de los pseudocientíficos nazis. En 1922, Karl George Zschartzsch publicó Atlantis, die Urheimat der Arien (Atlántida, la patria original de los arios), demostrando que era una comunidad amante de la naturaleza formada por la raza de los amos y que debía buena parte de su perfección a una dieta vegetariana. Pero una mujer no aria inventó o importó bebidas alcohólicas (Eva y la sidra prohibida) provocando la pérdida de la gracia. Atlántida pronto chocó con la cola de un cometa.* Sólo tres personas escaparon: un viejo, una niña y una mujer embarazada.

Huyendo del fuego, descubrieron un géiser frío que salpicaba con sus aguas las ramas de un árbol grande. El viejo advirtió que una serpiente y una loba desaparecían entre las raíces del árbol y razonó que había una cueva bajo las raíces. Adentro, la mujer murió y el viejo fue a buscar agua fría: un pequeño meteorito le quemó los ojos pero la loba amamantó a la niña. (3)

Así la Atlántida explicaría una serie de mitos, como el tuerto Odín y Rómulo sin Remo.

Desde luego muchos creyentes en la Atlántida desechan ficciones como ésta, aunque sin embargo sostienen que debe haber alguna verdad en la historia principal. Siento la tentación de preguntar cuál verdad. ¿La Atlántida está sumergida, pero no es un paraíso? ¿Es un paraíso sumergido, pero no habitado por arios? ¿Un paraíso hundido habitado por arios, pero no destruido por un cometa? A cada paso la historia tropieza con una afirmación nueva y absolutamente infundada, hasta que el fabricante de mitos ha apilado un Pelión sobre un Ossa sobre un Olimpo de disparates que se balancean precariamente sobre frágiles evidencias.

Un ejemplo de esas evidencias, es el ánfora con cabeza de búho del doctor Paul Schliemann. Schliemann era nieto del arqueólogo Heinrich Schliemann, el descubridor de Troya. Pero mientras su abuelo era un científico serio, el doctor Paul se zambulló en los titulares con «Cómo descubrí la Atlántida, fuente de toda civilización». Allí describía objetos presuntamente heredados del abuelo, un ánfora con cabeza de búho y algunos documentos.

Adentro del ánfora había monedas cuadradas de una aleación de platino-aluminio-plata y una plata metálica escrita en fenicio: “Acuñadas en el Templo de los Muros Transparentes”. Entre (los documentos) descubrió el relato de cómo se había encontrado en Troya una gran ánfora de bronce con la inscripción: DEL REY CRONOS DE ATLANTIDA. (4)

El resto del artículo era evidentemente un refrito de los argumentos de previos atlantólogos y lemuriólogos, cm pocos o ningún aporte novedoso. Huelga añadir que el ánfora con cabeza de búho y las monedas cuadradas nunca fueron mostradas a los arqueólogos ni al público.

Los ocultistas no han sido lentos para asimila las pruebas atlantológicas de esta especie, ni para explorar esa tierra mítica. Teósofos como madame Blavatsky, Annie Besant y W. Scott-Elliott se contaron entre los primeros entusiastas; los siguieron rosacruces como Wishar S. Cerve y el antropósofo Rudolf Steiner, e independientes como Lewis Spence y James Churchward. Fue Churchward quien propagó la verdad revelada sobre Mu.

 LA SAGRADA MU

Quizá el paraíso sumergido original se estaba atestando, razón los teósofos decidieron fundar uno nuevo, Lemuria, alrededor de 1860. El nombre provenía de una teoría científica entonces en boga. Un geólogo austríaco sugirió que India y África estuvieron unidas en un tiempo por un puente continental. Estimó que la conexión se habría roto hacía unos sesenta millones de años y desde luego no dijo nada en absoluto sobre civilizaciones antiguas. La idea del puente continental fue desechada por los geólogos posteriores (la teoría actual sostiene que India se separó del África y se desplazó por la deriva de los continentes) pero Lemuria ya había contagiado a los acólitos de madame Blavatsky.

Helena Petrovna Blavatsky sostuvo que Lemuria era la patria de lo que llamaba la tercera Raza Raigal. Las Razas Raigales forman parte del mecanismo teosófico de la evolución. Hay siete Razas Raigales consecutivas en el plan, y cada cual desarrolla siete subrazas (según el patrón de St. Ives) antes de ser eliminada mediante el hundimiento de un continente. La siguiente Raza Raigal surge de una subraza de la predecesora, y así sucesivamente.

La primera Raza Raigal era absolutamente etérea (no entiendo cómo pudo ahogarse); la segunda tenía cuerpos semisustanciales. La tercera, que vivía en Lemuria, estaba formada por gigantes simiescos, hermafroditas, ovíparos, con cuatro brazos y tres ojos. Evolucionaron gradualmente hasta volverse humanos y el descubrimiento de la sexualidad normal causó su perdición. Lemuria se hundió.

La cuarta Raza Raigal surgió en Atlántida. La historia de la Atlántida, de W. Scott­ Elliott, 1914, describe las siete subrazas, empezando por los rmoahal, que eran negros y de tres metros de altura, hasta los tlavatli, los toltecas (ocho metros de estatura), los turanianos, los semitas (de quienes derivó la Quinta Raza Raigal), los acadios y los mongoles. La Atlántida se hundió.

La Quinta Raza Raigal, los arios, fueron de Egipto al desierto de Gobi, donde desarrollaron las primeras cinco subrazas: los hindúes, los egipcios, los persas, los celtas y por último los germanos. De acuerdo con Annie Besant, la sexta subraza está naciendo ahora, en California del Sur. De ella derivará la Sexta Raza Raigal, que habitará un nuevo continente que está por surgir del Pacifico.

Con frecuencia se piensa que el nombre “Mu” es un apócope de “Lemuria”, pero tiene otra historia. Parece haber empezado con la pseudolingüistica de Diego de Landa, uno de los primeros obispos del Yucatán y crítico de la cultura maya por decisión propia.

La primera contribución de Landa a nuestra comprensión de los mayas fue quemar todos los documentos escritos de que pudo echar mano. Su purga fue tan exitosa que sólo nos quedan tres libros mayas: el códice Dresden, que no está intacto, el códice Perezianus, y el códice Tro­ Cortesianus. Más tarde, el obispo cambió de parecer. Quizá no era tan malo aprender un poco de maya. Exigió a los nativos el “alfabeto maya”.

Figura 5-1

Como el maya es una lengua pictográfica no tiene alfabeto, pero aparentemente los nativos trataron de satisfacerlo. Para la A, le mostraron aac (tortuga), una cabeza de tortuga. Para la B, le mostraron be (camino), una imagen de un camino con una huella impresa (figura 5-1).

Naturalmente, el alfabeto de Landa fue inútil. En 1864 el abate Brasseur de Bourbourg trató de usarlo para traducir el códice Troanus (la mitad del códice Tro­Cortesianus) y el resultado fue una farragosa historia sobre una explosión volcánica. Tomó un par de símbolos recurrentes, la M y la U del alfabeto de Landa, como denominación del área de desastre, y nació Mu.

Los de Camp, citando directamente el estudio de Brasseur, dicen que su traducción comienza:

El amo es aquel de la tierra revuelta, el amo de la calabaza, la tierra revuelta de la bestia parda (en el lugar engullido por las mareas); es él, el amo de la tierra revuelta, de la tierra hinchada, más allá de lo mensurable: él el amo (…) de la cuenca de agua. (6)

H. S. Bellamy, en su traducción inglesa de Hörbiger, propone otra versión:

En el sexto ario de Kan, en el mes de Sak, el once de Muluk, empezaron los terremotos, de una violencia jamás experimentada hasta entonces. Continuaron sin interrupción hasta el trece de Chuen. La isla de Mu, la tierra de las montañas de lodo (…) encontró su fin por ellos. (7)

El códice Troanus en verdad fue traducido más tarde. Resultó ser un tratado astrológico muy coherente que no habla de terremotos, volcanes ni Mu.

El paladín más célebre de Mu siempre ha sido James Churchward, un coronel británico retirado que escribió una serie de libros pseudo­eruditos sobre el tema: El continente perdido de Mu, Los hijos de Mu, Los símbolos sagrados de Mu, etc., etc. Lo esencial de esos libros es un conjunto de «tablillas de Naacal» que según Churchward le mostraron en un monasterio oriental. El monasterio estaba ubicado en la India en uno de los libros, pero en otro se mudó al Tibet. Los creyentes quizá no den importancia a esos detalles (Kolosimo cita profusamente a Churchward). El coronel tradujo fas tablillas para revelar la larga y tediosa verdad sobre Lemuria. Que él tuviera más de setenta años cuando las empezó quizá explique esos devaneos semi­coherentes, ese berenjenal de antievolución, reencarnación, antigravedad (que Jesús usó para caminar sobre las aguas), geografía irredimible y notas al pie como “4. Documento griego” o “6. Documentos diversos”. El frontispicio de El continente perdido de Mu es la foto borrosa de un ánfora con talladuras, algunas de las cuales casi pueden distinguirse. Es, afirma el coronel, el ánfora de Schliemann.

Los fraudes pseudoarcaicos últimamente han atraído a los ufólogos a la teosofía. Un trabajo teosófico clave es el Libro (o Estrofas) de Dyzan, presuntamente enterrado durante eones bajo un monte del Himalaya en una biblioteca secreta, y luego revelado en trances a madame Blavatsky en 1888. Ella se apresuró a anotarlo todo en sus seis volúmenes de La doctrina secreta. (8) Erich von Däniken ha estado investigando el asunto y ha descubierto aún más evidencias de una visita estelar. (9) Otro ufólogo, Frank Edwards, afirma que Dyzan cuenta cómo los alienígenas llegaron en una nave que circundó la Tierra antes de aterrizar, cómo se instalaron aquí pero encontraron una recepción hostil, y cómo se elevaron en una nave de metal y

mientras estaban a muchas leguas de la ciudad de sus enemigos arrojaron una gran lanza brillante que cabalgaba en un haz de luz. Hendió la ciudad de los enemigos con una gran bola llameante que subió a los cielos. (…) Todos los de la ciudad sufrieron quemaduras atroces. (10)

Samuel Rosenberg investigó esta cita asombrosa. Descubrió, primero, que el Libro de Dyzan no existe fuera de las ediciones de la Sociedad Teosófica; y, segundo, que ninguna de ellas contiene esa escena de guerra nuclear. Alguien le vendió a Edwards una edición fraudulenta.

Von Däniken no corre riesgos; cita la versión Blavatsky, que tiene el más puro estilo ocultista:

La raíz de la vida estaba en cada gota del océano de la inmortalidad, y el Océano era luz radiante. (…) Contemplad (…) espacio brillante, hijo del espacio oscuro (11)

y así sucesivamente, hasta los siete hálitos del dragón de la sabiduría. Cuando apareció este tedioso documento, al menos un estudioso pudo demostrar que no era ninguna obra antigua en sánscrito, sino que provenía directamente de la pluma y lecturas de madame B:

Demostró que sus fuentes principales eran la traducción de H.H. Wilson del antiguo texto hindú Vishnu Purana, Vida en e l mundo o geología comparada, de Alexander Winchell, la Atlántida, de Donnelly y otras obras contemporáneas, científicas, pseudocientíficas y ocultistas, plagiadas sin escrúpulo y usadas con una torpeza que demostraba un conocimiento superficial de los temas en discusión. La mayoría de las Estofas de Dyzan estaban tomadas del Himno de la creación del antiguo Rig-Veda sánscrito, como lo demuestra enseguida una comparación entre ambas obras. (12)

CLARION

Casi tan atractiva como la teoría de que Cristo está esperando el segundo advenimiento en Venus, o la teoría de Godfried Bueren de que el sol es hueco y tiene plantas en su interior, (13) es la idea de un planeta oculto atrás del sol.

Ese planeta es Clarion. Se supone que se desplaza en una órbita que se corresponde con la terrestre y lo mantiene continuamente fuera de nuestra vista. Como los continentes hundidos, o las regiones del interior de la tierra, puede ser poblado imaginativamente con razas perdidas, demonios, gigantes y demás.

Al principio la idea no parece imposible. Aunque la órbita terrestre es una elipse, no un círculo, podría suceder que Clarion estuviera en oposición permanente. Así podría ser fuente de OVNis, o una Tierra duplicada donde el Destino produce sosías para todos nosotros…

Lamentablemente, la extraña órbita de Clarion sólo sería posible si Clarion y la Tierra fueran los únicos hijos del Sol. Tal como están las cosas, la órbita del planeta oculto sería tan perturbada por la atracción de Venus y Marte que pronto sería visible. Los cómputos realizados por la oficina del Almanaque Náutico del Observatorio Naval de los EE.UU. demostraron que Clarion no podía permanecer oculto más de una treintena de años. Además, Clarion mismo alteraría notablemente la órbita de otros planetas. Por último, aunque Clarion tuviera una masa cero, la órbita de la Tierra es alterada por otros planetas, y en menos de un siglo dejaría de estar alineada con su gemelo y lo tendría a la vista. El sistema solar sigue obstinado en portarse como si Clarion fuera intangible e invisible, o bien como si no existiera. (14)

.

Parte 1.1 Parte 1.2 Parte 1.3

Fuente: “Los Nuevos Apócrifos” (R) John Sladek. En El Péndulo Nro 4. Segunda Época. Octubre 1981.  pp. 27-47. Se puede acceder a la versión original en PDF en este link de Ahira.

*Las colas de los cometas, aunque enormes, no contienen suficiente material sólido contra el cual «chocar». El efecto de semejante choque sería tan perceptible como el choque de un avión contra bacterias transportadas por el aire.

Notas bibliográficas

1 Ignatius Donnelly, Atlantis (Nueva York: 1882; y muchas ediciones subsiguientes. La última es Londres: Neville Spearman, 1970, ed. Egerton Sykes).

2 Egerton Sykes, “Lemuria Reconsidered”, The Atlantean, marzo abril 1971.

3 de Camp & Ley, Lands Beyond, p. 22.

4 de Camp & de Camp, Citadels, pp. 13-14.

5 Ibid., pp. 7-10.

6 Ibid., p. 10.

7 H. S. Bellamy, Moons, Myths and Man.

B H. P. Blavatsky, The Secret Doctrine (Adyar, India: Theosophical Publishing House, l888, 6 vol.).

9 von Däniken, Return to the Stars, pp. 149·54.

10 Frank Edwards, Flying Saucers Serious Business (Nueva York, Lyle Stuart: 1966); citado en el Informe Condon, p. 495.

11 von Däniken, Return to the Stars, p. 151.

12 de Camp & de Camp, Citadels, p. 231.

13 Gardner, Fads and Fallacies, p. 327.

14 Condon Report, pp. 853-4.

1 Trackback / Pingback

  1. Los nuevos apócrifos, de John Sladek (parte 3.1) - Proyecto Synco

Los comentarios están cerrados.