Los nuevos apócrifos, de John Sladek (parte 2.3)

El elusivo monstruo del Lago Ness, la ceremonia de suicidio en masa de los lemmings, los dudosos hallazgos de fósiles que contradicen la teoría de la evolución, la logística del Arca de Noé y los polémicos avistamientos del Yeti son los temas abordados en esta entrega del visionario libro de John Sladek, Los Nuevos Apócrifos. Guía de ciencias extrañas y creencias ocultistas, que comenzamos a reeditar hace algunas semanas e iremos completando a lo largo de 24 entregas. Existen análisis posteriores más completos, pero el ensayo de Sladek –por la información, el estilo sarcástico pero ameno y el desarrollo argumentativo– fue crucial para toda una generación interesada en la ciencia y la literatura que se acercó por primera vez a este texto en las páginas de la maravillosa revista argentina de ciencia ficción El Péndulo.

Traducción: Carlos Gardini. Dibujos: Alfredo Grondona White. Transcripción: Pedro Perucca

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7. Mascotas perdidas

Las sirenas fueron una especialidad de Phineas T. Barnum. Exhibió varios especímenes embalsamados en el curso de los años, junto a prodigios tales como el Gigante de Cardiff petrificado y Joice Heth, la niñera de George Washington que tenía 161 años.* Las sirenas de Barnum, como las exhibidas en Europa, eran fabricadas por pescador es japoneses. Pero en 1858 por lo menos un taxidermista inglés había aprendido la técnica de coser medio mono a media merluza.

Los naturalistas nos han obligado paulatinamente a canjear nuestras bestias fabulosas por sustitutos decepcionantes. Por el elegante unicornio recibimos al gordinflón rinoceronte; por el dragón, un cocodrilo chino; por la hidra de cien cabezas, un pulpo. El roc que Simbad vio llevando elefantes adultos resulta ser un mero primo extinto del avestruz, grandote pero incapaz de volar; el fénix, una garza púrpura. Y para colmo la sirena ha degenerado en vaca marina. Con razón tantos de nosotros necesitamos Disneylandia.

Desdé luego hay ciertas eminencias entre los prodigios animales que aún no han sido capturadas por los naturalistas…

MUCHO LAGO Y POCO MONSTRUO      

El monstruo de Loch Ness salió a la superficie en 1933. Un circo y una sociedad zoológica ofrecieron recompensas por su captura, trazando así las verdaderas líneas de batalla. Aldous Huxley, entre otros, opinó públicamente que era real, y todos los argumentos que durante siglos hablan rodeado a las serpientes marinas fueron transferidos a este nuevo ejemplo.

¿Era la criatura un gran reptil marino sobreviviente del mesozoico? ¿Era una anguila gigante de una variedad hasta entonces desconocida? ¿Podía ser un ejemplar vivo de la especie de ballenas extinguidas Zeuglodon, alias Basilosaurus? Sólo la prensa sensacionalista lo sabía con certeza.

Una expedición de periodistas no tardó en localizar huellas en la costa, dejadas por algún gigantesco cenicero de pie. Los visitantes empezaron a ver al monstruo regularmente, en forma tan variables como las de los masarcianos. Con más frecuencia, se manifestaba como una o más jorobas oscuras flotando en la superficie del lago.

El número [de jorobas] iba de uno a ocho, y los testigos convenían en que tenían que pertenecer a un animal grande que se desplazaba casi sobre la superficie del agua. (1)

(Esto parece emparentado con el proceso ufológico mediante el cual una serie de luces -fragmentos de la nave espacial rusa Zond IV incinerándose en la atmósfera- es asociada a gusto del observador:

Incluso puede ver una forma oscura y alargada que las asocia de tal manera que se transforman en luces de un objeto con forma de cigarro, o incluso ventanillas de un objeto con forma de cigarro. (2)

Probablemente un proceso gestáltico similar posibilitó a los ufólogos antiguos ver dioses en las constelaciones.

Un análisis exhaustivo de los informes ocupó el año siguiente en la vida de Rupert T. Gould, un oficial naval retirado. Su libro El monstruo de Loch Ness apareció en 1934. (3) El comandante Gould ha sido descrito en otra parte como “una autoridad en temas tan diversos como la evolución de la máquina de escribir, el movimiento perpetuo, la transmutación de los metales, los canales de Marte y el truco de la soga india”. Aplicó al monstruo esta formidable batería de especialidades y sacó buen partido de ella.

Su libro ofrece cincuenta y un informes, varios bocetos y fotografías, un mapa del lago donde se indican todas las apariciones y una tabulación integral de todos los informes para determinar sus factores comunes.

Estos factores comunes, ay, eran sólo jorobas oscuras flotando en la superficie del loch, elusivas como los canales de Marte. La evidencia del comandante Gould sobre la existencia del monstruo descansa en definitiva en tres puntos:

1. Una gran cantidad de personas declaró haber visto jorobas en la superficie.

2. Unas pocas declararon haber visto más detalles del monstruo o haberlo visto en tierra firme.

3. Una persona declaró haberlo fotografiado.

De 51 testimonios, 47 datan del 4 de abril de 1933 al 1° de mayo de 1934. Los otros cuatro, desperdigados en la década anterior, fueron «recordados» repentinamente después que cundió la chifladura. Esto parece indicar que ese año había monstruo encerrado. Aunque ha habido cientos, quizá miles de testimonios en los cuarenta años transcurridos desde entonces, Loch Ness nunca ha visto un período tan breve e intenso de testimonios consistentes.

Un monstruo se vio dos veces en tierra firme. Una vez atravesó la carretera en pleno día frente al coche del matrimonio Spicer:

Tenía un cuerpo grueso sin patas visibles y un pescuezo largo que ondulaba hacia arriba y hacia abajo. (…) El color del cuerpo era gris, como un elefante sucio o un rinoceronte, y se movía a sacudones. (4)

Seis meses después, A. Grant tuvo una experiencia similar, mientras viajaba en su motocicleta (en la misma carretera, que circunda el lago). Aunque esta vez era de noche, Grant distinguió claramente otras características de la bestia. La cabeza era

como de anguila, con ojos grandes cerca de la coronilla. También Observó que el animal tenía fuertes aletas frontales y cola redondeada. Era negro, de unos seis metros de longitud, y se movía arqueando el lomo frontal y las aletas traseras alternativamente. (5)

Ambas descripciones, aun sin considerar los trucos de la percepción y la memoria, son aplicables a una sola criatura no mítica, a saber, una foca grande. Esto lo ha sugerido Richard Carrington, quien cree que la foca entró en el lago una primavera, nadando por el río Ness, se quedó hasta la primavera siguiente, y se fue por el Firth de Beauly.

El frontispicio del libro del comandante Gould es la foto más nítida y más famosa que existe del monstruo. Muestra una silueta emergiendo del agua, que podría ser la cabeza de un saurio, la cabeza de un ganso, o casi cualquier cosa. Fue “tomada en Invermoriston por el señor R. K. Wilson, FRCS, el 1º de abril de 1934, a una distancia de 150-200 metros”. Veintitrés años más tarde apareció otra foto tomada por el señor Wilson el mismo día. Las dos figuran como frontispicio de Más que una leyenda, de Constance Whyte, 1957. Se dice que la nueva foto se tomó “inmediatamente después” que la primera, y que “muestra al monstruo sumergiéndose”. También parece mostrar la superficie del lago entero encogiéndose, pues todas las olas se han reducido. O bien el señor Wilson retrocedió un poco o bien cambió de lente. Whyte cuenta toda la historia de la fotografía asegurándonos que tanto el doctor que la tomó como el químico que la reveló eran personas muy confiables. (6)

En 1961 Tim Dinsdale, ARAeS, había encontrado nuevas pruebas del monstruo en la primera fotografía:

Mirando la foto a medio metro de distancia, hay dos clases de ondas en la superficie. Las líneas paralelas de las ondas creadas por el viento (…) y un gran círculo de ondas concéntricas causadas por la perturbación central, el pescuezo. A primera vista esto es todo lo que puede verse, pero mirando de nuevo es posible distinguir un segundo círculo de ondas más pequeñas causadas por algún disturbio en la parte trasera del pescuezo. (7)

Siempre y cuando sea un pescuezo. Para Dinsdale esta segunda onda, que yo no veo en absoluto, es evidencia de que el “pescuezo” tiene un cuerpo bajo la superficie. Desde luego, los mismos argumentos son válidos ya se trate de un monstruo, el brazo de un nadador, un árbol hundido con una rama sobresaliendo, o el cuerno de un unicornio. A fin de cuentas, todo lo que nos dejan Gould, Whyte y Dinsdale es una mala foto que podría ser cualquier cosa, tomada el Día de los Inocentes** en el apogeo de la fiebre del monstruo.

Desde 1934, el monstruo fue baleado, perseguido en botes, buscado en submarino y detectado en sonar. Pero los observadores más convencidos son los que tienen menos experiencia en la observación de fenómenos naturales: visitantes de fin de semana que, a fuerza de buscarla, encuentran una curiosidad. Generalmente tienen una idea mucho más cabal de cómo debería ser un monstruo marino que de cómo es un ave acuática.

La foca de Carrington parece una explicación probable. Otras explicaciones tropiezan con una serie de preguntas sin respuesta. Si la criatura fuera una descomunal especie de mamífero o reptil no descubierta, y presumiendo que todavía viva allí, tiene que haber emergido para respirar entre 50.000 y 500.000 veces. Cientos de zoólogos y miles de fotógrafos han pasado días y semanas buscándola. Sin embargo, no se obtuvo ninguna fotografía nítida ni ninguna identificación positiva.

La posibilidad de que existan monstruos marinos es por cierto mucho mayor. Sin duda los océanos del mundo son lo suficientemente amplios y ricos en vida como para albergar tales criaturas, que podrían ser reptiles o especies serpentinas de ballena que se han dado por extinguidas. Una gran cantidad de serpientes marinas o monstruos marinos han aparecido en las costas, pero inevitablemente resultan ser ballenas parcialmente descompuestas (o parcialmente devoradas), cuyo espinazo decapitado, sobresaliendo de una masa de carne, se asemeja a un cuello largo y serpentino. Gould mostró una fotografía de una de éstas en su libro en 1934, y la última se encontró en una costa de Nueva Inglaterra hace pocos meses.***            

EXTERMINIO DE ROEDORES      

Uno de los mitos menudos e infundados relacionados con animales que aún goza de popularidad es el “impulso suicida” de los lemmings. Se supone que periódicamente los pequeños roedores emprenden una taciturna marcha de las tierras altas de Noruega y Suecia, donde viven, hasta el mar, al cual se arrojan. La mejor fuente de esta noción es la Encyclopaedia Britannica, undécima edición, que enfatiza la inexorabilidad del asunto. Los lemmings

avanzan firme y lentamente. (…) Ninguno regresa, y la marcha obstinada de los sobrevivientes nunca cesa hasta que llegan al mar, en el cual se hunden y ahogan. (8)

Damon Knight, todavía a la pesca de datos forteanos, se pregunta de dónde sale la siguiente oleada de lemmings.

Con el objeto de explicar la supervivencia continua de los lemmings, debemos suponer o bien que algunos se vuelven a último momento, un hecho que nunca se ha observado, o bien que algunos lemmings de las tierras altas no intervienen en la migración masiva. Si lo último es verdad, supondríamos que el instinto migratorio habría sido eliminado de la raza hace tiempo. (9)

Infiere alguna clase de creación especial, o bien lluvias forteanas de roedores (que no se han “observado” desde 1578). Pero toda esta mistificación depende de las palabras “instinto migratorio”. No existe ninguna evidencia de que estas migraciones sean instintivas. Bergen Evans las explica como:

Un mero apiñamiento en las llanuras costeras de un sobrante de individuos criados periódicamente en las colinas. Es un movimiento irregular de individuos y a menudo lleva años. Las criaturas pueden remontar arroyos pequeños, y es posible que algunas lleguen al océano, se alejen demasiado para poder regresar nadando, y se ahoguen. (10)

Los experimentos con ratas han mostrado que el exceso de población puede inducir una conducta psicótica, de modo que hay posibilidades de que los lemmings pierdan la chaveta periódicamente. Pero parece igualmente probable que migren en busca de alimentos, nuevos lugares donde anidar, o simplemente para huir de la multitud. Ningún científico serio ha sugerido, en las últimas ediciones de la Encyclopaedia Britannica, que los lemmings posean una poderosa Voluntad de Muerte.

EVOLUCION

En 1970 el estado de Tennessee concedió al fin que la evolución podía mencionarse en las aulas sin que ello implicara necesariamente la corrupción de los educandos. Desde luego la evolución, como la revista fundamentalista The Plain Truth (La sencilla verdad) recuerda constantemente a sus lectores, es sólo una teoría.

Es cierto, pero la evidencia que respalda esta teoría en especial es abrumadora. Hasta ahora es la explicación más simple, y no sólo cuadra con los hechos, sino que puede verificarse. Más aún, explica muchas cosas que la alternativa restante -Dios extrayendo a Adán del lodo- no explica.

The Plain Truth publica sin embargo un caudal incesante de artículos y panfletos explicando que la evolución no funciona. Un argumento se concentra en los “fósiles vivientes”, criaturas como el celacanto, un pez que sustancialmente no ha cambiado en setenta millones de años. Los biólogos pueden explicar que la evolución procede con ritmo diferente en diferentes especies, según las presiones evolutivas y las oportunidades accesibles en el medio ambiente, pero no hay caso. Los fundamentalistas saben la sencilla verdad: nada evoluciona nunca.

Un segundo abordaje consiste en pedir a los evolucionistas que expliquen exactamente cómo llegó cada criatura a su estado actual, dotada con mecanismos tan complicados como ojos, garras, aletas, etc., que se adecuan tan perfectamente a su vida actual. Si un elefante necesitaba una trompa para sobrevivir, reza el argumento, ¿cómo sobrevivió el tiempo suficiente para desarrollar una trompa? Lamentablemente este argumento simplifica tanto las explicaciones evolucionistas que las reduce a la imbecilidad. Los evolucionistas podrían, si los apremiaran, pintar todo un escenario de mutaciones razonables, algunas «documentadas» por fósiles, especies intermedias vivientes o el desarrollo embrionario, para explicar una característica como la trompa del elefante. Sin embargo, en general evitan esas especulaciones a menos que haya abundante “documentación”, tal como en general los historiadores evitan especular sobre si Alejandro Magno tenía caspa. Lo cierto es que los animales que no se adaptan a un medio ambiente cambiante perecen. Y si se adaptan tienen que transformarse en animales diferentes.

En “¡Se ríen de la evolución como caballos!”, Paul Kroll cree la sencilla verdad de demostrar que los caballos siempre han sido idénticos a Trigger y Black Beauty, y nunca se parecieron ni remotamente a Eohippus. He aquí su método:

El científico Theodosius Dobzhansky afirma sin titubeos: “Muchos libros de texto y manuales populares de biología representan la evolución de la familia del caballo como si empezara con el Eohippus y progresara en línea directa hacia el moderno Equus (…) de acuerdo con Simpson, esta simplificación equivale en verdad a una FALSIFICACIÓN” (Theodosius Dobzhansky, Evolution, Genetics and Man, p.302). ¿Han visto eso? He aquí un científico eminente citando a otro científico eminente. (11)

Sin embargo, la eminencia de ambos no se nota en citas mutiladas. Después de la palabra “Equus”, en el original se lee:

Este progreso evolutivo presuntamente implicó que los animales crecieran más y más, mientras sus pies perdían dedo tras dedo, hasta que sólo les quedó un casco. De acuerdo con Simpson, esta simplificación equivale en verdad a una falsificación. En realidad, las cosas ocurrieron de un modo más complejo, pero más significativo. (12)

Dobzhansky pasa luego a describir la evolución del caballo desde Eohippus, enfatizando el importante cambio de un animal rumiante a un animal no rumiante. Al pretender que los científicos rechazan absolutamente la evolución Eohippus-Equus, Kroll mismo incurre en una pequeña FALSIFICACION. O, de lo contrario, en su afán por acusar a los evolucionistas con sus propias palabras, malinterpreta algo que es tan claro como el pico de pato del ornitorrinco. El ornitorrinco con su pico de pato, de paso, es considerado por The Plain Truth una broma divina. Sin duda los números siguientes explicarán la trompa del elefante como un acto fallido del Señor.

NOE & CIA.

Una de las catástrofes antes favorecida como explicación de las especies extinguidas era el Diluvio. Después, o bien Dios habría empezado desde cero con nuevas especies, o bien nos ponemos a escalar el monte Ararat en busca del Arca de Noé.

Desde 1947 se han realizado media docena de expediciones al Ararat para encontrar rastro del Arca. La investigación ha sido entorpecida por el hecho de que el lado oriental del Ararat se extiende más allá de la frontera soviética, y ese ascenso de la montaña es peligroso, pues las cuestas superiores están tapadas por un grueso casquete de hielo que cubre todas las posibles reliquias. (…) El Editor casi emprendió un viaje semejante en 1950 pero se lo impidieron varias razones, principalmente políticas. (13)

El Editor es Egerton Sykes, atlantólogo y seguidor de Hörbiger. Aproximadamente cada año desde la infructuosa tentativa del doctor Aaron Smith en 1949, otro nuevo grupo de esperanzados trepa las laderas del Ararat buscando el Arca. ¿Por qué lo hacen? Porque no existe.

Hace algún tiempo, los sabelotodos empezaron a cuestionar la idea del Arca. Walter Raleigh, tras calcular que era demasiado pequeña para albergar tantos animales, dedujo que Noé debió de llevar solamente los animales del Viejo Mundo y las especies del Nuevo Mundo habrían evolucionado a partir de ellos.

Eso fue en 1616. Para mayo de 1970 The Plain Truth ya había preparado una refutación. El artículo de John E. Portune se desvive por demostrar que el Arca era bastante amplia, después de todo. Calcula que tenía un volumen de 300 x 50 x 30 cúbitos, o sea (según la equivalencia del cúbito) entre 1.5 y 3 millones de pies cúbicos. Desde luego, elige la cifra más grande.

A continuación, Portune analiza el reino animal, descubriendo que el 60 por ciento de las especies vive en el mar, y otro 18 por ciento son insectos. El resto tiene “el tamaño promedio de un macaco”, y de éstos hay unos 20.000. Así llega a una cifra de 40.000 jaulas capaces de albergar macacos, y cada jaula es un cubo con 80 centímetros de lado.

Sólo el 20 por ciento del millón de metros cúbicos del Arca bastaría para albergar 40.000 jaulas (…) Y así, visto desde la perspectiva de los hechos científicos, sólo una de las tres cubiertas alcanzaba para alojar a “todos esos animales”. (14)

Portune ha cometido una serie de errores elementales. Por empezar, concibe un Arca con forma de bloque rectangular, con paredes de grosor cero. Para darle forma y construcción marinas hay que reducir la capacidad en un 27 por ciento (hasta 327.000 cúbitos cúbicos). En segundo lugar, las jaulas de animales no pueden apilarse en cualquier rincón disponible; las criaturas tienen que respirar, y tiene que haber pasajes para alimentarlas, abrevarlas y limpiarlas. Con todas las ventajas, Portune no puede meter todo su zoológico a bordo. A lo sumo puede llegar a 35.000 macacos. Pero, gracias al hacinamiento, el calor, el ruido, la mugre, la falta de alimentos frescos y ejercicios, el Arca de Portune pronto tendría una población menos numerosa. No habría ningún lugar para los ocho humanos a bordo, excepto en los pasillos entre las jaulas; claro que de cualquier modo pasarían todo el tiempo allí.

El cuidado de los animales implicaría mucho más que ratones vivos para las serpientes, hojas de eucalipto frescas para los koala y bambú fresco para los pandas. En este periodo (ciento cincuenta días o más) significa ría acarrear más de tres toneladas de agua por día y otros trabajos hercúleos.**** Significaría limpiar las semillas de ciertos loros, cortar rosas lozanas para una perversa raza de hormigas que rehúsa comer otra cosa, pasar el tiempo con los gorilas para que no se mueran literalmente de aburrimiento, y bañar al hipopótamo. Con razón Noé se embriagó al desembarcar.

CUENTOS POPULARES

El objeto de tener un Arca es por supuesto negar la evolución, y el objeto de eso es negar la evolución humana. La tentativa de separar al hombre de los primates pue· de ser tosca. The Plain Truth muestra un. dibujo de un hombre de Neanderthal “acicalado” -rasurado, el pelo cortado al rape, bonita camisa blanca, chaqueta y corbata- como prueba visible de que la raza humana siempre ha vivido en la ciudad.

Los intentos más sofisticados incluyen El hombre fósil, de Frank W. Cousins. Arguye que la evidencia fósil de la evolución humana es escasa, pues consiste principalmente en unos cuantos cráneos hallados en localidades alejadas entre sí. Algunos pueden ser humanos, otros no, pero:

la yuxtaposición de dos o más cráneos de diferentes animales puede tener poco peso en la defensa de la evolución a menos que se establezca un enlace genealógico. (15)

Pero la defensa de la evolución humana no se apoya, naturalmente, en unos cuantos cráneos y fragmentos de cráneos, sino en la evolución de todas las especies, para lo cual existe mucha más evidencia. El hombre es identificable como primate por su desarrollo embrionario y sus características físicas, tal como el canguro es identificable como marsupial.

La mayoría de los argumentos contra la evolución humana o bien descartan toda teoría evolutiva, como parece hacer Cousins, o bien le permiten operar en todas las especies hasta el hombre, donde la frenan de golpe. Von Däniken favorece la idea de que los extraterrestres copularon con simios para engendrar al hombre. Robert Charroux (16) prefiere pensar en el hombre mismo como un extraterrestre que vino aquí y presumiblemente olvidó cómo regresar. Peter Kolosimo insinúa que los hombres del espacio engendraron nuestra especie o bien la fabricaron con material local.

Tales teorías en general enfatizan las características singulares del hombre, como el lenguaje y la cultura, que según dicen no pudieron surgir naturalmente de los monos. Por lo tanto, el lenguaje y la cultura debieron llegar aquí de algún planeta distante. Evidentemente a nadie se le ocurrió preguntarse cómo surgieron en primer lugar en el planeta distante. Charroux, von Däniken y Kolosimo se limitan a desplazar un eslabón de la cadena evolutiva al espacio exterior, sin explicar ese eslabón.

En 1911, Charles Dawson, anticuario y abogado, encontró un cráneo en un cascajar de Piltdown, en Sussex. Ese cráneo provocó un gran revuelo científico acerca de los orígenes del hombre, pues tenía una enorme cavidad craneana y una quijada de simio. Si era genuina, significaría que el hombre había desarrollado un cerebro grande medio millón de años atrás, antes de transformarse verdaderamente en un hombre. Unos pocos escépticos sostenían la opinión opuesta, la de que el cerebro del hombre había evolucionado después que llegó a hombre, pero aquí estaba el Hombre de Piltdown para refutarlos.

La controversia continuó cuarenta años, principalmente porque Dawson rehusaba permitir a sus oponentes que examinaran el cráneo. Por último, en 1953, una prueba con flúor realizada por J. S. Bruner, K. P. Oakley y W. E. LeGros Clark demostró que el Hombre de Piltdown era un fraude, un cráneo huma no unido a una quijada de simio.

Todavía es un misterio quién enterró el cráneo de Piltdown en ese cascajar. Pero existen algunas evidencias de que Dawson ocasionalmente tenía huesos y cosas similares para fabricar fósiles.

En 1937 el doctor G.G. Simpson tuvo la mala suerte de ser el autor de un boletín de 287 páginas para el Museo Nacional de los EE.UU. titulado “Las faunas mamíferas de Fort Union, Crazy Mountain Field, Montana”. En alguna parte de este documento describía a los primates más antiguos que se conocían, que él no había encontrado en esta investigación paleontológica. El libro era largo y técnico, así que aparentemente pocos periodistas se molestaron en leerlo. En cambio, inmediatamente se pusieron a citar erróneamente una sinopsis periodística preparada por el museo. El doctor Simpson había enfatizado que los primates aludidos no debían considerarse ancestros directos del hombre. Pero el servicio telegráfico de Associated Press inició el artículo:

En vez de descender del mono el hombre probablemente desciende de un animal arborícola de cuatro pulgadas de alto que fue el tataratatarabuelo de todos los mamíferos terrestres de hoy. (17)

Simpson había destacado que los animales eran pequeños como ratas y ratones. La prensa no necesitaba más:

¿EL MONO PADRE DEL HOMBRE? NO, UN RATON… Sacramento, California, Union.

ANIMAL ARBORÍCOLA DE CUATRO PULGADAS CONSIDERADO ANCESTRO DEL HOMBRE Shereveport, Luisiana, Times.

EL ESTUDIO DE LOS MAMÍFEROS PRODUCE UNA NUEVA TEORÍA DE LA EVOLUCÍON Newport New, Virgina, Press. (18)

Varios periódicos declararon que Simpson había encontrado el «eslabón perdido» que tanto ha fascinado a la prensa por un siglo. El eslabón perdido lo ha sido todo, se ha encontrado en todas partes: en el “Cráneo del Plioceno” hallado en una mina de California (donde lo había puesto un boticario de California) e inmortalizado por la oda de Bret Harte; en los pigmeos fósiles de Bombay, que jamás existieron, fuera de los rumores locales y de la prensa mundial; en los gigantes peludos que amenazaron a la Columbia británica en la década de 1930, que desaparecieron sin dejar rastros; y en el amerantropoide presuntamente liquidado por Francis de Loys en 1929. De Loys de algún modo perdió la piel de su espécimen, y sólo conservó una foto ambigua que para los escépticos parecía un mono de los llamados aracnoides. (19)

Muchos, sin embargo, insisten en que el eslabón perdido vive en lo alto de los Himalayas, evitando la publicidad. O eso cree él.

ABOMINABLES ANONIMOS

La sobrecubierta de El Yeti, de Odette Tchernine, promete mucho: «Expediciones rusas compuestas por científicos están por descubrir la identidad del ABOMINABLE HOMBRE DE LAS NIEVES.» (20) El interior del libro ofrece un poco menos. Casi todas las «expediciones» comentadas están conspicuamente compuestas por no científicos: explorador, ingeniero, fotógrafo aficionado, etc. Los científicos sólo aparecen de vez en cuando, en general entrevistando a tribus de montaña o bien repitiendo cuentos de viajeros.

Todas las anécdotas de Tchernine parecen encajar en cuatro encabezamientos. El primero, mitos y leyendas tribales, incluye todas las historias que empiezan «un anciano de la tribu – – – – dice». Estos pueden ponerse aparte como presuntas ficciones.

El segundo incluye los rumores. Tchernine repite una historia que le contó alguien que conocía a alguien en África Oriental que quizá una vez vio una silueta extraña o huellas extrañas. Como evidencia tienen tanto valor como los chistes donde Fulano aconseja a Mengano que vea a Zutano.

El tercero incluye historias respaldadas por evidencia física, que en todos los casos resulta ser espuria. Un cuero cabelludo de yeti está hecho de piel de cabra. Una presunta mano de yeti disecada en un cofre resulta ser la garra disecada de un zorro. (Esto en el relato de un tal doctor Porshnev, quien observa con pueril optimismo: «Pero la mano real tiene que estar en alguna parte»). Un yeti muerto en las montañas Pamir, donde se lo ve tan a menudo, resultó ser un enorme macaco macho (esta vez el doctor Porshnev adopta la misma actitud que John Keel con respecto a los fraudes OVNI: alguien tiene que estar tratando de ocultar la verdad con evidencias falsas).

El grupo final consiste en trece historias de primera agua. Estos engendros tienen un aire de familia que las asemeja, y también evocan los buenos cuentos de fantasmas. Al narrador le cuentan una leyenda local sobre un «hombre salvaje». Luego despierta para encontrar Algo en su dormitorio, o bien lo despiertan aterrados guías locales que le señalan el monstruo. A menudo ve la criatura mientras está solo, de noche, y por unos segundos. Quizá desea rastrearla o perseguirla, pero los supersticiosos guías rehúsan cooperar. Pocos de los narradores parecían saber algo sobre la fauna local, y sólo dos tenían alguna experiencia con la zoología. Cuatro historias también implicaban rumores. El cuadro 7-1 destaca las similitudes con los cuentos de fantasmas.

Esto desde luego no descarta los cuentos sobre el yeti, pero sí parece indicar que no hay más (ni menos) razones para creer en el yeti de Tchernine que en los fantasmas.

Algunas historias obviamente no hablan de yetis. Una persona descubre un “hombre salvaje” del bosque manchuriano meridional que ha sido capturado y domesticado por un cazador chino. Su rostro

parecía el rostro de una bestia de presa, y esta impresión era acentuada por la enorme boca abierta, en cuyas honduras centelleaban filas de poderosos colmillos (…) Sus ojos salvajes y demenciales brillaban en la oscuridad como los de un lobo. (21)

También gruñe, tiene el pelo desgreñado y come ardillas crudas. Cuando el amo lo lleva a la ciudad, en general termina por liquidar algún perro: “estrangula al perro en un santiamén y le desgarra la garganta a dentelladas”. (22) Una noche el guía despierta al narrador y se alejan del campamento para presenciar cómo “la cosa” le aúlla a la luna y corre con una manada de lobos.

Ahora bien, esto pertenece a una clase de historias célebres y populares en el siglo pasado. Cuando se las puede investigar, sus hombres salvajes, hombres lobos y niños babuinos inevitablemente resultan seres humanos patéticos y retardados. Bergen Evans menciona un hecho definitivo sobre estos cuentos:

los lobos cuya conducta imitaban no eran lobos comunes de cuatro patas, ni siquiera una especie particular de los lobos comunes (…) sino genuinos lobos de historieta, Lupus vulgus fantasticus, corriendo en manada, aullando puntualmente, y emitiendo un «fulgor siniestro» con los ojos. (23)

Si esos cuentos son la evidencia de los yeti, también podemos incluir las leyendas de los Tres Cerditos, Tarzán, y ese simio descomunal al que ·vieron por última vez cuando escalaba el Empire State Building.

El yeti incluye alguna evidencia fotográfica, principalmente de “huellas de yeti” que se parecen muchísimo a las huellas de monstruo que de niño yo estampaba prolijamente en la nieve con la esperanza de asustar al cartero. En California, dos hombres tomaron veinte segundos de película de una “mujer de las nieves” fugitiva, así llamada porque “ella” parece tener formas colgantes que se tomaron por pechos. Reproducida de cerca, la película se asemeja a un hombre con abrigo de piel de oso huyendo de la cámara. Varios científicos examinaron la película y no le dieron importancia. A la larga los hombres que la tomaron dijeron que ya no querían hablar más del asunto.

Las historias de Tchernine varían en los localismos y descripciones. Como los ocupantes de los OVNIs, los yeti pueden ser bajos, rechonchos, encorvados, enormes, de un metro y medio de alto, y de dos metros diez de alto. La pelambre viene en estos tonos: pardo rojizo, muy rojo, pardo grisáceo, amarillo, blanco y matices oscuros. Viven en el Himalaya, el Pamir, el Tien’ Shan, Kenya, California y el Cáucaso. Como dice Tchernine,

Puede vivir en cualquier parte, en cualquier paisaje, a cualquier altitud. (…) Escapa a los efectos del frío y a la falta de alimentos hibernando en cuevas o cavidades. (…) Tales criaturas pueden correr como caballos, y remontar a nado ríos y rápidos de montaña. En el proceso de transición al movimiento bípedo, las hembras, al contrario de los simios, desarrollaron largas glándulas mamarias, de modo que, echándose los pechos sobre los hombros, pueden alimentar mientras caminan a las crías que llevan colgadas de las espaldas. (24)

Si una de estas hembras bajara contoneándose a cualquier localidad de muchos habitantes, desataría sin duda, como diría un ufólogo, una verdadera crisis.

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Parte 1.1 Parte 1.2 Parte 1.3 Parte 2.1 Parte 2.2

Fuente: “Los Nuevos Apócrifos” (R) John Sladek. En El Péndulo Nro 4. Segunda Época. Octubre 1981.  pp. 27-47. Se puede acceder a la versión original en PDF en este link de Ahira.

* No el Gigante de Cardiff del fraude original, pero al menos tallado por el mismo escultor en un yeso similar. Ambos “hombres petrificados” yacían inclinados con los genitales ocultos, como si supieran que estaban destinados a transformarse en entretenimiento familiar. Joice Heth al fin murió a los 80 años.

** En Inglaterra el 1° de abril (N.d.T.)

*** El trabajo de Sladek se publicó en 1973 (N.d.E)

**** Escoba en mano. Noé enfrenta parejas de elefantes, caballos, ratones, okapis, jirafas, cebras, asnos, búfalos y bisontes, benteng, yaks, bueyes almizcleros, ciervos, aIces, renos, caribúes, impalas… y siete vacas.

Notas bibliográficas

1 Richard Carrington, Mermaids and Mastodonts (Londres: Chatto & Windus, 1957), p. 40.

2 Condon Report, p. 572. Las partes subrayadas son citas directas de observadores de OVNIs.

3 Rupert T. Gould, The Loch Ness Monster and Others (Londres: Geoffrey Bles, 1934).

4 Carrington, pp.41-2.

5 Ibid., p. 42.

6 Constance Whyte, More than a Legend (Londres: Hamish Hamilton, 1957).

7 Tim Dinsdale, Loch Ness Monster (Londres: Routledge & Kegan Paul, 1961). p. 73.

8 Encyclopaedia Britannica, 11° Edic. s.v. “Lemmings”.

9 Knight, Fort, pp. 122-3.

10 Bergen Evans, The Natural History of Nonsense (Londres: Michael Joseph. 1947), p. 73.

11 Paul Kroll, «Evolution Gets the Horse Laugh!», The Plain Truth, noviembre 1969.

12 Dobzhansky, p. 302.

13 Egerton Sykes, en Donnelly, Atlantis (lntroduction), p. 67.

14 John E. Portune, “How Did Noah´s Ark Hold All Those Animals”, The Plain Truth, mayo 1970, p. 23.

15 Frank W. Cousins, Fossil Man (Emsworth, Hampshire: The Evolution Protest Movement, 1966, ed. revis.,1971), p. 31.

16 Robert Charroux, The Mysterious Unknown (Londres: Neville Spearman, 1970).

11 G .G. Simpson, «The Case History of a Scientific News Story», Science 92; también citado en Allport & Postman, The Psychology of Rumor.

18 Ibid .

19 Curtis D. MacDougall, Hoaxes (Nueva York: Dover Publications, 1958), pp. 208-9.

20 Odette Tchernine, The Yeti (Londres: Neville Spearman, 1970).

21 Ibid., p. 108.

22 Ibid.

23 Bergen Evans, Nonsense, p. 97.

24 Tchernine, p. 110

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