Materiales para una pesadilla: el lenguaje más allá de las palabras

// Por Flor Canosa / Foto: Mika Ursomarzo

Materiales para una reseña.

Dice el manual de estilo que hay que arrancar la reseña contando de qué se trata el libro. Pero esta no es una reseña, es el texto que escribí, corté, pegué, desarmé y volví a juntar luego del evento que el sábado 22 de mayo de 2021 organizó Proyecto Synco para juntar a seis autores y sus libros y ponernos en el hermoso brete de presentarnos entre nosotres.

Entonces estoy obligada a decir, al menos, que Materiales para una pesadilla es la segunda novela de Juan Mattio, luego de Tres veces luz, publicada también dentro de la colección Negro Absoluto de Editorial Aquilina, y nos introduce en dos universos que parecen no compartir ni geografía, ni personajes, ni tiempo y que, sin embargo, son dos engranajes de la misma maquinaria (con todo lo que eso significa). Y hasta aquí llegó mi amor para atenerme al manual de estilo y paso a hacer todo lo contrario a contar la trama. Dejo en manos de lxs lectorxs el googleo intempestivo donde encontrarán otras voces que se sienten más cómodas en el arte de reseñar contando el cuento, como Odín manda.

Cuando me convocaron para participar de la presentación circular, ya estaba leyendo voluntariamente esta novela de Juan y ya había marcado frases como: “Si la noche se pudiera ahuecar, si la noche fuera un depósito” o “El amor violenta la vida para convertirla en otra cosa.» o “La última vez que escuché la voz de mi padre fue a través del portero eléctrico (…) Murió una semana después. Su voz metálica, interferida, viajando por los cables escondidos detrás de la pared. El último contacto que tuvimos lo administró una máquina, dijo.”  Había encontrado un paraíso de prosa poética, un oasis de belleza metido en un mundo infecto de nostalgia, muerte, delaciones, pasillos que conducen a otros pasillos e ilegales atajos hacia una realidad virtual que te arranca, literalmente, los ojos.

Esos raros autores nuevos.

La nueva ficción extraña fue la excusa para juntarnos en aquella presentación. En tiempos de tanta autorreferencialidad e individualismo, acá se la jugaron por armar una banda y dejarnos tocar lo que sabemos. Así como algunos pueden considerar que un género es una suerte de corsé, siento personalmente que la literatura extraña es todo lo contrario. Es un espacio lúdico, que nos arranca de nosotros mismos sin impedirnos ser. Somos un colectivo medio inclasificable, pero eso no quiere decir que todo lo que no se sabe dónde va, tenga que ir dentro del new weird. La nueva ficción extraña nos representa como híbridos, escritores fronterizos que caminan por una cuerda floja periférica a quienes nos incomoda el encasillamiento y tendemos a escapar de la policía de las etiquetas, y Materiales es una novela que no solo le tira piedras a la policía, sino que luego con esas mismas piedras construye un castillo alucinado cuya mitad está en Balvanera y la otra mitad en los confines de internet. Materiales es, a mi entender, una prueba acabadísima de que la nueva ficción extraña tiene un domicilio bien establecido en Argentina. Una novela que se mueve por espacios que no nos son ajenos; ni los tiempos se juegan como futuros remotos o imposibles. Es Buenos Aires, es Japón o Alemania o las lindes de una dark web ultra privada; son nuestros años 70 y el 2040, pero todo es tan familiar como hablar por teléfono.

En las entrañas de la maquinaria de los géneros.

Cierro las páginas de esta novela adictiva y pienso en cómo ser breve para que entiendan por qué es importante leer este policial ciberpunk hauntológico. Entonces, lo primero que comprendo (nobleza y manual de estilo obligan) es que tengo que explicar por qué es un policial ciberpunk hauntológico.

Es un policial porque tenemos un hombre (Keiner, el narrador cuyo nombre está casi encriptado para el ojo inexperto, palabra que significa “ninguno” o “nadie” en alemán) que busca revelar la identidad de otro hombre: Jemand (“alguien”, en alemán). Keiner se interna en distintos pasillos persiguiendo a un fantasma cuyo contorno aparece delineado en nuestra historia de los años 70. Materiales es, también, un policial que se maneja en distintos tiempos, con muchas capas de pasados y de futuros que obran como presentes y que son los indicios y las piezas con las cuales el narrador reconstruye el rompecabezas que une los puntos entre una máquina y otra, máquinas que, cada cual, a su modo, utilizan la muerte y el lenguaje como materia.

Es ciberpunk porque no escapa a ninguno de sus principios, porque construye con texturas del pasado, del presente y de un futuro que resulta tan natural como mandar, hoy, un mensaje de voz. Y como temer que no esté cifrado, con tantas pruebas en contra de la privacidad como el personaje que dice, desde una cinta digitalizada: “fue ahí cuando le escuché decir a uno (…) que había máquinas que no paraban nunca. (…) La que te escucha cuando hablás por teléfono no se enferma, chango, a esa la mantienen despierta siempre.” Es ciberpunk, también, porque tenemos como una de sus protagonistas a Haruka, una hacker subversiva marxista que moldea internet o sus sucedáneos en un contexto desesperante. Haruka lo transforma en el lugar (que se siente como físico) no sólo donde buscar o escapar, sino también donde tener una vida o una muerte alternativas, a cambio de la cual siempre hay que entregar algo, a la manera de la tragedia griega. En esta novela no hay una fobia hacia la tecnología, sino que encontramos una necesidad imperiosa de comprender sus alcances y cómo algo tan primitivo como la palabra puede volverse artefacto.

¿Y por qué hauntológica? Porque según el concepto acuñado por Derrida en 1993, que voy a minimizar aquí en algo tan burdo como «el carácter espectral de las ideologías del pasado”. Juan lo interpreta de esa manera, volviendo ideología en fantasmagoría, como también la dictadura y los distintos métodos en que el Mal se cuela a través de los intersticios del lenguaje y, a su vez, lo interpreta a la manera de Mark Fisher, que lo define como una «nostalgia por los futuros perdidos» y, entonces, Juan lo repolitiza a través de la lucha de clases, la identidad de la clase trabajadora, el modernismo y el futuro. Entonces, lo hauntológico se abre paso con una evocación al pasado espectral en relato proletario y a cierto fracaso del futuro, con personajes que navegan en busca de espectros (políticos y familiares), tratando de exorcizar una nostalgia por ese futuro (político y familiar) que nunca será. Laura y su hija. Erik y su hermana. Keiner y su madre, y su amante. Katy y Haruka. Incapaces de vivir sobre la superficie de lo que está biológicamente vivo, eligen bucear en la nostalgia, tanto dentro de una aplicación como en el repaso obsesivo de imágenes, momentos, habitaciones. todo vehiculizado a través de algún dispositivo.

Materiales está construido con personajes atados a una ausencia (viva o muerta, o ambas cosas a la vez). Aquellos que no son un fantasma, que no se transformaron voluntariamente en un espíritu, vagan persiguiendo a uno. Keiner —unido a dos mujeres muertas— busca el rastro casi ectoplasmático de Miguel Jemand. Haruka se mantiene en un estado de coma, para ser un espectro en la virtualidad. Katy acelera su muerte tras asumir las consecuencias de buscar respuesta en el mundo de los difuntos. Laura, atada al fantasma de su hija que la hunde en las profundidades de la depresión y Erik, quien se conecta telepáticamente con su hermana quien, al parecer, está viva en el otro mundo donde Erik es el muerto. Con Yoru, la kataribe, como una suerte de Caronte, que cruza a los vivos dentro de la interfaz de Haruka, que se llama Die Toteninsel, la isla de los muertos (como así se llama la mitad de los capítulos de la novela) Busquen esa serie de cuadros (Die Toteninsel del pintor suizo Arnold Böcklin), en cualquiera de sus versiones, y van a descubrir que han llegado a obsesionar a figuras tan diferentes como Freud, Hitler y Lenin (y Juan Mattio).

Un fantasma recorre internet.

Fantasmas que vagan a través de mundos inventados, inexistentes o a través de la cinta de un archivo, a través de documentos digitalizados, a través del recuerdo impregnado en los espacios, así es como la nostalgia cubre a todos los personajes como una pátina, pero una nostalgia que tiene voz, porque todos ellos están rellenos por la influencia del lenguaje.

En los silencios los personajes desaparecen, por eso necesitan volver a hablar con sus muertos en una conversación recíproca y no el monólogo del deudo (las referencias a Dick son claras). Porque todos ellos están atrapados en un laberinto construido por el lenguaje, porque aquella construcción de Haruka, como toda construcción digital, se genera a través de un lenguaje de programación, así que un programador no es más que un escritor que habla un idioma, que traduce comandos para generar espacios. Así que hablar, mantenerse vivo en la lengua y en el lenguaje, son análogos.

“Erik creía en las palabras, le parecían valiosas y las usaba con fe. (…) Pero Katy era una veterana del lenguaje, se dedicaba a desconfiar, a observar las palabras como quien observa un depredador. Con distancia y cuidado.”

Porque el peligro de las palabras es todo el potencial que tienen para construir y destruir y cómo se relacionan, inexorablemente, con la muerte. Una muestra de ello es el personaje de Yoru. En Japón, la kataribe era una recitadora cuya función era contar historias, transmitir hechos, mitos y leyendas que una determinada comunidad consideraba parte esencial de su identidad. Aquí, la recitadora es la guía al más allá de estos personajes que necesitan tener una serie de últimas (póstumas) conversaciones.

Los territorios dominados por el lenguaje

Y entonces, Materiales gira siempre en torno del lenguaje y se apoya. También (o más que nada, o particularmente) en el sentido más político de la palabra. En la palabra clave, en la persecución del enemigo a través de lo que calla o de lo que aprendió en reemplazo. De una máquina creada por un escritor, porque quién mejor que un escritor (y uno frustrado o incomprendido) para hallar la forma de volver al lenguaje una trampa y “capturar las disidencias del lenguaje”. Y en ese juego de espejos tenemos al menos dos escritores en conflicto con su obra. Keiner, quien tiene la promesa de un libro que no debería terminar de ser (el libro que mantiene viva a una mujer) y, al mismo tiempo, reflexiona sobre otra mujer (su madre) que enfermó de lenguaje. Y Jemand, el inventor de Hermes, la máquina rudimentaria construida en la Argentina de la dictadura, que convierte a las palabras en una trampa de osos. Hermes se llama la máquina y, ¿quién era Hermes?, el hijo de Zeus, el dios mensajero, guía de las almas de los muertos al infierno, y protector de mercaderes, ladrones, viajeros y charlatanes. Como ésta, hay cientos (sin mentir en su cantidad) de pequeñas pistas y juegos verbales que son el goce de los nerds, germanófilos o amantes de las alegorías como yo.

Así como Haruka diseñó y construyó un panteón digital para albergar a los fantasmas, el narrador gira en círculos dentro de la jaula de su memoria, de la memoria de otros y del libro que escribe como si fuera un memorial para Katy. El libro que no debe terminar nunca de escribir, porque el punto final sería asumir la ausencia y dejar en paz al fantasma que convoca cada vez que enciende su Gerät (dispositivo en alemán) para recuperar los materiales volátiles que ya no son cuerpo sino fantasma. Internet (o Treffen, del alemán “encuentro”) es un quirófano de información que mantiene con vida artificial lo que ya no existe (como lo es cualquier tipo de archivo más analógico), y también una suerte de cripta que encripta (cacofónicamente) los datos biológicos.

“El lenguaje es una desgracia”

Y como hay un niño que pierde la fe en las palabras observando cómo el lenguaje enfermó a su madre, hay un adulto a quien se le quiebra la voz narrativa y se vuelve un eco conmovedor con cierto sabor a Saer. Ese adulto recupera el horizonte con las palabras, se sostiene en una promesa de salvar el lenguaje, de destruir su destrucción conociendo el rostro del villano y volver a creer en el poder subversivo de ellas para construir un monumento para su amada (y cito):

“Creo yo, ahora, que en ese entonces no escribía nada, que escucharla a ella me enseñó a escribir, que la palabra literatura, para mí, se fundó esa tarde de diciembre, cuando Katy me contó el funcionamiento de una máquina hecha por escritores, y cómo esa máquina había sido el centro de un dispositivo para perseguir el lenguaje y llevarlo a la muerte”

Y creo que algo nuevo de mi relación con la escritura comenzó una tarde de abril cuando, intentando corregir mi próxima novela, me topé con esta y todo cambió. Quienes tenemos a un familiar enfermo de lenguaje, sabemos que está en nosotros el poder de salvar las palabras.

Ojalá todos y todas puedan toparse con una novela como ésta, al menos una vez, antes de que convertirse en código dañado.


Esta lectura nace de la presentación Esos raros relatos nuevos realizada de forma circular por seis autorxs: Ricardo Romero, Yamila Bêgné, Kike Ferrari, Gonzalo Santos, Flor Canosa y Juan Mattio. En el video se puede ver el registro completo del evento.